COLUMNISTAS COSTUMBRES

11 de Septiembre

La casa de mi infancia sigue en pie. Pero acaban de demoler la casa que había justo al lado. Esa casa, la contigua, desde hace días no existe más: fue escombros y es baldío y será un edificio nuevo. La otra tarde pasé y vi de repente el agujero, la nada de esa esquina. Mi casa luce por eso un tanto más desguarnecida, a medias desnudada, con un aire impensado de convalecencia. Pero en cualquier caso sigue ahí: se mantiene.
Sé bien, porque me lo han contado o porque lo he leído, qué es lo que se siente cuando la casa en la que se vivió la infancia se echa abajo y desaparece. Se siente una especie de orfandad, un desamparo; y lo que sea que se construye en su lugar cobra para siempre la forma de la profanación. Mientras existe la casa en la que fuimos chicos, vivimos con la ilusión de que las cosas que ya pasaron y las personas que ya perdimos siguen estando de alguna manera ahí. Podríamos volver, entrar y encontrarlas; y aunque en el fondo sabemos que no es así (por eso nunca volvemos y por eso nunca entramos), nos dejamos cobijar por esa creencia. Por eso nos demuelen si demuelen esa casa.
La mía, como digo, sigue en pie. Le cambiaron la puerta de entrada, el aspecto del frente es distinto, los viejos timbres, que nunca andaban, fueron reemplazados por un portero eléctrico que acaso ande. ¿Qué me importa? La casa es ésa, y es la mía. Pero tiraron abajo la de al lado. Lo viví como un acecho. De pronto ese paisaje, el más mío y el más firme, se colmó de provisoriedad. La casa es ésa, pero ahora me parece otra, y no porque le cambiaron la puerta de entrada, el aspecto del frente o los viejos timbres. Me parece otra, la siento en vilo.
La costumbre es suponer que el pasado es lo sabido, lo asentado, lo seguro. La zozobra y la incertidumbre solemos asignarlas al porvenir. Pero tengo que hacerme a esta idea: entender que el pasado no es menos frágil que el futuro. No está menos en suspenso.

mkohan