CIENCIA

El valor de la leche materna

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La leche humana tiene prebióticos, azúcares pequeños sin valor nutricional, que hasta hace poco desconocíamos el por qué de su existencia. Resulta que no solamente son simuladores de receptores para bacterias patógenas; es decir, bacterias capaces de enfermar el intestino, sino que también son el combustible para la millonaria presencia de bacterias en nuestro aparato digestivo. Estas bacterias –llamadas la microbiota– maduran las funciones del intestino e incrementan sus capacidades de defensa inmunológica. Pero estas bacterias que se nutren de los prebióticos mencionados no llegan ahí de casualidad. Es que la leche humana tiene bacterias que ha seleccionado la madre de su propio intestino. Por un mecanismo asombroso, células llamadas dendríticas atrapan bacterias seleccionadas del intestino materno y las envían a la glándula mamaria, lo que se llama circuito enteromamario. Estas bacterias pasan al hijo alimentado a pecho formando así una microbiota perfecta.
La leche humana tiene células inmunológicamente activas. Es decir, la leche humana trasplanta las células vivas sin rechazo por el lactante. Así entendido, es un tejido vivo. Este componente jamás podrá ser incorporado en las leches de fórmula.
Se habla cada vez más de una grasa especial que protege a las neuronas y, por ende, hace a la inteligencia de las personas. El nombre de esta grasa es difícil: ácido docosahexaenoico. Uno lo puede leer en las etiquetas de las fórmulas como DHA. Este ácido graso de cadena larga y poliinsaturado está en la leche humana desde siempre.
Para finalizar, existe un grupo de recién nacidos muy vulnerable, incluso con posibilidades de enfermar y morir. Se trata de los bebés de muy bajo peso; es decir, menos de 1.500 gramos. Hoy sabemos que dos de sus principales complicaciones, la enterocolitis necrotizante y la sepsis tardía, disminuyen significativamente si son alimentados desde el primer día de vida con leche materna.

* Médico neonatólogo. Presidente de la Fundación Neonatológica.



Miguel Larguia