COLUMNISTAS ESTRATEGIA


A todo o nada

Con la elección de objetivos ambiciosos, el Gobierno también se expone a altos riesgos.

Blindado, Mauricio Macri.
Blindado, Mauricio Macri.
Foto:Pablo Temes
La estrategia del Gobierno es clara: imponer posturas de máxima en forma independiente de sus posibilidades de éxito o fracaso, incluso ignorando el impacto en la sociedad. Algunos ejemplos bastan: el levantamiento del “cepo cambiario”, el decreto por el cual nombró a dos jueces de la Corte Suprema en comisión, la eliminación y/o baja de las retenciones, la demolición a fuerza de decretos de la Ley de Medios kirchnerista, y recientemente el “sinceramiento” del cuadro tarifario de luz y de gas.

El lobo que sigue aullando.
Siguiendo el consejo de Augusto Timoteo Vandor de “golpear primero y negociar después”, Mauricio Macri ha ido elaborando una fórmula para construir poder político, que algunos ven adecuada para un dirigente casi sin partido que logra ganar agónicamente la segunda vuelta electoral, y con minoría en ambas cámaras legislativas. Como siempre, había otras alternativas, como convocar pactos sociales, plantear un cogobierno con otras fuerzas políticas, u organizar el tanta veces anunciado Pacto de la Moncloa. Pero estas opciones hubieran transmitido debilidad a los ojos de quien está acostumbrado a mandar, y –también debe decirse– incertidumbre a una sociedad acostumbrada a la voz de mando. Por esto mismo, Macri arma un gobierno a su imagen y semejanza con “gerentes” provenientes de grupos empresarios, ONGs, bancos, estudios jurídicos y personalidades de actividades variadas, hasta curiosas, como comprar y vender jugadores de fútbol, dejando de lado a pesos pesados de la política y “socios” en Cambiemos, como Ernesto Sanz o la misma Elisa Carrió, quienes hubieran discutido desde adentro cada medida de gobierno y hoy quedaron marginados a ser “personas de consulta”.

Riesgos. La forma de construcción política elegida por Macri sólo puede llevarse adelante bajo determinadas condiciones sociales y políticas, y tiene el riesgo de debilitar al Gobierno in extremis si salen mal. De los ejemplos citados arriba, algunos salieron bien y otros salieron mal. La salida del “cepo cambiario” fue saludada por parte de la sociedad, sin contabilizar que la medida real era la megadevaluación de la moneda (de la cual se habla poco), y que aún produce el impacto de un meteorito en la economía. La parcial derogación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual no tuvo otros detractores que los directamente afectados en efímera resistencia. El caso de los jueces de la Corte es interesante, porque, más allá de las ligeras indignaciones que provocó en dubitativos republicanos, el Gobierno logró el objetivo de instalar a sus candidatos: Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz.

Finalmente, el tarifazo es una situación abierta, cuyo impacto político está en ciernes. Algunos lo emparentan con la derrota sufrida por el kirchnerismo por la Resolución 125 impulsada por el hoy embajador ante los Estados Unidos. Sin embargo, aquellos cambios en el sistema de retenciones enfrentaron a un consolidado bloque agropecuario y fueron rechazados por el propio vicepresidente Julio Cobos, aliado del actual gobierno. En cambio, la actualización de las tarifas que se propone avanzará en forma capilar sobre todo el tejido social, quedando la duda sobre a quién beneficia, en momentos en que se hace público que empresas de energía, lejos de estar quebradas, reconocen cifras millonarias en dólares de ganancias.

Distancia y enojo. Otra diferencia entre la 125 y la suspensión del tarifazo es la propia reacción presidencial. En aquellos días de 2008 Cristina Fernández pareció consternada, sobresalían los rumores de renuncias, hubo cambio de medio gabinete y fue el inicio de la guerra contra Clarín. A Macri, en cambio, se lo ve distante, como si le hubiera ocurrido a un gobierno que no es el suyo. Sin embargo, el Presidente procede como si estuviera enojado con parte de la sociedad argentina, a la que la considera inmadura, despilfarradora, y poco trabajadora. En varios momentos de sus discursos recientes, Macri apuntó sobre algunas características que tienen a su juicio los trabajadores argentinos. En el discurso del Bicentenario, frente a la misma Casa de Tucumán, expresó “que crecieron el ausentismo, las licencias, las jornadas reducidas”; y en esta misma semana, durante la inauguración de una planta de una distribuidora farmacéutica en Avellaneda, se refirió a los trabajadores que hacen “trampa al sistema cuando fuerzan un ausentismo, cuando inventan un juicio, cuando ponen un palo en la rueda, están complicándoles la vida a todos, a todo el resto de la sociedad”. Más allá de la existencia de la famosa “industria del juicio laboral”, estos comentarios reflejan viejas preocupaciones del empresariado argentino que considera que las regulaciones vigentes en materia laboral son un escollo para el desarrollo del país. Cabe preguntarse si allí donde fallaron Menem y De la Rúa, Macri podría establecer alguna blitzkrieg para cambiar las condiciones establecidas por estas leyes. No casualmente, el mismo día del discurso en Avellaneda se unificaban las tres CGT, mediante una conducción colegiada con los prácticamente desconocidos Carlos Acuña (estacioneros), Héctor Daer (sanidad) y Juan Carlos Schmid (dragado y balizamiento). La noticia de la unidad sindical hubiera tenido un impacto tremendo en otras épocas, pero fue vista con indiferencia por una sociedad que cree que los dirigentes sindicales están a años luz de la cotidianidad de los trabajadores.

La distancia del Presidente parece haberse instalado en su propio equipo de gobierno, luego del confuso apartamiento de Aduana de Juan José Gómez Centurión. También recrudecen los rumores de renuncias de varios ministros e internas varias que recuerdan las pujas en el gabinete de Menem. A imagen y semejanza de los gobiernos precedentes, Macri va constituyendo un modelo radial de toma de decisiones, lo que generará más de un desencuentro a futuro. Lejos de las internas, ahora y en las semanas próximas, las esperanzas se correrán al graciosamente llamado “mini-Davos”, una reunión empresarial que se realiza en el Centro Cultural Kirchner donde se ha invitado a los directivos de las principales multinacionales del mundo, con alguna participación local y desde donde se espera que se produzcan al menos algunas lluvias aisladas de inversiones.

*Sociólogo y analista político (@cfdeangelis).