COLUMNISTAS SECRETOS

A los bifes

Hay muchas mamás y hay muchos papás que golpean a sus hijos. Se trata, a mi entender, de una de las violencias más brutales y más inadmisibles que puedan concebirse, porque las víctimas de esos maltratos físicos ocupan una posición de notorio desvalimiento: no tienen manera de salirse de la situación en la que se encuentran y les resulta mucho más difícil recurrir a algún tipo de ayuda externa. Se trata, también, de una violencia marcadamente invisibilizada; en parte porque acontece, como toda agresión doméstica, detrás de las paredes opacas del hogar de cada cual, y en parte porque cuenta con un grado considerable de aceptación social (a muchos les parece un recurso educativo válido el castigo corporal a los hijos) o de tolerancia social por lo menos (a muchos no les parecen tan graves el chirlo, el cachetazo, el pellizco, la pateadura, si las propinan mamá o papá).

Cada tanto se le va la mano a alguno o a alguna, y entonces sí: el asunto llega a los medios. Así pasó con el asesinato de Agustín Marrero, de cinco años de edad, cometido presuntamente por Leandro Sarli, su padrastro, cuyas golpizas contra el chico habrían contado con la recurrente complicidad de la madre, presta una y otra vez al encubrimiento de lo que pasaba en su casa (el nene, según ella, se caía a cada rato: por eso un día apareció con un raspón en la cara, por eso otro día aparecido con dos dientes menos).

La reciente decisión del Ministerio de Educación porteño de apartar de sus cargos a una maestra y a la directora del jardín de infantes al que Agustín Marrero asistía, por no haber advertido y/o alertado de lo que le hacían al chico en su casa, llevó el debate a otro plano: el de la detección y la prevención del problema del maltrato a los niños, las competencias y las responsabilidades respectivas. Mauricio Macri intervino en el debate trayendo a colación la consigna, o la moraleja, de la marcha “Ni una menos”. En mi opinión, sin embargo, una deficiencia que cabría señalarle a esa tan nutrida marcha es que, haciendo tanto hincapié en la pasividad de la mujer objeto, un ser que ante todo padece y recibe, contribuyó involuntariamente al escamoteo social de esta otra clase de violencia doméstica, en la que las mujeres, a menudo desde la sacralizada condición de madres, asumen por el contrario un lugar de sujeto activo, que practica y ejerce, que decide y actúa.

Miguel Del Sel hace un tiempo fue más allá, con declaraciones en las que directamente avalaba el maltrato físico a los niños. Su argumento era que a él, a los bifes, sus viejos lo habían sacado bueno. Que de veras lo hayan sacado bueno quedaría ciertamente por verse, pero eso puede discutirse en alguna otra ocasión. Que dejen de pegarles a los chicos, el papá o la mamá o quien sea, en el siniestro secreto de sus casas, creyendo que tienen derecho, habría que pasar a impedirlo ya mismo.



mkohan