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1816-2016

Por qué la guerra de la independencia en Estados Unidos de Inglaterra se resolvió proporcionalmente más rápido que las de Latinoamérica de España.

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Foto:Cedoc Perfil

Repasar por qué la guerra de la independencia en Estados Unidos de Inglaterra se resolvió proporcionalmente más rápido que las de Latinoamérica de España permite comprender cómo los ciclos políticos se alternan pendularmente, y las oportunidades y condicionamientos que tiene el gobierno de Macri al cumplirse el bicentenario del Congreso de Tucumán.

España recién reconoció la independencia argentina en 1859, 43 años después de aquel 9 de julio de 1816. Mientras que Inglaterra tuvo que admitir la independencia de Estados Unidos en el tratado de Versalles de 1783, apenas siete años después de su declaración de independencia en 1776 y sólo ocho de comenzada la primera batalla en 1775.

La geografía ayudó al más pobre y distante virreinato a ser la vanguardia del desalojo español 

Más allá de la influencia que tuvieron en la más rápida independización de Estados Unidos las disputas entre Inglaterra, Francia, Holanda y España por territorios en América del Norte y el Caribe, las ideas de moda hacia fines del 1700 no eran las mismas que a comienzos del 1800. En el cambio del siglo XVIII al XIX se produjo un movimiento pendular comparable –en el grado de su ángulo– al de los años 90 con el fin del comunismo y la consolidación del neoliberalismo en Latinoamérica, y la década pasada con el populismo.

La segunda mitad del 1700 estuvo marcada por la Ilustración y el positivismo, que destruyeron la legitimidad divina de las monarquías e instalaron las ideas de igualdad de todos los hombres. Europa, con epicentro en la Revolución Francesa de 1779, se rebeló contra el absolutismo, lo que aprovechó Napoleón para arrasar con las más importantes monarquías continentales en nombre de la igualdad. Esa efervescencia concluyó en 1814 en el Congreso de Viena, donde las potencias que habían vencido a Napoleón –Inglaterra, Rusia, Prusia y Austria– deciden restaurar las monarquías y borrar los vestigios revolucionarios de las décadas anteriores. Y al restablecer en el trono a los reyes que había destituido Napoleón, entre ellos al de España, Fernando VII, se creó un orden político mundial muy diferente, que complicó la vida de todos los revolucionarios independentistas de las ex colonias latinoamericanas.

Para 1816, desde el Alto Perú llegaban cada vez más soldados realistas que ya habían desalojado a Belgrano de la frontera norte y sólo encontraban resistencia en los gauchos de Güemes, en Cádiz se aprestaban barcos con un ejército de cinco mil españoles que desembarcarían en Montevideo para desde allí entrar a reconquistar Argentina, el movimiento independentista en Chile había fracasado, en México los insurgentes habían sido encarcelados o asesinados, en Venezuela las tropas de Simón Bolívar se replegaban, y las Juntas que se produjeron simultáneamente en el mismo año de 1810 en los cabildos de las capitales de la mayoría de los virreinatos o capitanías españolas en América, una a una, iban siendo revocadas.

El cambio de clima ideológico y político de la época se reflejaba en la propia España, que de la Constitución de Cádiz de 1812 –donde se promulgaban la división de poderes, el voto universal, la libertad de imprenta (tan liberal para la época que, como se la llamaba “la Pepa”, acuñaron el “viva la Pepa” como sinónimo de “vale todo”)– pasó al regreso del absolutismo y de Fernando VII al trono, quien derogó esa constitución.

Un giro conservador europeo a comienzos del siglo XIX cambió el clima revolucionario de los 70 del siglo XVIII

El péndulo de la historia volvía a ejercer su efecto, como contemporáneamente Reagan-Bush-Clinton-Bush generaron como respuesta en Sudamérica a Chávez-Lula-Kirchner (la ya conocida metáfora del Consenso de Washington al Consenso de Caracas). Y ahora parece encaminarse a Obama-Hillary Clinton por un lado y Macri como representante del inicio de un proceso pospopulista que pueda ir incluyendo a toda Sudamérica, sumado a un acercamiento a Estados Unidos, que ya no está obsesionado con intervenir políticamente en Latinoamérica como parte de su lucha contra el comunismo.

La historia no es una constelación de casos particulares e individualidades que sólo se articulan al darle un sentido a posteriori. Los individuos que lideran los procesos son fundamentales, pero siempre dentro de un marco cuya determinación los excede. Las personas hacen la historia pero con los materiales dejados por quienes las precedieron.



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