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Al pensar nos quedamos solos

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Cuando la conversación no es un mero canje de mecanismos verbales en que los hombres se comportan casi como aparatos que graban sonidos y los reproducen alternativamente, sino que los interlocutores hablan de verdad sobre un asunto determinado, se produce un curioso fenómeno que el profesor Alec Turturro, de la Universidad de Yale, describe con brillante sencillez en su reciente trabajo Mind and Men. Conforme avanza una conversación entre dos sujetos, señala Turturro, la personalidad de cada uno de ellos se va disociando poco a poco: una parte de ella atiende a lo que se está diciendo, mientras la otra, atraída por el tema mismo, se retrae cada vez más y se dedica a pensar en el asunto. Pero el caso es que es en ese tipo de conversaciones cuando lo que hacemos es ambas cosas a la vez, y a medida que la charla progresa, las vamos haciendo con intensidad creciente, es decir, atendemos con emoción casi dramática a lo que se dice y al mismo tiempo nos sumimos más y más en la soledad abisal de nuestra propia meditación.
Esta disociación creciente no se puede sostener en permanente equilibrio. “De aquí que –señala Turturro– sea característico de tales conversaciones el arribo a un instante en que los interlocutores sufren un síncope y lo que reina es el más denso silencio. Lo que acaba de ocurrir es que cada interlocutor quedó absorto en sí mismo. De puro estar pensando, ya no puede hablar”.
De modo que, siempre según Turturro, el pensamiento y el habla parecieran estar preparadas para convivir por lapsos más bien breves; en cuanto esos lapsos se alargan, el habla se da a la fuga.
Como se ve, el papel del lenguaje como emisor global de pensamientos entra en crisis: el habla interna como integrador intermodular y su función para explicar la creatividad de la cognición humana es de duración momentánea, no continua. A propósito, Turturro hace una analogía con la vieja historia del ciempiés y la hormiga. Una hormiga, intrigada, le pregunta al ciempiés cómo hace para caminar: “¿Mueve primero las primeras cincuenta patas de la izquierda y luego las de la derecha? ¿O mueve primero las veinticinco patas delanteras de la izquierda y luego las veinticinco traseras de la derecha?”. El ciempiés, con el fin de responderle, se pone a pensar en cómo hace, con el resultado de que no puede volver a caminar nunca más.
Dejando de lado la posibilidad de que una hormiga y un ciempiés puedan dialogar, lo que Turturro trata de ejemplificar es que, contra lo que se supone, ciertas actividades consideradas netamente humanas no pueden darse al mismo tiempo. “Al conversar vivimos en sociedad –concluye Turturro–, pero al pensar nos quedamos solos”.

gpiro