COLUMNISTAS

1925-2013

PERFIL COMPLETO

El 24 de marzo de 1977, como es sabido, Rodolfo Walsh (9 de enero de 1927 - 25 de marzo de 1977) distribuyó su célebre Carta abierta a la Junta Militar, integrada por entonces por Jorge Rafael Videla (2 de agosto de 1925 - 17 de Mayo de 2013), Emilio Eduardo Massera (19 de octubre de 1925 - 8 de noviembre de 2010) y Orlando Ramón Agosti (22 de agosto de 1924 - 7 de octubre de 1997).

Si bien las fechas permiten deducir que los cuatro fueron estrictamente coetáneos, no fueron en rigor, contemporáneos y la muerte, esta semana, del último destinatario vivo de la Carta de Walsh (una de las obras maestras de la literatura política de todos los tiempos, incluidos Cicerón y Zola, a quienes Walsh usó como modelos), subraya ese anacronismo.

Desaparecido Walsh (o asesinado, ya no tiene sentido utilizar la figura jurídica funcional a aquellos tiempos oscuros de abandono de las categorías usuales de la ley), su voz, sin embargo, sigue interpelándonos (“el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aún si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas”), mientras que las voces de Agosti, Massera y Videla nos llega como un ruido amorfo de un pasado que creció como una marea tóxica para aniquilar la posibilidad de lo viviente en Argentina (“el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido”).

No importa tanto habitar el mismo tiempo y el mismo espacio sino el modo en que se inscribe el propio cuerpo en relación con esas condiciones de existencia.

Y si es cierto que Walsh, por un lado, y los Comandantes, por el otro, eran cultores de la imaginación dialéctica, el escritor fue capaz de postular “nuevas formas” para imaginar la política en la Argentina, lo que, en la perspectiva de los Comandantes y en su más longeva figura, Jorge Rafael Videla, era un límite infranqueable para el pensamiento.

No, Walsh y los Comandantes no fueron contemporáneos, porque vivieron la Historia de manera tan distinta que hasta podría decirse que vivieron historias paralelas. El tiempo de Walsh estaba tensionado hacia el futuro, y por eso nos alcanza. El de los Comandantes era un puro memento funerario.

Ahora que todos los que formaron parte de aquel intercambio epistolar han desaparecido (Walsh, el primero, asesinado; los otros tres, de muerte natural) podría pensarse que han llegado a esa esfera “absoluta, intemporal, metafísica” a la que Walsh adscribía el método de tortura aplicado por la dictadura. Pero eso también será un error, porque el Más Allá se habita en la memoria de los otros, y tampoco en ese punto Walsh (asesinado) y los Comandantes (juzgados, castigados, devorados por su propia amargura) se ubicarán en el mismo plano de existencia virtual: Walsh vivirá siempre más, cada vez que intentemos entender las cosas que escribió para nosotros. Los otros serán ceniza y nada más, unos nombres que con el tiempo nadie recordará exactamente qué querían decir aunque al pronunciarlos, siempre, un susurro de muerte estremezca la tierra.

Con el tiempo, y con la administración de Justicia (que empezó con Alfonsín), “el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas” cederá. Los torturadores, los apropiadores, los asesinos y sus colaboradores irán muriendo poco a poco y su existencia y organización como secta conspirativa o asociación ilícita seguirá teniendo interés escolástico, e incluso pedagógico (en términos de una pedagogía de la catástrofe, del sostenimiento del Nunca Más).

Pero la progresiva extinción de esas formas del odio que sus vidas representaron nos obligarán, como quería Walsh, a pensar en “nuevas formas” de autopercepción. Que así sea.


*Escritor.



Daniel Link