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A todos nos duele la cabeza

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Suerte la suya, señora, que no ha tenido que ir a pedir turno de madrugada ni a esperar ocho horas en la guardia. Con su dinero, usted podría pagar una clínica privada con aparatos de última generación y médicos y enfermeras y alcohol y gasas. Un sanatorio enorme de una sola habitación con vistas al glaciar Perito Moreno. Y aun así tiene el beneficio de ser atendida gratis por los mejores especialistas en la Fundación Favaloro.

Y así debe ser, señora, porque usted es una elegida. Es la cabeza del poder, la que decide, la que reparte, la que premia o castiga. Si a usted le duele la cabeza, nos duele a todos. No es momento de discutir ahora por qué no se hizo atender en el hospital Argerich, donde hay una “unidad presidencial” siempre lista y disponible que nadie ocupa nunca, con la escasez de camas que hay.

Los médicos dicen, en su jerga, que el paciente “hace” la enfermedad. Los habrá escuchado cuando hablan entre ellos: “hizo” un cáncer, “hizo” una angina o un ataque al hígado. Ellos consideran el síntoma como señal de un estado general del cuerpo y de la mente, que incluye lo físico y lo psíquico. En términos políticos podría decirse que, desde hace ya mucho tiempo, la cabeza del Estado “hizo” un hematoma y que por eso el cuerpo social sufre las consecuencias. Nos duele todo: la pobreza, la inseguridad, las mentiras, el maltrato.

La gestión pública no es, no debe ser, una competencia, un torneo entre bandas o enemigos, donde al cabo de un tiempo se comparan éxitos o fracasos, ganadores o perdedores. La única medida para valorarla son las mejoras reales, constatables, en educación, salud, vivienda, trabajo, transporte, medio ambiente y calidad de vida de los que menos tienen. Y, lamento decirlo, señora, diez años más tarde es cuando se nota que fueron por más. Los subsidios no cambian la vida de nadie, la indignan, la humillan.

Perdón, usted está en reposo, señora, y hay que evitar hacerla pensar en nada que pueda provocarle un aumento de su tensión arterial. Pero se trata de diferenciar los dolores de cabeza, que se curan, se operan o se despejan con una aspirina, de los del alma, que son para siempre. El que sienten los familiares de Cromañón, de Once, de tantas víctimas de crímenes, estafas y robos que se podrían haber evitado si se hubieran disuelto los coágulos de corrupción que se formaban en la cabeza del Estado. En el día a día, señora, vivir así mata todo, hasta la esperanza. Es probable, señora, que, sin otra cosa que hacer, harta ya de mirarse en la entrevista con Rial, y de C5N, con TN y Canal 13 prohibidos por recomendación médica, de modo que ni siquiera puede saber cómo sigue Farsantes, tal vez alucine y se vea, en la duermevela, a la espera del Sarmiento a las ocho de la mañana en la estación de Moreno, o se sienta sobresaltada por los disparos, los llantos, los gritos, que interrumpen el descanso en la villa Itatí de Quilmes. Es un efecto colateral de la anestesia o de los analgésicos, pero parece real.

Llega, de madrugada, a la guardia de una salita o a un hospital del Conurbano y un residente, un pibe con el guardapolvo manchado de sangre mientras atiende fracturas, balazos, heridas serias, la mira sin compasión, sin dar valor a lo que sufre la cabeza del Estado, y le dice sí, aguante, siéntese ahí. Y ahí hay más de cincuenta personas esperando.

Es que el dolor, señora, no pregunta, no sabe quién es quién. Por eso, cuando despierte y se reponga, agradezca mucho y devuelva algo de los beneficios, el cariño y el respeto que recibe. Antes de irse a descansar a su cama del sur, ayude a remover los Boudou, los Aníbal, los Recalde, los Moreno, los Báez, a disolver trombos, embolias, trampas y mafias que interrumpen la circulación de las ganas en el cuerpo que sostiene la cabeza.


*Periodista, coordinador de los medios públicos de la Ciudad.



Carlos Ares