COLUMNISTAS URUGUAY Y ARGENTINA

A cada ramal, su agua

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En 1965 Jorge Luis Borges publicó un libro titulado Para las seis cuerdas, en el que, como muestra de su innegociable cariño por el Uruguay, figura la Milonga para los orientales, hecha “para que el tiempo vaya borrando fronteras”, porque “por algo tienen los mismos colores las dos banderas”.

De todos modos, Borges sabía, porque él mismo había sufrido la persecución política durante el primer peronismo, que había entre las dos naciones diferencias institucionales y filosóficas mucho más cruentas que las evocadas en aquel amable poema donde afirmó: “El sabor de lo oriental, con estas palabras pinto; es el sabor de lo que es igual y un poco distinto”.

¿Un poco distinto? Sí, en caso de circunscribimos a los rasgos esenciales que le dan identidad a una tierra y a sus habitantes. Y no si, más allá de la anécdota, hemos de juzgar la historia por los mismos principios básicos de filosofía política que quienes han decidido vivir en una nación están dispuestos a defender pase lo que pase.
Naturalmente, no es ésta una diferencia ideológica, pues de discusiones ideológicas se pueden servir repúblicas con un nivel semejante de organización institucional. En la Argentina, donde un fiscal muere en ominosas circunstancias, donde un ex presidente es condenado por traficar armas, donde el creador del progresismo reinante fue un militar que no se entusiasmó jamás por la causa aliada, donde la actual presidenta tiene tiempo para justificar el surgimiento de Hitler pero no para consolar a las víctimas de las catástrofes de un Estado indolente, y donde la división de poderes es una quimera y la legitimidad de origen se confunde permanentemente con la de ejercicio, el debate no puede ser más que preideológico.

En cambio, en Uruguay el debate es ideológico porque, desde Artigas –un profundo admirador de Thomas Paine– hasta hoy, un espíritu libertario impregna este país mediano y despoblado, como recordó hace pocos días el doctor en Economía Ernesto Talvi, “una democracia liberal, constitucional y republicana”.

Sin embargo, Uruguay ha sido tradicionalmente socialdemócrata en lo económico, lo cual es perfectamente posible, ya que, como lo prueban todos y cada uno de los países nórdicos, en una república la democracia formal y la real, esto es la justicia y la libertad, pueden convivir armoniosamente.

Si Perón, que fue agregado militar durante el fascismo, es el padre del consenso argentino moderno, en Uruguay lo mismo corre para Batlle y Ordóñez, quien se soñó poeta y aplicó leyes de vanguardia sin llegar a ser autoritario en las formas.

Pero mucho antes, mientras Uruguay prácticamente no había tenido interrupciones institucionales, en Argentina lo difícil era encontrar períodos constitucionales de larga duración y sin quiebres, una falla que evidentemente no está sólo en el ADN peronista, pues en tanto la “derecha” uruguaya fue sorprendentemente liberal, laicista, inclusiva, igualitaria y masónica, la argentina fue oligárquica, católica, clasista y antirrepublicana.
Por eso no es casual que en Uruguay Tabaré Vázquez haya asumido por segunda vez el cargo alabando a Sanguinetti y ante la atenta mirada de un amigo personal, el ex presidente Lacalle. Y tampoco es casual que en Argentina, donde no está prohibida la reelección inmediata, el ballottage tenga reglas distintas de las que rigen ese sistema en el resto del mundo.

Cuando los argentinos descubran su potencial, emulen a sus glorias individuales transformando sus valores en colectivos y se parezcan más a Alem, a Illia y a Alberdi que a Carlos Menem, podrán decir, como apuntó el periodista Miguel Arregui de un demócrata oriental de nota, que fueron “radicales en la defensa de principios moderados”. Allí, acaso, los dos ramales del río vuelvan a encontrarse.

*Periodista cultural.



Pablo Cohen