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Aires finlandeses

La visita del primer ministro reavivó el debate sobre la política educacional del país.

PRO VIKINGO
PRO VIKINGO Foto:Pablo Temes
Finlandia es uno de los países más prósperos del mundo. Su desempeño en los indicadores económicos y sociales, entre ellos la educación, está entre los primeros del mundo (también en el más novedoso de felicidad humana). Esta semana visitó la Argentina el primer ministro de Finlandia, Juha Sipilä. Fue una visita de bajo perfil pero destacable por sus posibles consecuencias. En sus encuentros con los gobernantes de nuestro país se habló de cooperación y de inversiones finlandesas en energías renovables y en telecomunicaciones, campos en los que Finlandia es muy fuerte, y en minería. En una entrevista periodística el primer ministro agregó: “Pero en todos los encuentros un tema central fue la educación”. Un elemento de la competitividad finlandesa es tener una buena educación”. Finlandia es uno de los países líderes en el mundo por los resultados que se obtienen en su sistema educativo y un caso notable de innovación en la política educacional.

Quienes sostienen ideas innovadoras acerca de la educación, la pedagogía y el régimen de los establecimientos educativos suelen ver a Finlandia como un caso de avanzada. Días atrás tuvo lugar en el Club Político Argentino un intercambio de opiniones sobre el tema, a raíz de la difusión de un video del documentalista norteamericano Michael Moore en el que se exponen testimonios sobre principios generales de la política educacional y sobre los conceptos pedagógicos que orientan la educación en el país escandinavo. Los testimonios recogidos por Moore en su video son –como suele ser el caso en sus producciones– provocativos y polémicos.

Existen opiniones diversas al respecto. Sin duda, hay en el mundo otros modelos disponibles. Los resultados educativos en los países del sudeste de Asia son igualmente notables y responden a enfoques muy distintos. Los métodos pedagógicos y el régimen de la actividad escolar deben ser discutidos, sin duda. Lo que está claro es que resulta imperativo empezar a actuar ya mismo. El mensaje de Sipilä al gobierno argentino fue contundente: “La base del desarrollo de Finlandia es la educación, ésa es la mejor apuesta para el futuro”. Los principios sobre los que se sostiene esa educación son pedagógicos –menos rigidez en los formatos y en la currícula, jornadas escolares más cortas, más énfasis en la motivación que en la evaluación–  y son también criterios de política educativa –educación común, gratuita y obligatoria, jerarquización de la profesión docente, estándares de calidad iguales en todo el territorio y en todos los sectores sociales, importancia de la educación en las asignaciones presupuestarias–.

Semanas atrás los temas de la educación y de la política educacional fueron discutidos exhaustivamente en el Congreso Nacional sobre Valores, Pensamiento Crítico y Tejido Social que organiza anualmente la Asociación Cristiana de Jóvenes, dedicado este año a la problemática educacional. Por la tribuna desfilaron en el congreso expertos con distintas orientaciones de pensamiento, funcionarios y ex funcionarios, investigadores de la educación. Allí fueron planteadas las bases de lo que debería ser la agenda argentina para la educación del país actual.

El programa educativo finlandés, siendo como es asombrosamente innovador en muchos aspectos, recuerda en sus rasgos esenciales el fenómeno de la educación argentina de inspiración sarmientina en la segunda mitad del siglo XIX. Aquel legado fue un proyecto de país, y sus resultados fueron tangibles –como lo son hoy en Finlandia–. El lugar que se asignaba a la educación en aquella Argentina que se estaba haciendo ha dejado huellas en el esplendor de muchos edificios escolares decimonónicos a lo largo y ancho del país –a menudo más espléndidos y robustos que los edificios de la administración pública–. Y en las palabras de Nicolás Avellaneda, quien cuando asumió el rectorado de la Universidad de Buenos Aires después de dejar la presidencia de la Nación dijo: “Hoy he sido ascendido a rector de la Universidad”. Pero, mucho más que eso, dejó huellas indelebles en el progreso del país, la asimilación de inmensos contingentes de inmigrantes, la expansión del mercado de trabajo, el desarrollo del país. La educación hizo posible la Argentina que fue; su decadencia posterior tiene mucho que ver con la decadencia del último medio siglo.

Está claro que la educación es un fenómeno complejo que puede siempre ser abordado desde cualquiera de sus distintas caras. Es un bien de consumo privado, y muchos privilegian, con razón, esa perspectiva. Es también un bien público, y por eso en todo el mundo los gobiernos invierten en ella y desarrollan políticas. En los países del mundo que hoy son exitosos en la educación ésta es tratada como un aspecto estratégico de primer orden. Del desempeño del sistema educativo en su conjunto dependerá, en buena medida, el destino de los jóvenes de un país en esta vida; dependerá en qué medida esos jóvenes se encuentren preparados para insertarse en el difícil mundo en el que les tocará vivir; de ello dependerá, en definitiva, nuestro desarrollo futuro.

Todos los países están expuestos en los tiempos que corren a la necesidad de redefinir sus estrategias geopolíticas; muchos, si no todos, encuentran severas pérdidas de legitimidad de sus gobiernos y de la dirigencia política que habitualmente se hace cargo de la conducción de esos gobiernos y protagoniza la vida política. Los mayores problemas que enfrentan los países se generan en las dificultades que encuentran las nuevas generaciones para insertarse en economías desafiadas por los cambios tecnológicos y sus impactos productivos. La educación sigue siendo, como dos siglos atrás, la palanca que facilita los ajustes y las adaptaciones imprescindibles para que las sociedades busquen nuevos equilibrios.

A menudo se oye justificar el penoso estado de nuestra educación por el menor desarrollo de nuestra economía. No somos Finlandia, se suele decir; por eso no podemos aspirar a una calidad educativa como la de ellos. En el denso intercambio de opiniones en el Club Político alguien propuso: “Es al revés: no somos Finlandia porque seguimos con un sistema educativo perimido”. Ese es el mensaje que deja el primer ministro Sipilä en su paso por Buenos Aires.