COLUMNISTAS

50 años: capítulo uno

Sabemos acabadamente que los aniversarios que se celebran con números enteros suelen provocar mayor impacto que cuando esos números no son tan enteros. Si yo evocara que hace apenas 49 años que trabajo de como periodista, lo que van a escuchar hubiera sido igualmente legítimo. Pero héte aquí, como solía decirse en una época, que en este mes de septiembre que acaba de arrancar, estoy recordando que desde hace 50 años, exactamente, me desempeño como periodista profesional.

Fue en septiembre de 1964 cuando se fundó la revista semanal Todo, cuyas oficinas estaban en la calle Cangallo, hoy llamada Teniente General Juan Domingo Perón, cuando comencé a ser remunerado por mi trabajo como periodista. Es cierto que en 1964 yo tenía apenas 19 años cumplidos y, en verdad, ese niño periodista ya había despuntado a los 10 años. Recuerdo que en 1955, a propósito del violento golpe militar que provocó la caída del gobierno de Perón, comencé a redactar en unos anotadores típicos de escuela pública, mis impresiones y registros como lo que en aquel momento yo imaginaba era un cronista, alguien que contaba historias. Porque como me decía un colega los otros días nunca tenemos que olvidar que los periodistas contamos historias.

Pero ese niño de 1955, que en 1960 se convierte en adolescente, ya llevaba la pasión, la criatura interna del periodista, algo que con los años me ha obligado a persuadirme definitivamente que existen las vocaciones.

Precisamente a los 15 años, en 1960, ya como alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires, era evidente que la pulsión y la brújula de mi vida iban para ese lado. A través de periódicos estudiantiles que los aguerridos militantes del Colegio Nacional de Buenos Aires editábamos -¿por qué no recordar a El Fiulso, por qué no recordar a Para Hoy- entre aquellos periódicos en los que hice mis primeras armas. Pero fue en 1964 cuando, de la mano del padre de Rolando “Lani” Hanglin, vino la oportunidad de trabajar en una revista profesional. Yo no podía creer que alguien me pagara para emplearme como redactor, sin otra condición ni imposición de ninguna naturaleza. Me habían pedido una prueba y la había resuelto con bastante solvencia; la prueba consistía en redactar un par de páginas con cualquier historia y Bernardo Neustadt, que tenía entonces 40 años y a quien siempre le agradecí su apertura mental y la absoluta falta de condicionamientos para que me desempeñara junto con otros jóvenes, me abrió las puertas del periodismo. Este es un dato que ningún periodista puede negar jamás, tiene que ser realmente un ingrato y un necio hacerlo.

En esa revista hube de conocer a enormes periodistas que me llevaban veinte, veinticinco años de ventaja y eran paradigmas de veteranía profesional. Estamos hablando de 1964, presidencia de Arturo Illia. El staff de la revista Todo estaba integrado y liderado por periodistas como Rodolfo Pandolfi, Edgardo Damommio, Esteban Peicovich, Luis Alberto Murray, Enrique Raab, al que siempre recordaré como el editor que una vez se sentó al lado mío en una escalera de la redacción –porque todas las sillas de la redacción estaban ocupadas- y me corrigió con un lápiz uno de mis originales, el ya mencionado Lani Hanglin, y, un hoy destacado economista argentino, Pablo Gerchunoff, que también hacía sus armas como periodista en aquella revista. 

Ese fue el debut. Literalmente, el comienzo. Yo no había estudiado y en mi vida nunca estudiaría periodismo. Efectivamente, la mía fue una generación que se hizo en la realidad cotidiana de las revistas, los diarios; la radio y la televisión todavía –pero faltaba muy poco- no eran tan importantes.

Luego vino el encadenamiento de las posibilidades: tras el cierre de Todo, revista que duró apenas nueve meses, en 1965 de economía debuto – por solo 29 días, porque luego me echaron – en la revista Confirmado, el semanario fundado por Jacobo Timerman, para servir de vocero de los golpistas de 1966. Cuando, a los 29 días, el propio Timerman en persona me echa, un día antes de quedar protegido por la ley de despido, busqué y conseguí trabajo en la revista Gente, el semanario fundado por Carlos Fontanarrosa en la clásica y entonces argentina Editorial Atlántida, en donde hube de tener una permanencia polémica e importante, porque ahí se produjo mi primer despido por razones estrictamente ideológicas. Todo esto que está contado en mi libro Me lo tenía merecido. Una memoria.

En 1967, a los 22 años, Mario Sábato, querido y entrañable amigo, me ofrece la posibilidad de hacer un programa de quince minutos por semana en la Radio Municipal que entonces funcionaba al costado del Teatro Colón, radio que dirigía Virgilio Tedín Uriburu. ¿Y cómo se llamó ese programa? ¿Cómo lo bauticé? “Y vos, ¿quién sos?”. Era un ciclo de reportajes que duraban exactamente quince minutos, una vez por semana. Luego pasaron muchos años para que yo regresara a la radio, pero ya, de algún modo, despuntaba “la especialidad de la casa”.

En 1966 arranca por Canal 13 el noticiero Telenoche, originalmente conducido por Tomás Eloy Martínez, Andrés Percivale, Mónica Mihanovich (hoy Cahen D'Anvers, también una querida amiga) y cuyo jefe de redacción era Alberto Rudni. Ahí va ese muchacho de 22 años que era yo, como redactor de lo que era el primer noticiero moderno de la televisión argentina, patrocinado por una sola empresa, la entonces muy vibrante IKA, automotriz radicada en Córdoba.

Ya para 1967 se acentúa mi radicalización ideológica y como periodista invitado tengo la oportunidad de conocer esa Cuba revolucionaria, en la que todo estaba por hacerse y nada había todavía fracasado al menos explícitamente. De regreso de Cuba pruebo, una vez más, la posibilidad del periodismo escrito, en otro semanario de noticias, la revista Análisis, que dirigía Fernando Morduchowicz, y cuyo jefe de redacción era Gregorio Verbitsky, tío del periodista tan conocido. Vienen mas viajes, hasta que en 1969, final de este capítulo, desembarco en Roma para quedarme a vivir como redactor de la agencia de noticias Siglo XXI, conducida y fundada por Joaquín Sokolowicz.

Esto fueron los inicios de mi carrera de periodista, esto que hoy está cumpliendo precisamente 50 años y que iré trazándoles a lo largo de estos días como una manera de compartir un cuaderno de bitácora, un cuaderno de notas. Quiero dar testimonio de cómo cambió el país y cómo se mantuvo impertérrita mi vocación, mi pasión, mi vocación, esto es, mi curiosidad, mi apetito siempre insaciable por conocer más, mi postura asociada con valores que no han cambiado, aunque han evolucionado, seguramente, en apreciaciones subjetivas, pero no desde el punto de vista de la centralidad filosófica. Esos valores que yo tenía cuando debuté en 1964 siguen siendo esencialmente los mismos de hoy.

El mundo ha cambiado de manera enorme y resultan poco menos que imposible comparar las máquinas de escribir Olivetti con las que tipeábamos nuestros originales hace 50 años con el mundo de las redes sociales que hoy prevalece.

A lo largo de estos capítulos que habrán de llevarme durante esta semana a compartir con ustedes mi medio siglo como periodista, sólo intento rescatar lo central: ese apetito mío era la búsqueda de la verdad; la falta de temor ante los poderosos y la idea de que el mundo merece seguir teniendo periodistas, como yo quise serlo y como quiero seguir siéndolo hoy día.

(*) Emitido en Radio Mitre, el lunes 1º de septiembre de 2014.



Pepe Eliaschev


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