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Agujeros de la historia

La vuelta de los nacionalismos es una bomba de tiempo.

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La vuelta de los nacionalismos es una bomba de tiempo. El proceso se está dando en profundidad en Rusia, en Europa Occidental y en los Estados Unidos. Esos resurgimientos tienen una relación directa con cuando las sociedades están desorientadas, empobrecidas, sin rumbos fijos y surge un líder que les habla en el lenguaje reivindicatorio que la gente quiere escuchar.

 Un ejemplo es la extrema derecha en Europa, que ya tiene una legión de líderes que hablan como los salvadores del mundo. Y que dirigen partidos que les hacen sombra a partidos que defienden los históricos principios de la democracia. Todo se ha embarrado en los últimos tiempos. Aunque el proceso lleva ya casi diez años desde que se desató la gran crisis financiera mundial que destrozó ilusiones y quebró la confianza en los sistemas políticos.

Otro caso increíble, inédito y patético es el de Donald Trump gobernando a la principal potencia del mundo con los caprichos de un gran magnate que odia todo lo que se mueve a diestra y siniestra. Es tan delirante todo lo que está ocurriendo a su alrededor que muchos piensan en su fragilidad o desequilibrio mental como obstáculo para que siga en el poder.

Pero no hay nada que hacer. Trump ganó las elecciones (merced a un sistema electoral añejo y complejo) y recién empieza a mandar. Todas las minorías tienen miedo de sus desbordes y ataques de locura: las latinas, las asiáticas, las afroamericanas, las musulmanas y las judías. Hay casos de mujeres musulmanas a quienes les pegan en la calle. Hay latinos que corren la misma suerte. De pronto han aparecido algunos disfrazados del Ku Klux Klan. Un personaje quiso impedir que subiera una pareja de filipinos a un avión de cabotaje en los Estados Unidos por temor a un atentado. Por suerte, los mismos pasajeros reaccionaron y quien se quedó sin viajar fue el racista. Hace una semana hubo ataques y amenazas contra centros de religión judía, como si resurgiera la intolerancia que existió en otras décadas y que está guardada en el corazón y en la mente de mucha gente intolerante, de generación en generación.

El antisemitismo no fue extraño en los Estados Unidos hasta después de la Segunda Guerra Mundial, y más allá también. Clubes de recreo y countries tenían carteles de advertencia en la puerta de entrada: “Prohibida la entrada para negros, perros y judíos”. Fue reconocido por el sociólogo Vance Packard. Hoy, en el lenguaje habitual del americano medio se pueden escuchar dichos y afirmaciones cortantes en idish, el idioma de los inmigrantes, pero en 1930 una campaña virulenta de neutralismo frente a la Segunda Guerra Mundial fue aprovechada para que algunos atacaran instituciones judías. Los que maltrataban, sin duda, eran admiradores de fascistas y nazis, de neutralistas no tenían nada.

Philip Roth rescató aquel clima en su libro La conjura contra América, donde ubica imaginariamente a Charles Lindenbergh, conocido as de la aviación, amigo de Goering, nazi confeso, como candidato a presidente por los republicanos en las elecciones de 1940. Esa contienda la ganó Roosevelt, pero los “neutralistas” representaban una fuerza muy peligrosa.

Respecto del mayor horror de la guerra, la campaña de genocidio de Hitler contra los judíos en Europa, los norteamericanos tampoco comprendían mucho. A tal punto que según las memorias de muchos dirigentes que los trataron, tanto Roosevelt como Churchill estaban perfectamente informados de las matanzas de judíos a partir de 1942 pero no movieron un pelo. Incluso teniendo Roosevelt un hombre de confianza en el gabinete, Henry Morgenthau, reconocido intelectual judío, nunca prometió bombardear las vías que llevaban a los prisioneros a los campos de concentración. Tanto Roosevelt como Churchill se negaban a que los soldados creyeran que ésa era una guerra para “salvar a los judíos”.


*Periodista y escritor.