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Amenazada

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En las seis mil palabras que derramó el miércoles 24 en las Naciones Unidas, Cristina Kirchner hizo algunas puntualizaciones significativas, además de graves. En sus dos discursos ante una semivacía Asamblea General y luego ante el Consejo de Seguridad, que la Argentina integra hasta fin de año, la Presidenta se tomó un total de cincuenta minutos, mucho tiempo. Hizo acusaciones de alta densidad: “Hoy, Argentina, con la complicidad del sistema judicial de este país (Estados Unidos), está siendo acosada por estos fondos buitre”. Si se lo toma en serio, el remate fue escalofriante: “No solamente son terroristas los que andan poniendo bombas, también son terroristas económicos los que desestabilizan la economía de un país y provocan pobreza, hambre y miseria, a partir del pecado (sic) de la especulación, y es algo que debemos decirlo con todas las letras”.

No menos asombrosas fueron sus cavilaciones sobre el trapicheo, luego abortado, con el Irán de Mahmud Ahmadineyad. Tras dejar sentado, una vez más, que se había llevado con ella a Nueva York a “algunos familiares de las víctimas que siempre nos han acompañado” (¿pagados sus gastos por quién?), proclamó que el gobierno que encabezó el presidente Néstor Kirchner “fue el que más profundizó y el que más hizo por develar quiénes eran los verdaderos responsables”. Pero ¿qué consiguió en estos once años y medio de gestión? La hipótesis presidencial sobre las responsabilidades de la comunidad judía es de una superficialidad y una gravedad colosales: “¿Qué pasó cuando firmamos este memorándum? Pues pareció que se desataron los demonios internos y externos. Las instituciones de origen judío que nos acompañaron todos los años se volvieron de repente en contra, todos los años nos habían acompañado aquí a pedir la cooperación”.

¿Demonios? ¿De qué habla? ¿Demonios de quién, de los judíos argentinos y de Israel? Admitió por primera vez que en 2012, “el canciller iraní nos propone una reunión bilateral, y a partir de allí se formula –en 2013– un Memorándum de Entendimiento para la Cooperación Judicial entre ambos países. A partir de la firma de ese convenio, tanto dentro de mi país organizaciones de la comunidad, que siempre nos habían acompañado en el reclamo de cooperación contra la República Islámica de Irán, nos acusaron de que estábamos acordando con los iraníes y realmente nos surgió una duda, de que si cuando se nos reclamaba que reclamáramos cooperación al Estado de Irán se hacía con la intención realmente de lograr esa cooperación o de crear un casus belli”. Ese acuerdo, aceleradamente aprobado a libro cerrado por la mayoría oficial en el Congreso, nunca fue ratificado por Irán. Pesadas palabras: casus belli es el argumento para ir a la guerra. ¿De quién habla, de Israel, o de la AMIA? ¿Quién quería crear nada menos un casus belli para ir a la guerra contra Irán? Ella suelta palabras sin medirlas, ¿o eso es lo que piensa e imagina que no tienen consecuencias?

Suelta de cuerpo, apostrofó desde el atril porque “desde las grandes potencias se cambia con demasiada facilidad el concepto de amigo-enemigo o de terrorista-no terrorista”. ¿No es lo que precisamente ha hecho el kirchnerismo en el país desde mayo de 2003, sin parar? Esa liviandad irresistible para ella la llevó a confesar ante la pétrea asamblea de la ONU que “como nota de color (sic), se está tramitando también en la Justicia de mi país una amenaza que me ha llegado aparentemente (sic) del ISIS por dos razones: una, por mi cercanía con Su Santidad, el papa Francisco, y la otra, porque reconozco la necesidad de la existencia de dos Estados como es el de Israel y el de Palestina”. ¿Nota de color? ¿Cuál sería esa nota, que se está “tramitando” algo ante la Justicia o que es de credibilidad cero que los califas de Estado Islámico la hayan “amenazado”? Enseguida, tomó conciencia de su pintoresca superficialidad: “Yo realmente no creo mucho que el ISIS se ocupe de la presidenta de la República Argentina, sinceramente lo creo así”.

Tiene razón, pero lo dijo. No se privó de dictar cátedra, con un petulante y estéril consejo a toda la humanidad: “No se combate el terrorismo haciendo sonar los tambores de la guerra”. No reveló su receta para exterminar a los degolladores y genocidas de Estado Islámico, pero se envolvió en los vaporosos humores del conspiracionismo militante: “Pregunto yo, ¿Al Qaeda y los talibanes, dónde aparecieron, de dónde sacan las armas, de dónde sacan los recursos? Mi país no produce armas, ¿quiénes son los que les venden las armas?”. Es visible que para ella los enemigos de Occidente son amamantados por el propio Occidente, la vieja noción de la sinarquía internacional, acuñada por un general de Ejército que murió hace cuarenta años.

Siguió diseminando conjeturas frívolas y, además, peligrosas: “Ahora es el ISIS, este nuevo engendro terrorista que ha aparecido degollando gente por televisión en verdaderas puestas en escena que uno se pregunta cómo, desde dónde, porque, permítanme, me he tornado absolutamente desconfiada de todo después de ver todas las cosas que han pasado. Tengo muchos interrogantes porque con todo esto que está sucediendo, este fenómeno que apareció ahora, el ISIS, algo desconocido el año pasado, unos nuevos terroristas, que no sabemos quién les compra el petróleo, no sabemos quién les vende las armas, no sabemos quién los ha entrenado, porque obviamente manejan recursos económicos, armamentísticos, de difusión, francamente cinematográficos, me lleva a plantear interrogantes acerca de qué es lo que está pasando”.

Su razonamiento es vetusto, pero perdura aquí desde hace décadas. Todo-tiene-que-ver-con-todo: “Osama bin Laden tampoco surgió como un hongo después de la lluvia. Osama bin Laden fue entrenado, junto a los talibanes, para enfrentar a Rusia, durante la Guerra Fría, a Afganistán, ese extraño país, del que solamente salió vivo Alejandro Magno, como digo yo”. Como dice ella. Así que ya lo sabemos: Hitler fue un invento de los ingleses.



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