COLUMNISTAS SINVERGÜENZAS

Angel guardián

Allá muy temprano en el camino de la vida, me enteré de la existencia de mi ángel de la guarda. Interesante personalidad la de este ángel: le importa un pepino la religión del sujeto o la sujeta a quien tiene que cuidar. Le da lo mismo un budista que un cristiano que un judío que un musulmán y así: él va y lo cuida. No sé cómo será el suyo, vea, pero el mío es un atorrante de cuarta; y eso que mis tías me lo pintaron como angelote rubio gordezuelo y flotante entre nubes rosadas. Pues no. Mal peinado, mal afeitado, jeans, remera con carteles escritos en arameo, bolsillos llenos de papeles, pañuelos, lápices mordidos y allá en el fondo, bueno, un porrito, ¿por qué no? El y yo solemos tener conversaciones que empiezan muy bien y terminan en tormentosas discusiones, reproches y admoniciones siempre a su cargo y protestas siempre a mi cargo. También tenemos momentos buenos, sobre todo de noche cuando le pido, por favor, que me saque de encima las pesadillas. Cacho, le digo, ah sí porque yo le puse el sobrenombre y ya no se lo saca nadie, ni el Jefe, o sea el arcángel Gabriel; Cacho, sacame tanto abrigo que si no me dan pesadillas. Ufa, dice él, te vendría muy bien un poco de pesadilla como castigo porque hoy estuviste dedicada a la maledicencia. Andá, le digo yo, un chismecito de vez en cuando no es maledicencia. ¿Chismecito?, dice él, y ahí nos peleamos y yo le digo que se vaya y él no quiere, hasta que hacemos las paces y nos dormimos, él en el alféizar de la ventana que da al jardín y yo en mi cama. Mañana, le digo con la voz pastosa ya a punto de dormirme, mañana me tenés que tirar ideas para cuento del libro nuevo. Ajá, dice él, dormite. Y se va, el muy sinvergüenza, supongo que a pasarle informes a don Gabriel allá en las nubes de casi primavera. De modo que al día siguiente me exprimo el seso mientras él juega con los horneros que se han instalado en la magnolia.



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