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A la gran Carrió

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Foto:Cedoc

Hace algo más de diez veranos, en la bahía uruguaya de Portezuelo, fui sorprendido por una imagen que me hizo muy feliz. Atraído por la línea de separación de cielo y agua me dio por flipar en un súbito juicio final que pusiera en vereda a Caín y en recreo al Abel. Que en ese mismo instante de mi paseo emergiera, por caso, un gigantón Cristo de veinte metros con la misión de resolver el mayor y más viejo entripado de la especie. 

Pero no. No fue Cristo lo que apareció. Lo que surgía del mar tenía tetas. ¿Una deidad homérica? Proclive a imaginerías como soy ajusté mi zoom para salir de dudas y entré en otra. Tan extraña que lo primero que atiné fue a pasar la primicia a mi mecenas:

--¿Ves eso que asoma entre las olas, lo ves? ¿No es el Busto de la República? ¿El del Salón Blanco?

Ella dejó a Kawabata sobre su falda y tras un clásico de nuestra relación (“sos como un chico, interrumpís a cada rato”) apantalló sus ojos y comentó: 

--No es más que un delfín blanco, o cosa así.- y volvió al libro.

Yo persistí en mirar requetebién. Tras las siguientes olas el enigma dio una vuelta de carnero y aumentó mi entusiasmo: 

--¡Haceme caso y mirá. ¿Sabés qué? ¡Es Elisa Carrió!

--¡Qué decís!

Y mientras ella quedó resolviendo su incredulidad yo me metí en el mar a encarar lo que imaginé (por algo será) era el pulposo Busto Patrio. Me presenté, besé a la mismísima Elisa Carrió en la mejilla y entre sonrisas y pasos de minué fuimos saliendo del Mar Dulce “donde ayunó Solís y los indios comieron”.

Así nos conocimos. Mi mujer ofreció el reparo de la sombrilla y el encuentro se extendió hasta el mediodía. Si algo me faltaba para completar el retrato de la que ya era la fiscal mayor del reino, fue esa charla. Hasta comprobé (in situ) su fidelidad total al “Estáte en lo que estás” de San Agustín. Apuntó con el índice a cinco fastuosos chalets próximos y remarcó: 

--Elijo esta playa porque aquí viven y se bañan varios de mis denunciados y los quiero tener cerca.

Eran los finales de 2003 y el ojo del huracán Elisa zarandeaba, y mucho, las noticias del día. Al letargo de los argentos le había caído un ruidoso despertador. Una ex reina de belleza devenida constitucionalista y elegida diputada que en poco tiempo le cambiaba el sexo a la política nacional. Por entonces, en columna dominical de La Nación apunté así su insólita presencia en el escenario del país: “Carente de programa social propio Kirchner mama del ideario del ARI. Tras recibir el peludo de regalo de Duhalde, se encontró sin timón ni mapa de navegación. El “cordero patagónico” se iba contra las rocas pero pícaro, el neonacionalista K. entró a guiarse por la  constelación Carrió (que surte ideas sociales como nadie). Para que no se note, Alberto Fernandez (ex Cavallo) le tira dardos a Carrió. La ex Miss Chaco no replica. Rigoriza su dieta y con crocantes 44 años diseña futuro. “Hubieran podido corromperme con una milanesa. Ya no”. Entiende la  política como arte de destejer poder y optimizar civilidad. Dedica el verano a un proyecto prioritario: formar líderes que ayuden a superar la adicción nacional a repetir pasado. Además corrige libro. Y ríe.”

Quedan muchos flecos en columnas de esos tiempos. Algunos: “Carrió anunció que dejará el escaño y se irá a los caminos a sembrar y formar dirigentes” (agosto 2003), “”Hoy nos va bien. Pero si mañana nos va mal ¿Quién hablará? Debemos tener oposición”  (marzo 2004), ”Kirchner guiña a la izquierda y volantea a la derecha” (abril 2004) 

Sus denuncias al lavado de dinero y otras lacras eran a taco y punta. Tenía más ella eso que hay que tener que lo que ellos tenían que tener y no ponían. Celosa, aunque colega en la Cámara, la diputada Cristina Kirchner buscaba empardarla pero se disolvía en ademanes. Irresistible, Lilita fue cada día a más y pasó a ser  “la Carrió”. Las placas tectónicas de la corrupción quedaron bajo su foco. Los grandes ratones entraron a inquietarse. Cavallo la intimó, Menem la trató de mitómana mesiánica, Kohan la desconsideró, Colombo calló y el heroico Chacho Alvarez se ocultó en un iglú. La “gorda periférica” ascendió imparable al pico de las encuestas. Capaz, temeraria, llorona, insólita, cabal. El más demoledor animal ético de la política nacional desde Lisandro de la Torre. 

Aquella mañana en la playa se nos hizo la amistad. Y nos queremos siempre. No hay vez que la recuerde que no me de por tararear (al ritmo de Carlos Di Sarli ) la música genial de “A la gran muñeca”. La Carrió es seductora pública y privada en igual grado. Pero sobre todo, la que eligió dedicar su vida minuto a minuto a cuidar la salud de la República. Investigue, denuncie, piense o hable lo hará hasta el fin. Así viene cumpliendo su labor de inmersión, inspección y vivisección de las transas mafiosas privadas y estatales que impiden vivamos nuestra soñada sociedad de iguales. Carrió no es cárnica aunque nos hable de milanesas. Trabaja para el espíritu y siente a todas las religiones, una. Es de esas mujeres que el infame de Enrique VIII hubiera querido sumar a su cuenta femicida. (Pero con la Carrió ya no podrá)

bueno, sí, necesitaba contar aquel recuerdo de la playa. Y que la sigo considerando (por también “sus” primeros 100 días) la réplica andante y parlante del símbolo que resiste en vigilia en la inhóspita Casa Rosada, que década tras década, tantos disgustos le da.

--¿Para usted es “lo más”? ¿No se está pasando?

--No. Hay otra persona a la que siento “lo más”. Más que Carrió, incluso. Pero no es de este mundo.

--¡Quién?

--Margarita Barrientos.

 

(*) Especial para Perfil.com | En Twitter: @epeicovich



epeicovich