COLUMNISTAS

50 años: capítulo dos

Segunda entrega del repaso de una carrera profesional de medio siglo de vigencia. 

El lunes 1° de septiembre evocaba mi comienzo como periodista profesional, la primera vez que me pagaron como redactor para escribir en un medio. Eso fue, efectivamente, en septiembre de 1964. Pero también, para ser sincero con ustedes y sobre todo, honesto conmigo mismo, narraba lo que fue el origen de una pasión infantil; ya desde los diez años, quien les habla, solía escribir crónicas imitando a los medios periodísticos tras leer permanentemente los diarios. Ese niño periodista desembarca en cierto momento en las aulas del Colegio Nacional de Buenos Aires, en donde hará sus primeras armas en los periódicos estudiantiles siempre provocativos y transgresores de la época. En el capítulo de ayer les recordaba todo lo que hice en años 60 y de qué manera llegué a Roma en 1969, después de haber tenido la extravagante posibilidad, un privilegio periodístico, conocer nada menos que Corea del Norte, invitado para un insólito congreso periodístico.

Pero ni residencia Roma termina a fines de 1970. Ya en 1971 estoy de regreso en la Argentina y me cuesta ciertamente mucho ganarme la vida como periodista. Me hacen responsable de la edición periodística de un semanario llamado Voz Libre, que representaba a ámbitos progresistas de la comunidad judía argentina. Finalmente, consigo entrar a la revista Semana Gráfica, que dirigía Adriana Civita, en la hoy inexistente Editorial Abril de la Argentina.

La gran posibilidad se me abre en 1972, cuando comienza su actividad en América Latina la primera agencia profesional de noticias dedicada a recoger y divulgar la información de América Latina: Reuter-Latin, un acuerdo explícito entre los principales diarios de América Latina y la agencia británica Reuters. Ese 1972 es el año del regreso de Perón a la Argentina, y para quien les habla, como para toda aquella generación de los que teníamos menos de 30 años, era literalmente imposible no verse afectado y conmovido por el trastrocamiento de la Argentina. La vuelta de Perón habría de prologar el triunfo electoral de 1973, año clave, abigarrado, dilemático, cuando ya fue imposible que todo siguiera igual en la Argentina.

En ese 1973 llego a la redacción de El Descamisado, una revista (con los meses habría de enterarme) de la organización Montoneros. Es cierto que mi inclusión en El Descamisadopretendía, desde mi punto de vista, ser lo más profesional posible, porque me hicieron responsable de la sección internacional. Como tal, viajé a Chile y Uruguay para cubrir los acontecimientos dramáticos del derrocamiento del presidente Salvador Allende en Chile y e la implantación de una dictadura en Uruguay.

Pero, ya para octubre-noviembre, mi permanencia en El Descamisado era para mí, personalmente, imposible, porque sencillamente no comulgaba con el punto de vista y, sobre todo, con la metodología del grupo editor. Así que renuncio, sin mayor ruido, y comienzo a realizar una serie de viajes matrimoniales, que me habrán de llevar a diferentes partes del mundo. En ese 1974, y antes del retorno a la Argentina, vuelvo a Buenos Aires sabiendo que voy a ser padre. Mi primer hijo nació en ese1974. Afortunadamente, la generosidad de muchos colegas me permite incorporarme en El Cronista Comercial, el diario que dirigía el luego secuestrado, desaparecido y asesinado Rafael Perrotta.

En El Cronista Comercial vuelvo a mi vieja pasión: la sección internacional y con total libertad, teniendo muy cerca de mí sentada en un escritorio al lado del mío a Susana Viau, colega que hace poco tiempo falleció. Publico en ese diario enormes columnas de opinión e información sobre lo que en aquel momento me impactaba más, la emergencia de los movimientos de liberación nacional en el África, Asia y América Latina.

Pero ese 1974 es un año maldecido por la política y por la historia. En pleno gobierno peronista, tras el fallecimiento del general Perón, comienza en la Argentina el terror de Estado, la Triple A. En noviembre de 1974 parto rumbo al exilio. Yo no sabía que era un exilio. Quienes nos fuimos ese año a México y a Venezuela pensábamos era, sencillamente, un período de tiempo hasta la salida del poder de José López Rega. Nos equivocamos. A mi llegada a Caracas, lleno de promesas y compromisos aparentes de venezolanos pero que nunca se cumplieron, verifico que no puedo ejercer como periodista, porque necesitaba revalidar mi condición de profesional cursando toda la carrera. Es así como me convierto en profesor de periodismo en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela.

Ya hacia 1976 se me presenta una enorme posibilidad en mi vida. Telefónicamente, a través de un colega de Nueva York, me entero de que en Nueva York hay una vacante abierta en la redacción América Latina de la sede mundial de la agencia The Associated Press. Hacia allí partimos, mi pequeña familia integrada por tres personas. Rápidamente me instalo en Nueva York y durante tres años seré redactor de la mayor agencia de noticias del mundo. Simultáneamente, comienzo a desarrollar una serie de corresponsalías, en El Diario de Caracas, el diario Unomásuno de México y medios europeos. De esos medios europeos, en 1979, llega la oportunidad que habrá de cambiar mi vida.

Nicaragua se halla en plena guerra revolucionaria; el sandinismo desafía al régimen dictatorial de Anastasio Somoza. Un viejo amigo y colega de la revista l’Europeo de Italia, mi queridísimo y entrañable Pietro Petrucci, me convoca para ir a cubrir la guerra civil de Nicaragua, y desde Nueva York viajo a Nicaragua. Es en Nicaragua, a la salida de Managua, a pocos días de la caída del régimen de Somoza en donde mi destino en la radio aparece de manera mágica: un fotógrafo, el uruguayo Héctor Carballo, que trabajaba para una revista porteña, me dice: “¿Qué estás haciendo acá vos que sos argentino y no salís en una radio argentina?”.

Ni bien tocamos Panamá, a la salida de Nicaragua –historia que he contado pero nunca me cansaré de repetir – este fotógrafo se comunica con la Radio Mitre de 1980, y tras mi primer salida al aire, me proponen ser corresponsal diario desde Nueva York. La corresponsalía durará hasta septiembre de 1980, en un país todavía sometido a la dictadura militar. En septiembre de 1980, soy prohibido por los militares. De la noche a la mañana desaparece mi condición de corresponsal para los programas de Juan Alberto Badía, Julio Lagos y Bernardo Neustadt. De esa manera culmina mi primer contacto como corresponsal de un medio argentino; evidentemente, no sabían que yo era una persona que estaba viviendo en el exilio.

Entre 1981 y 1984 nos instalamos en México. La familia ya éramos cuatro. En México seré columnista, también de temas internacionales, del diario Unomásuno, la expresión más cabal de la intelectualidad crítica de México. En 1981 presento en el Distrito Federal, mi primer libro periodístico y de ensayo: “USA, Reagan, los años 80”. Así llego al mi regreso a la Argentina. 1984 será el año de la democracia y el fin del exilio. Pero de eso les hablaré mañana.

(*) Emitido en Radio Mitre, el martes 2 de septiembre de 2014. 



Pepe Eliaschev