COLUMNISTAS LLUVIAS

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Hacía mucho que no teníamos un invierno tan lluvioso, lo que retrasó el comienzo de nuestra primavera familiar.
El jardín suburbano estaba tan anegado que fue imposible cortar el pasto (las ruedas de la podadora se hubieran hundido en el barro), lo que propició el crecimiento del yuyal autóctono.
Recién el viernes pasado la tierra se puso lo suficientemente sólida como para sostener la máquina.
El sábado aprovechamos el sol, además, para lavar a Greta, la perrita nueva, que adora el agua y no había parado, en los días previos, de revolcarse en los charcos: le cepillamos los rizos para sacarle los abrojos, mientras los canteros adquirían un aspecto más o menos presentable.
Lamentablemente, con tanta agua nos perdimos la floración de la glicina (por supuesto, floreció, pero quién iba a querer ir a mirarla bajo la lluvia) y la corona de novia, como es delicada, con cada chubasco perdió la mitad de las flores.
Después, como nos dio culpa haber desatendido a las gatas (Tita Merello, sobre todo, odia a Greta) fuimos a comprar unas maderas para hacerles un dispositivo de trepado, siguiendo los consejos de un veterinario que arregla problemas domésticos felinos en Animal Planet.
Contra todos nuestros prejuicios (contra los reality shows, contra la televisión en general, contra los canales que son la competencia de FOX) el dispositivo funcionó de maravillas, y el domingo, cuando volvió la lluvia y nos quedamos adentro, Tita no cesó de subir a su nueva guardia, ensayando diferentes métodos de descenso.

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