COLUMNISTAS OPINION


Alvear

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Qué muestra Alvear de la historia política argentina? Su biografía ¿qué nos revela del escenario en que vivió y en el que desplegó su vida pública? Si se ve la Argentina desde la mirada de Alvear, la respuesta sería que en 1940 aún estaba inconcluso lo iniciado en 1853.

Para Alvear, la política argentina estaba signada desde mediados del siglo XIX por la obstinada recurrencia de los mismos problemas: el fraude, las conductas oligárquicas y el personalismo sobre todo, en nuevas versiones. Su singularidad no estaba en la novedad, sino en la continuidad. A partir de este ángulo de observación, no sólo el yrigoyenismo fue la reaparición de la política criolla. También Justo e incluso Uriburu. Allí donde otros contemporáneos vieron versiones locales de los autoritarismos europeos, o de las novedades ideológicas de la época, Alvear vio la persistencia de los vicios argentinos.

Por ello mismo, y por otro lado, la democracia como fundamento de la política argentina no fue una novedad aparecida a mediados de la década del 10 con la Ley Sáenz Peña. Para Alvear, era un dato de la sociedad política argentina desde sus mismos orígenes. Los vicios políticos remitían a formas inapropiadas de traducirla políticamente o a intentos de distorsionarla o anularla (el fraude, las oligarquías o el personalismo, otra vez), inaceptables por ir en contra de la naturaleza del país.

El dilema ante la sociedad y la política democráticas no era defender los privilegios de una aristocracia. Al menos públicamente, Alvear no fue reactivo a las implicancias de la sociedad democrática, a la sustitución del patriciado por la sociedad inmigratoria, aunque, de acuerdo a algunos testimonios de quienes lo conocieron, haya tenido prejuicios personales frente a esta última.

La encrucijada argentina consistía en que la sociedad y la política democráticas se ajustaran a como habían sido pensadas desde los mismos orígenes de la nación: bajo una forma de gobierno republicana y representativa. Para ello, una aristocracia que fuera tal, una elite signada por la virtud cívica, que podía encontrar en el patriciado su elenco idóneo, sí era la conducción apropiada.

Este diagnóstico explica sus perspectivas e ideas. Esto es, que el eje central fuera la república, sus oscilaciones alrededor de la democracia y los límites de su liberalismo. El hecho de que para Alvear el problema fuera la afirmación de la república lo llevó a sostener, con el paso del tiempo, consideraciones cada vez más democráticas, pues recuperar la república, en la Argentina, suponía reconocer la voluntad de la soberanía del conjunto de la nación o del pueblo (conceptos que usó indistintamente, como sinónimos) y, a la vez, exigía desplegar procedimientos democráticos, elecciones libres.

En su acción política, pueden verse dos momentos. Durante su presidencia, y en parte como diferenciación del gobierno de Yrigoyen, su gestión estuvo dirigida por el criterio de que la sociedad debía, y podía, guiarse desde arriba. La república debía moderar la democracia. Por ello la familiaridad que, para bien o para mal, se encontró entre el Alvear presidente y las “oligarquías” previas a 1916.

En los 30, en cambio, su lugar de opositor, y la confrontación a un gobierno que definió como oligarquía en un sentido clásico, como una minoría que gobernaba ilegalmente para perpetuarse en el poder, no como una clase social o como un elenco que ponía el país a disposición de siniestras fuerzas extranjeras, lo llevó a subrayar la naturaleza democrática de la sociedad política argentina y también el mal que le hacían al país gobiernos que pretendían “tutelar” indebidamente al pueblo.

Esto no significa que Alvear haya girado a miradas políticas horizontales. La conducción virtuosa siempre mantuvo un lugar importante. Pero es cierto que su acción de oposición motivó énfasis democráticos en los 30, menos visibles en los 20; un mayor reconocimiento, aunque fuera declamatorio, a los reajustes que suponía en la política una sociedad democrática. En última instancia, ahora sí la sociedad había alcanzado la madurez, incompleta desde el inicio de la Argentina moderna, que hacía perniciosas e inaceptables las oligarquías y exigía que el país accediera finalmente a la República verdadera. En 1940 había llegado aquello que se había creído alcanzado en 1912.

En el mismo sentido, la imagen que Alvear tuvo de la política argentina explica los límites de su liberalismo. Vale detenerse en este punto, porque de esa manera es como más usualmente se lo ha caracterizado.

Aquí se ha argumentado que quizá sea más idóneo entenderlo como “republicano”, sin olvidar que las definiciones, de por sí polémicas y porosas en el mismo terreno de la filosofía política, se aplican aquí a un hombre de acción, con los consecuentes riesgos de atribuirle una densidad intelectual quizá mayor a la verdaderamente existente o de desconocer usos instrumentales y pragmáticos de nociones y conceptos.

Sin olvidar todo ello, se ha planteado que distintas facetas que Alvear tuvo a lo largo de su vida, a menudo sucediéndose o moderándose entre sí, encuentran un denominador común en una matriz o un repertorio de inspiraciones republicanas: el elitismo afincado en la virtud; la importancia del gobierno moderado por la ley; la pertinencia de un buen gobierno para el rumbo de la sociedad; el humanismo cívico; la democracia sólo admisible como representativa; la libertad pensada recurrentemente como libertad cívica. Todos esos ejes condicionaron o limitaron sus posiciones más propiamente liberales o demócratas. (...)

Alvear fue liberal en la medida en que lo posibilitó el liberalismo “original” argentino, cuyo objetivo había sido precisamente el de dotar al país de una organización política e institucional: ése era su principal legado para quienes se referenciaban en él; el radicalismo, que había hecho del civismo una carta fundacional; y la realidad política en la que vivió.

*Fragmento del libro Marcelo T. de Alvear. Revolucionario, presidente y líder republicano, editorial Edhasa.

Leandro Losada