ARTE MISTERIO Y ESTAFAS

¿Qué hay detrás del último Da Vinci, el cuadro más caro de la historia?

La venta del cuadro de Leonardo Da Vinci en algo más de 450 millones dejó al descubierto la forma en que se comercializa el arte a escala planetaria

El público se acerca a la obra para admirar los trazos y texturas del gran Da Vinci.
El público se acerca a la obra para admirar los trazos y texturas del gran Da Vinci. Foto:Agencia Afp

Por Omar Genovese

Anoche, en subasta pública de Christie's, se vendió en U$S 450.312.500 el Salvator Mundi de Leonardo Da Vinci. Esto lo convierte en la obra de arte más cara de la historia. El comprador, que se mantiene en el anonimato, cerró la puja vía telefónica, para el asombro de todos los asistentes. Esta venta no solamente representa un récord: también dejó al descubierto cómo se comercializa el arte de élite y la forma en la que una obra de arte cambia de manos. Desde la confirmación de su autenticidad en 2011, el Salvator Mundi transitó un camino tan misterioso como insólito.

Paraísos fiscales o el paraíso para pocos.
Como explicamos en una nota anterior, a partir de la venta accionaria de Uralkali, Dimitry Rybolovlev se radicó en Suiza junto a su familia, donde continuó con inversiones inmobiliarias en distintos países, entre ellos Grecia y Estados Unidos, mientras aumenta la capitalización de su fortuna en la compra de obras de arte. Se especula que esta supera los 2.000 millones, aunque la cifra parece exagerada. Ya en 2008 había comprado a Donald Trump una mansión en Miami por 94,5 millones, que cuatro años antes había adquirido el norteamericano por 40 millones. El futuro presidente norteamericano ganó 50 millones en un pase de manos. ¿Eso era profético? Hoy el FBI tiene los ojos puestos en dicha operación, así como en las coincidencias geográficas entre el magnate ruso y el candidato durante su campaña política, o con su yerno en algún lugar de Europa.

Poco después de que comenzara el “exilio afortunado” de Dimitry, Elena Ribolovleva, su esposa durante más de 20 años, cansada de las infidelidades, exigió el divorcio en tribunales suizos. En 2014 el fallo sobre el reparto de la fortuna fue ejemplar: la mitad de lo estimado, 3.200 millones de euros, debían ser de Elena. Apelada la sentencia, una negociación posterior redujo la cifra a 564 millones. El acuerdo despertó sospechas: ¿a qué se debió la rebaja? Es que la familia es más importante. Y es cuando la hija del matrimonio, Ekaterina, pasó a cumplir el rol de mano derecha de las inversiones futbolísticas del padre, dueño del AS Mónaco (del que es fanático el príncipe Alberto), hoy campeón de la liga de Francia. Ese club lo compró cuando estaba en segunda división, para invertir en él 400 millones de euros a la fecha.

A raíz de las revelaciones de Panamá Papers, Rybolovlev aparece como cliente del estudio jurídico Mossack Fonseca, con quien generó el entramado de sociedades offshore radicadas en Islas Vírgenes, utilizadas para las compras de su colección de arte. Pero el mismo método aparece aplicado a la compra y venta de jugadores de fútbol, el FIFA Gate, que deja al descubierto que las sociedades offshore del ruso expandieron sus inversiones en futbolistas que terminaron comprando el AS Mónaco y otros clubes. Lo que la prensa imaginó como un artilugio para ocultar la fortuna de las garras de su esposa, resultó ser un mecanismo para ubicar la fortuna lejos de la madre patria, la Rusia de Putin. El dinero en Inglaterra, o en Macao, o en fondos de inversión de Hong Kong, y siempre en movimiento de un punto a otro del planeta, resulta inalcanzable para quienes pretenden cobrar otro tipo de deudas.

El coleccionista estafado por el marchand estafado.
Poco tiene que ver Da Vinci con todo esto y menos aún el Salvator Mundi. ¿Estamos tan seguros que no tiene nada que ver? El ángel de la guarda que vela por la pintura desde hace 517 años parece que no protege a sus dueños o, al menos, no les facilita la existencia. Ya por el 2000 Rybolovlev comenzó su inversión en obras de arte a través de una amiga de la esposa. En 2002 tomó contacto con el suizo Yves Bouvier, dueño de una empresa de transporte y preservación de obras de arte: Fine Art Transports Natural Le Coultre S.A. Yves había mudado su actividad de depósito y traslado bajo la figura de zona franca aduanera; es decir, configuró un depósito de valores inmune a las autoridades fiscales. Pero es ante Rybolovlev donde pasó de transportista a especialista en valuación y compra de obras de arte, manejando información privilegiada con la que siempre se relacionó en operaciones lindantes al delito, o en estafas directas.

Para evitar el castigo de la ley, Bouvier siempre alegó haber sido estafado por un tercero. Sin saber esto, o aun así, el millonario consideró que sus servicios eran necesarios. ¿Cómo operaba Bouvier como intermediario ante casas de remates o clientes particulares? Acertaron: utilizaba empresas offshore con cuentas en paraísos fiscales. Esto significa que la reventa al millonario también circulaba por el ya famoso triángulo de las Bermudas financiero. Las cuatro operaciones iniciales con el poderoso cliente las realizó a través de una empresa radicada en Hong Kong llamada M.E.I. Invierta.

A partir de esta relación, comienza la expansión de Natural Le Coultre. En 2005 Bouvier opera desde Singapur, donde logra la aprobación parlamentaria para instalar una zona franca que inaugura en 2010. Desde allí abrió sucursales en Luxemburgo, en 2014, y Shanghai durante este año, todas bajo la figura aduanera de “zona franca”. ¿De dónde obtiene el capital para la construcción de los inmensos galpones? ¿Con qué influencia logró modificar una legislación en su beneficio? La figura de Bouvier no tiene la dimensión para semejantes negociaciones, de ahí que la sospecha del mercado señala lo evidente: el suizo y el magnate ruso, de alguna manera, son socios. De todas formas, es lógico que opere desde Oriente, zona de nuevos millonarios, potenciales compradores de arte. Siempre negando cualquier vínculo, mucho antes de toda esta aventura, Bouvier fue investigado por las autoridades alemanas como partícipe en la venta de más de 50 cuadros falsificados producidos por el artista plástico Wolfgang Beltracchi, condenado en 2011.

Las 38 obras de arte que sumó el millonario con el advenedizo marchand suizo llevan la firma de artistas como Klimt, Gaugin, Picasso, Modigliani, Rothko, Matisse y, por supuesto, Da Vinci. Según la información de los portales dedicados al negocio del arte, Bouvier compró el Salvator Mundi por 77 millones (vía remate privado en Sotheby's) y le cobró a su cliente 127,5 millones. Lo mismo con la escultura L’Éternel Printemps de Rodin por la que pagó 20,4 millones antes de que el ruso desembolsara el doble. Por el desnudo de Modigliani abobó 118 millones de dólares, después de que el suizo oblara nada más que 93,5 millones.

Tomando estos antecedentes de sobreprecios como estafa, a principios de 2015, ante la justicias de Mónaco, Hong Kong y Singapur, el marchand fue demandado por Rybolovlev. La crónica policial refiere a que en París, hacia 2013, Bouvier estuvo vinculado en la intermediación en la compra de dos témperas de Picasso producto de un robo. El suizo pagó 8 millones al vendedor, mientras el magnate pagó 27 millones. A mediados de 2015, ya demandado por el magnate, y para evitar la cárcel, Bouvier demostró ante la policía francesa que había pagado de buena fe por las dos obras, mientras el ruso las devolvió a sus dueños. La denuncia por las acuarelas aparenta ser una forma de hacerle sentir al suizo qué tipo de poder posee su ex cliente. Un gesto de oso post-soviético.

Juicios, un rehén y sospechas.
Al poco tiempo de la denuncia, la justicia monegasca retuvo a Yves solo una noche en la cárcel. Quedó libre tras pagar una fianza de 10 millones, lo que confirma que dinero no le falta. El mes pasado la causa detonó un escándalo judicial en Mónaco, por eso el príncipe Alberto perdió a un ministro y varios funcionarios acusados de connivencia con el magnate para perjudicar al marchand en falta. Mientras tanto, en Hong Kong y Singapur, los tribunales superiores deben decidir sobre la demanda por tratarse de “negocios entre ultramarinos”, algo que a los comunes lectores se nos hace más abstracto, casi imposible de dimensionar. Como rehén de estas causas judiciales, se encuentra una obra de Rothko: Nro. 6 (Violeta, Verde y Rojo). Es producto de la operación inconclusa en la que el suizo pagó 80 millones a la familia de viñateros francesa Moueix para venderla al ruso por 189 millones, quien abonó a su intermediario con la estatuilla Tête de Modigliani, valuada en 60 millones. Queda pendiente la diferencia por lo pactado, que el demandante no quiere pagar luego de tanta “estafa”.

Después de todos estos laberintos expuestos y con cierta experiencia reciente de la sociedad argentina, surgen algunas preguntas: ¿Se trata de una estafa o del incumplimiento del marchand en la devolución de los sobreprecios por lavado de dinero? ¿Qué hay detrás de las supuestas inversiones del magnate en las zonas francas de Bouvier? ¿Todo este entramado era para trabajar en el negocio del arte o para otras cuestiones?

En este contexto ocurre el millonario remate de la que parece ser la única obra de Da Vinci en posesión de manos privadas (aunque puede estar nuevamente en poder de otro magnate). Existieron oferentes anteriores a la venta, garantías de compra, pero no. La subasta se realizó igual: demasiados ojos exigiendo transparencia ante tantos desatinos y Christie’s con su prestigio en juego. Porque este Cristo tan bizantino, de mirada profunda como un abismo de luz, exhibe la esfera transparente, símbolo de la totalidad del cosmos. Si el universo está allí, eso explica su perduración. Porque, a pesar de la codicia y bajezas humanas, esta obra se salvará por sí sola, más allá de quien la posea… Es que hay algo en ella, misterioso, tal vez esperanzador, como pensar que alguna vez estará disponible para ser contemplada por todos nosotros, por siempre privados de tanta fortuna en danza.


Por Omar Genovese


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