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América en marcha

No juzgo realidades que desconozco ni tomo partido en cada uno de los casos que a continuación se reseñan.

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No juzgo realidades que desconozco ni tomo partido en cada uno de los casos que a continuación se reseñan. Simplemente constato que las sociedades civiles americanas (desde Nicaragua hasta Argentina, desde Venezuela hasta Brasil) no cesan de manifestarse en reclamo de determinadas condiciones de existencia política.

En Nicaragua, las manifestaciones críticas para con el gobierno de Daniel Ortega se multiplican y, en varios casos, se suman a las manifestaciones del Movimiento Anticanal liderado por el Consejo Nacional en Defensa de la Tierra, el Lago y la Soberanía, que pretende la derogación de la Ley 840 y la suspensión de la construcción del Canal de Nicaragua que habría de perjudicar a las comunidades indígenas, provocar un desastre ecológico y entregar a una empresa china la explotación de un recurso ilimitado.

El actual presidente nicaragüense pretende ganar, en noviembre, un tercer mandato sucesivo (cuarto desde la Revolución Sandinista) en las elecciones presidenciales, para lo cual ha conseguido que el Consejo Supremo Electoral destituya a 28 diputados opositores y que la Coalición Nacional por la Democracia (CND) haya sido invalidada como contendiente.

Los vecinos costarricenses observan con preocupación la situación nicaragüense, sobre todo teniendo en cuenta el rearme de sus fuerzas armadas (Putin donó en los últimos meses cincuenta tanques militares para combatir el crimen organizado).

Venezuela ha dejado de apoyar al gobierno de Daniel Ortega (a quien le regaló petróleo durante años), agobiada por su propia crisis: las marchas de oposición y de apoyo al régimen de Maduro, la semana pasada, tomaron Caracas por asalto.

Si todo esto pudiera parecer la manifestación de una derecha cerril fogoneada por el capitalismo mediático, en Brasil y en Argentina las marchas tienen otro signo muy distinto: oposición, en un caso, a la destitución de la presidenta del PT, Dilma Rousseff, y oposición, en el otro, a las políticas liberales del gobierno de Mauricio Macri.

El común denominador es la movilización contra el Estado en sociedades que, por una razón o por la otra, no aceptan ciegamente los dictados de los gobiernos que les han tocado en suerte y que son el resultado de procesos políticos complejos sobre los cuales, como queda dicho, no hace falta expedirse para, en última instancia, mirar con algún optimismo el futuro de la región.

Lo peor, lo más terrible, son siempre las sociedades narcotizadas, dormidas o directamente muertas, que no encuentran capacidad de reacción frente al poder del Estado (aliado siempre, siempre, siempre de los intereses del capital financiero internacional).

Por eso, más allá de sus signos, las marchas de Managua, Brasilia, Caracas, Lima (donde el Ni Una Menos tuvo una réplica sísmica) y Buenos Aires son el índice de sociedades que recuperan lo mejor del siglo pasado, que hasta hace poco parecía obturado. Hablar la lengua del siglo XX es, también, hablar de la experiencia de la revolución y la revuelta y de los estilos radicales que las produjeron (o que son su consecuencia), desde 1910 en México, pasando por 1959 en La Habana hasta 1968-69 en Lima, Córdoba, Tlatelolco. Vuelven a interpelarnos las grandes temáticas y los grandes principios de articulación (o de desarticulación), pero también los acontecimientos a mínima escala y los sueños comunitarios que corroyeron las ideas heredadas de Estado, lengua, revolución, deseo, memoria, experimentación, comunidad y protesta.

Ya no se trata sólo de “documentar” los diferentes hitos históricos de esas alucinaciones sobre el control social o su desaparición, sino de pensar en nosotros y para nosotros el tiempo que resta y el tiempo perdido a partir de un puñado de figuras que no cesarán jamás de interpelarnos con su musiquita incesante: el principio esperanza y las imágenes del tiempo, las transformaciones estructurales, las crisis y metamorfosis, las hipótesis de comunidad y comuna, el sueño o la espera o el deseo de Revolución, las políticas de los territorios, de las lenguas y de lo viviente. Marchamos contra el estado del Estado, por la comunidad y por la vida.