CIENCIA

El ocaso de los intelectuales

En su último libro, Enzo Traverso ausculta la figura del intelectual en tiempos de temporalidades electrónicas y pérdida de la vocación crítica. Adelanto exclusivo.

¡Qué fue de los intelectuales?, se pregunta desde su mismo título el libro del historiador italiano Enzo Traverso que por estos días será publicado por Siglo XXI. La pregunta supone que el intelectual no es lo que era, o directamente que no hay más intelectuales. Sin embargo, al menos en nuestro país, pocos temas han estado tan presentes durante la última década y en especial desde la crisis del campo en 2008, de donde emergió el colectivo Carta Abierta.

Traverso conoce la historia argentina, la pasada y la reciente, y no se priva de opinar (ver nota aparte), apoyándose en su condición de intelectual, o en todo caso en su trayectoria: es uno de los principales
historiadores de las ideas del siglo XX, de lo que dan prueba libros como La historia desgarrada: 
ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales, El pasado, instrucciones de uso o El totalitarismo, historia de un debate. Esto de por sí constituye una razón de interés, dentro de una radición nacional que  mira con atención el pensamiento extranjero, sea notable o no, sea próximo o no a nuestra realidad.

Traverso identifica un cambio en la figura del intelectual que pasa por tres ejes: su relación con las tecnologías, la discusión sobre su vocación universalista y el modo de gestionar el tiempo presente, el pasado y el futuro. Pero ante todo, a la hora de situar el grado cero de la intelectualidad, en un terreno muy poblado como es el de la historia y la sociología de los intelectuales, Traverso recurre a una definición de su compatriota Antonio Gramsci que ya lleva muchas décadas: “El intelectual
es cualquier individuo que produce ideas en cualquier campo a partir de su conocimiento, y que al   mismo tiempo asume un compromiso en el espacio público”.  Esto apunta a dejar atrás la imagen del intelectual propia del siglo XIX, la del escritor, el profesional de la palabra. “Un Premio Nobel de Física
–prosigue Traverso– no es un intelectual si no se interesa en lo que pasa afuera de su área de incumbencia, pero si lo hace, como Albert Einstein y su conocido pacifismo, sí puede ser considerado como tal”.

Ser un intelectual significaría entonces tomar partido en el espacio público acerca de un gran tema, “pero así como antes esto era claro en el caso del fascismo, de la guerra de Argelia o la de Vietnam, no vemos que ocurra lo mismo con el conflicto en Irak, la guerra civil en Siria o la situación en 
Palestina”. Esta crisis de la vocación  universalista del intelectual fue tratada muchas veces.
Michel Foucault, por ejemplo, hizo famosa la distinción entre el intelectual general y el intelectual específico, aquel que sienta posición con el gesto de tener todo el mundo en la cabeza y aquel que lo hace en virtud del conocimiento en un área específica. Así, la prédica pacifista de Einstein adquiere  sentido no por sus
conocimientos de geopolítica
ni de literatura alemana, sino
porque es alguien que conoce
de cerca los peligros de la
utilización de la energía nuclear
con fines bélicos. También
Zygmunt Bauman, antes
de pasar del estado sólido al
líquido, había hablado de la
diferencia entre el intelectual
legislador, el que sanciona
desde arriba la marcha de una
sociedad, y el intérprete, que
se limita a conectar saberes
dispersos, en ese libro fundamental
llamado precisamente
Legisladores e intérpretes.
El intelectual legislador contaba
con una tecnología que lo
legitimaba: la palabra escrita.
Hay consenso en estimar que
el término intelectual se forja
tal como lo conocemos hoy en
el siglo XIX europeo, cuando
pocos sabían leer y escribir.
Aunque el intelectual pretendiera
alzarse contra el poder,
tenía mucho más poder que
la mayoría de la población.
Muchos son los que sostienen
que este estado de cosas
cambió con la expansión de
los medios masivos de comunicación
en la segunda mitad
del siglo XX. Por un lado, la
alfabetización masiva minó
los privilegios de la palabra
del intelectual. Por el otro, como
proceso de transmisión de
la cultura, los medios audiovisuales
comenzaron a dominar
la escena en relación con los escritos. El intelectual forjado
a la vieja usanza debía adaptarse
o morir.
De esta disyuntiva sale lo
que Traverso denomina el
intelectual mediático, aquel
que se mueve con comodidad
en los nuevos formatos comunicativos.
Al mismo tiempo,
en el paso de lo general a lo
específico, del legislador al intérprete,
identifica una nueva
figura que es la del experto:
aquel dotado de un saber específico pero sin poder aspirar a
una palabra universal, porque
su opinión es demandada para
algo muy local. ¿Quién regula,
entonces, esa opinión pública?
El periodista, según Traverso,
y también el universitario, que
serían intelectuales “desclasados”,
sin los honores del viejo
intérprete, sin relación con lo
universal, en cierta manera
“proletarizado”.
Quizás sea caer en un determinismo
tecnológico, pero es
posible que los cambios tecnológicos
actuales abran la perspectiva
de un intelectual 3.0,
luego del intelectual letrado y
del mediático. ¿Sería parecido a un community manager
de su propia opinión, alguien
capaz de sentar posiciones,
locales o universales, con tan
sólo 140 caracteres? ¿Sería
una continuación de la lógica
mediática, un intelectual que
sabe que los tiempos son tiranos
en televisión, que es redituable
que un debate derive en
escándalo y que ahora puede,
además, reducir todo ello al
formato de Facebook?
Si así fuera, la figura del intelectual
habría sido tomada
por la exigencia de la instantaneidad,
de lo noticiable, casi de
la primicia, algo que estaría en
las antípodas de la vieja idea
del letrado de la verba florida.
“Creo que esto se vincula con
una crisis de las utopías, pues
eran los intelectuales quienes
le daban forma. Su opinión
descansaba en una línea de
tiempo que va del presente
al futuro. Hoy los dueños de
las utopías son la ciencia ficción,
la industria cultural y los
juegos tecnológicos”, razona
Traverso. Y escribe: “cuando
se vuelve imposible imaginar
el porvenir, no se puede hacer
otra cosa que contemplar el
pasado. El intelectual crítico
imaginaba la sociedad futura,
mientras que, desde los años
ochenta, oficia la celebración
casi religiosa del pasado y se
encarga de la elaboración de
la memoria”.
Se puede suponer que ni la
marcha de las tecnologías de
transmisión de la cultura ni
la falta de una utopía posible
serán cuestiones que se reviertan
en el corto plazo. Sin
embargo, Traverso opina que
la aspiración al universalismo,
el tercer eje en el que se
descompone el problema del
intelectual hoy, tiene que ser
mantenida a rajatabla, a pesar
de las críticas que pesan sobre
la condición de lo universal
definido desde el siglo XIX
por Europa. “Edward Said es
un intelectual pionero del poscolonialismo
y eso no supuso
ninguna renuncia a una pretensión
universal. Una cosa
es criticar el papel histórico
que cumplió el universalismo
occidental en los procesos de
dominación mundiales y otra
es renunciar a cualquier pronunciamiento
global en nombre
de esa crítica. Para mí la
falta de universalismo es una
González durante la presentación del organismo comandado por Ricardo Forster. verdadera carencia”.
 



Redacción de Perfil.com