CIENCIA LA ANARQUIA CORONADA

Espejo del pasado

 A diferencia de buena parte de los escritores nacionales –obsesionados por mirarse el ombligo– el estadounidense y casi adolescente Justin Taylor ofrece con su novela “El evangelio de la anarquía” una cátedra de literatura, con fines imprecisos y sin público aparente.

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Todavía hay cierto eco de esa confusión denominada Nueva Narrativa Argentina. Pozos ciegos que sugieren la industria del libro para regocijo de las vanidades  estériles. Famélicos narcisos que le hacen tanto bien al mundo de las letras como una madre insultando a su hijo. Perdón, tenía que decirlo. Nadie conoce con certeza a sus integrantes, sus postulaciones estéticas, sus ambiciones políticas o sus marcos teóricos. No hay grupos establecidos ni disputas que merezcan atención. Apenas un chasquido. Sí sabemos que están dispuestos a brillar como estrellas muertas en la constelación ausente de sentido del Tercer Mundo. ¡Genial! Era justo lo que este país necesita para lidiar con la tropilla de problemas que nos viene mordiendo los talones: un grupete de chiquilines maliciosos que se festejan los chistes entre ellos. No mucho más.

Justin Taylor (1982) es un narrador norteamericano. Por el momento, tiene publicados dos libros. Aquí todo es mejor se editó en 2011. Reúne un puñado de narraciones que se encastran con el gran linaje de escritores del sur de Estados Unidos; pero también de otras zonas. Entre sus influencias, se puede destacar autores tan disímiles como Raymond Carver –ese latigazo de fraseo corto y contundente– Flanery O’Connor, Brest Easton Ellis –la gélida acidez teñida de humor–, etc. Pero su literatura no se nutre solamente de los eslabones literarios o de una supuesta cultura cool. Sus fuentes son múltiples, diversas, y se exponen con espíritu provocador. En sus ficciones aparecen los medios de comunicación, los mitos urbanos, la música rock como banda de sonido privilegiada de una época marcada por el desamparo y la incomprensión; la letanía vital como melodía de la existencia. Sus personajes parecen sonámbulos que deambulan por ciudades plagadas de propagandas y discursos que no inquietan ni conmueven a nadie. “Un oasis de horror en un desierto de aburrimiento”, afirma un verso de Baudelaire. Podría ser una manera amena para describir su universo narrativo. Pero también para proyectar luz sobre nuestra Nueva Narrativa Argentina. Escribir, contar historias: a la mayoría esa práctica le sale regular, a otros pocos bien; a Taylor, con la facilidad con la que un niño aprende a dar sus primeros pasos. No hay escritor argentino que pueda establecer conexiones con Taylor. Y eso está bien, pero a su vez es preocupante. Los jóvenes escritores argentinos carecen de la empatía por la narración. Prefieren “primero publicar, luego escribir”.

El evangelio de la anarquía es la primera novela de Justin Taylor. Un afilado y concreto cambio de la narrativa breve a la extensión que exige una novela. Si en el relato lo esencial es tener una trama concisa y con resolución, en la novela lo trascendental suele ser marcar perfiles agudos en los personajes, recorriendo sus peripecias psicológicas.

La novela comienza con una avasallante primera persona, que corresponde a un narrador de veintiún años llamado David. Un joven trabajador en un call center que ha decidido abandonar sus estudios de humanindades en la Universidad para encontrar un atisbo de aventura en su aletargada vida. Hasta acá, no es más que una novela de iniciación. Un Bildungsroman con acento posmoderno, tics caóticos y adolescentes nihilistas que intentan una nueva comunidad como estilo para salir del desprecio ajeno. “Eran príncipes forajidos invisibles e invencibles; criaturas salvajes, niños perdidos”. El telón de fondo es una ciudad que parece creada para fastidiar a sus habitantes. Con una voz narrativa donde no están ausentes la crítica social, el desparpajo en las costumbres y la corrosiva mirada de las relaciones sociales. Pero el punto de inflexión interesante se halla en el tiempo, y tal vez el espacio, donde transcurre. La novela se ubica durante el verano de 1999. La fecha no es arbitraria, si se tiene en cuenta que el narrador/personaje terminará involucrado con un grupo de anarquistas religiosos –el oxímoron se expande hasta adquirir un sentido irrisorio– que intentan cambiar las normas de la vida. Aquí, las pautas se vuelven flexibles hasta un punto insostenible. El fin del milenio tuvo toda clase de especulaciones y mezclas heterodoxas; hasta las más inesperadas. La locación es Gainsville, Florida. Es ahí donde la novela vierte su verdadera dimensión narrativa. Arriesgando conjeturas, podría ser pensada como un espejo del reciente pero repetitivo pasado norteamericano. Waco queda en Texas, un estado cercano a Florida, y la tragedia de Waco está en el olvido, pero en la novela aparece como una sombra que persigue a los anarquistas agrupados en Fishgut, bajo las ordenes de Katy. Ella, una joven punkie asocial, conoce hasta el cansancio la doctrina de un viejo punkie de apellido Parker. David se ve envuelto entre el torbellino de sus emociones díscolas y su sensibilidad averiada. Termina atrapado en el corazón del infierno. Pero no es el mismo infierno de los jovenes narradores argentinos.



Andrés Tejada Gómez