Mucho se habló la última semana del mal holandés. No tuvo que ver con el aniversario del primer campeonato mundial de fútbol que Argentina le ganó a Holanda en 1978, sino con un término que la revista The Economist acuñó en la década del 70 para describir la situación que se produce cuando un país favorecido por el descubrimiento o la mayor demanda y precio de una materia prima con la que cuenta en exceso padece como efecto secundario la sobrevaluación de su moneda, reduciendo la competitividad del resto de su economía.
—¿Cómo están las cosas entre el vicepresidente y el matrimonio presidencial? –preguntó
el periodista.
—De la misma manera que están las cosas entre el Burrito Ortega y el Cholo Simeone
antes de la gestión del presidente de River José María Aguilar –fue la respuesta cortante del
radical K que supo ser un entusiasta defensor de la concertación plural-singular de los Kirchner.
—Sí, es así, pero con una diferencia: Julio Cobos no tiene ni tuvo la más mínima
intención de irse a Estudiantes de La Plata –agregan con firmeza e ironía desde el entorno
vicepresidencial.
Qué Argentina? La escena que relataré transcurre en un lugar casi imposible de descifrar desde la confusa crispación de la Capital Federal.
Antes de que algún suspicaz pretenda encontrar una construcción malintencionada en el título de esta columna, aclaremos desde el vamos que, esta semana, Hebe de Bonafini (sí, la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo) dijo que otro gobierno hubiera desalojado a los ruralistas de las rutas “a palos y a gases, como merecían”. Y que no se hizo así porque el gobierno de Cristina Kirchner “tiene mucha democracia y mucha tolerancia”.
Que el fútbol argentino no es la quinta esencia de la organización y de la coherencia es algo que no seré yo quién lo descubra. Lo curioso, teniendo en cuenta que de nuestras canchas surgieron muchos de los mejores exponentes que dio la historia de este deporte, es que, en más de un siglo de actividad más o menos institucionalizada, no hayamos aprendido la lección.
Se lo ganamos. Porque la gente, bien o mal, salió a la calle y pudo sentir que había un otro más allá del terror; un común, una bandera y un país debajo del fastuoso circo oficial. Se lo ganamos, también, porque los jugadores y “los 25 millones de argentinos que jugamos el Mundial” le hicimos un enorme servicio a un régimen desprestigiado y condenado internacionalmente que necesitaba de un evento como ése para limpiar su imagen. Se lo ganamos, sí; y fue una tristeza toda esa alegría.
Se acaba de reeditar Fiebre en las gradas de Nick Hornby que, entre otros méritos, tiene el de ser el mejor libro disponible sobre fútbol. No es que el fútbol haya dado una gran biblioteca, aunque no faltan los escritores que practican con la pelota pero rara vez le aciertan al arco.
Formalmente, los niños aprenden a escribir en la escuela, pero en verdad ya vienen leyendo desde mucho antes. A los cuatro o cinco años empiezan a preguntar por letras o palabras que ven escritas en las vidrieras de los negocios, en la tele, en los colectivos, en los jueguitos de la computadora, en los libros ilustrados.
Luis Chitarroni es uno de los personajes más enigmáticos y fantasmales del mundo editorial. Responsable de la colección de literatura de Mondadori, suerte de padrino de la generación literaria que incluyó a nombres como Sergio Chejfec, Charlie Feiling, Sergio Bizzio, Martín Caparrós y Daniel Guebel, a pesar de que muchos coinciden en señalarlo como un hombre de una cultura avasallante –o pensándolo mejor, tal vez por eso mismo– ha entregado a imprenta tan sólo tres libros en cincuenta años.
La semana pasada, en esta misma columna, se comentaban las razones que llevaron al Banco Central de la Argentina, a dejar caer el precio del dólar a un valor cercano a los 3 pesos. El punto central del argumento era la necesidad de frenar la demanda de dólares y volver a inducir al público a “comprar” pesos y depositarlos en el sistema financiero.
Corea del Norte realizó el viernes su segunda explosión en dos años. El 9 de octubre de 2006 hizo estallar una bomba nuclear subterránea de 15 millones de toneladas de TNT (una potencia semejante a la lanzada por Estados Unidos en Hiroshima el 6 de agosto de 1945). Hace dos días, el régimen de Pyongyang dinamitó la torre de enfriamiento de su instalación nuclear de Yongbyon, donde se procesó el plutonio que activó el artefacto subterráneo detonado en octubre de 2006.
El ex presidente Kirchner está en un pozo y no para de cavar. No escucha a su aliados decirle: “Deténgase; cuanto más cava, más se hunde”, que ya desempolvaron la vieja frase sobre lealtad y política que prescribe ante la muerte de un amigo, acompañarlo al cementerio pero no enterrarse con él. Sus colaboradores lo justifican diciendo que, como no disfruta especialmente del sexo, la comida o el deporte ni lo atrae el goce artístico o intelectual, no puede parar de hacer lo que siempre hizo, sin detenerse hoy a considerar si le conviene.
Quienes secuestraron a la enfermera argentina de Médicos sin Fronteras, Pilar Bauzá, en la caótica Somalia, son calificados indistintamente como grupos organizados de delincuentes comunes, pandillas o clanes milicianos. Piratas terrestres que hicieron del robo, del cobro de rescate por secuestros y del “peaje”, tanto humano como de mercaderías, su forma de sustento.
La despiadada campaña de Néstor Kirchner para deteriorar el poder de su esposa sigue a toda marcha y cada día es más exitosa. Su autismo autoritario ha logrado verdaderos milagros en muy poco tiempo. Por ejemplo, que la caída de la imagen y la credibilidad del Gobierno sea tan pronunciada que aún no encuentre su piso y obligue a muchos encuestadores oficiales a recurrir al “no sabe/no contesta”, cuando se le preguntan datos concretos.
Diego Simeone decidió quedarse en River después de aquella noche fatal del empate contra San Lorenzo que derivó en la eliminación del equipo en la Copa Libertadores. Desde aquí se dijo que debía irse y que ni siquiera la obtención del premio consuelo (eso fue, disculpen ustedes, el Clausura 08) podría limpiar esa mancha. El concepto se sostiene. River es un club pésimamente conducido, con muchos problemas y con jugadores que estuvieron más dedicados a las internas que en intentar jugar bien.
Escribo los martes, pero, como pasaré unos días fuera del alcance de Internet, ordeno estas cuatrocientas palabras en la madrugada de lo que para el lector será el lunes pasado. Pese al frío, el clima es optimista. Hasta queda gente esperanzada en los futuros hospitales, caminos y barrios que anuncian construir y la prensa y la dirigencia del campo discurren como si la tormenta hubiera quedado atrás gracias a esta alborada de esperanza parlamentaria. Yo no. Descreo de “nuestras” legislaturas.
Quienes tengan la costumbre de patear las cosas para adelante diciendo “el día que las vacas vuelen” acaso deban empezar a preocuparse.
Estoy totalmente de acuerdo con lo que dijo Fogwill el sábado 14 a propósito de la expresión “vergüenza ajena”. Supongo que se la usa para que se vea cuán modernoso, joven y actualizado es uno o una. A mí lo de “vergüenza ajena” me da dentera.
Otra vez la náusea. Me digo: calma, ésta es una sección de escritores. Otras partes de este diario se ocuparán de las atrocidades. Me digo: ¿existe una perspectiva estrictamente “literaria” para enfrentar un comentario? Porque hay incidentes en dos frentes distintos: está el real y está el simbólico, que se puede leer también como retórica, signos de una puesta, suerte de teatro, si bien la situación ya viró a circo.
En una fiesta, una amiga me pregunta cómo estoy. Le digo que bastante cansado: por un lado, porque la intensidad política en la que vivimos y que tanto nos agrada (porque nos obliga a pensar y a interrogarnos a nosotros mismos), nos exige una energía y una prudencia que no creíamos tener y que, es más, estoy seguro de que yo no tengo.
