COLUMNISTAS HISTORIA DE UNA AMISTAD

Adiós al hombre irónico y divertido

El filósofo italiano rememora momentos pasados junto a su amigo, y sin quererlo... escribe una necrológica insuperable.

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Foto:Cedoc

Estaba fascinado por su genialidad, pero nunca me inspiró envidia. Fue mi último padre, es verdad, lo reafirmo, pero no podría escribir una necrológica sobre él, porque no creo que haya dicho cosas nuevas en filosofía. Sí dijo cosas nuevas en semiótica, pero yo de semiótica no entiendo nada, de modo que igualmente no podría escribir una línea. En todo caso, Umberto, antes que nada, fue un gran amigo, y con él tenía una relación de cercanía académico-católica. En el verano de 1954, cuando egresamos de la universidad, Filiberto Guala, gran intelectual católico y administrador de la RAI, un hombre eficientísimo,uomo efficientissimo, había llamado a concurso público para funcionarios. Quería hacer una televisión nueva con gente nueva, y por eso vino a Turín y fue a visitar algunas asociaciones católicas, donde le dieron los nombres de Umberto Eco, Furio Colombo y el mío. Guala nos contrató a los tres, pagándonos 65 mil liras al mes, una cifra altísima para la época, y juntos pasamos tres meses inolvidables.

Guala nos hizo asistir a un curso para telecronistas, presentadores y funcionarios: nos llamaban “los corsarios”, y estábamos siempre juntos. Compartíamos el mismo departamento en Milán, en la plaza Seis de Febrero, y fue un período verdaderamente hermoso; fue como hacer el servicio militar, con mucho de reglas y disciplina, disciplina, pero también con mucha alegría. Cuando no me llevaban a Santa Tecla, un local perverso donde tocaban jazz, nos quedábamos en la casa de Umberto, siempre con esa pipa en la mano, hablándome de filosofía medieval, porque para entonces yo estaba preparando un examen sobre el tema. Pero después de tres meses los dejé para volver a Turín. Quería estar cerca de mi mamá y seguir estudiando. Los volví a encontrar un año después, en 1955, cuando empecé a trabajar en una transmisión semanal dirigida por Furio Colombo para la que Umberto oficiaba de consultor. Se llamaba Horizonte. Allí también nos divertimos mucho.

Entre las muchas cosas que me enseñó Umberto estaban los chistes. Tenía un repertorio de chistes que le habrían dado envidia a Berlusconi. Umberto era un hombre cultísimo, preparadísimo, pero sobre todo fue uno de los hombres más irónicos y divertidos que yo haya conocido. Sé muchos chistes porque he pasado mucho tiempo con él. Si se hubiese comportado un poco menos como un monumento habría sido mejor, pero ya sabemos que nadie es perfecto, yo antes que nadie.

Como hacen los grandes amigos, discutíamos. Umberto fue la única persona en el mundo que no envidio por haber sido más inteligente que yo, quiero insistir en eso. Amaba mucho los estudios medievales, y eso lo llevó a estar ligado a cierta perspectiva que rechazaba los excesos modernos, incluidas las nuevas tecnologías.

Sin embargo, hace poco estuve de acuerdo con él cuando, hablando de internet y de las redes sociales, dijo que éstas “les dan la palabra a legiones de imbéciles”. Pero debemos aceptar que él de esas cosas entendía más que yo, cosa muy fácil, porque yo, a excepción del correo electrónico, que manejo muy bien, no sé nada de redes sociales. Tengo una página de Facebook, pero sólo porque me la abrieron mis amigos. No la controlo nunca, pero allí estoy.

Con Umberto no nos veíamos mucho, ocupados como estábamos, pero cuando eso sucedía era como si nos hubiésemos visto el día anterior. Bastaba un solo minuto para volver a asociar recuerdos y afectos.

Mi afecto hacia él –como el suyo hacia mí– siempre fue grande, y así seguirá siendo ahora, cuando él ya no está. Nos veíamos poco en Italia, nos gustaba mucho vernos en Nueva York, dar largos paseos, pero, sobre todo, charlar mucho en piamontés. Me reía como un loco cuando alguien, casi siempre algún italiano, nos veía y susurraba ‘quién es ese anciano que está al lado de Umberto Eco’. El también reía, irónico como era.

Pero era también un hombre abierto; imité mucho su modo de pensar y de vivir, tengo que recordarlo como mi último maestro. Voy a extrañarlo mucho.

Volvimos a vernos hace pocos días: le había mandado un texto mío para ver qué pensaba y me respondió con una sola frase: “Optimo, dijo el Duque”, cosa que no entendí qué quería decir. Luego por teléfono me explicó que era una expresión que usaba para decir que algo le gustaba. Siempre tenía que sorprenderme...

Lo único que lamento es que no haya ganado el Nobel. Una pena. Pero para mí es como si lo hubiese ganado hace años.

(*) Filósofo.



Gianni Vattimo


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