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Animarse a hablar

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Es adolescente pero su talento le permite entreverarse entre las mayores. En su ciudad natal, hace rato que la ven como una promesa olímpica para el deporte argentino. Los vaivenes lógicos para chicas de su edad, alguna lesión y la infraestructura que tantas veces nos deja a pie le impidieron viajar a la cita más importante de su carrera. No se sentía en forma. Tal vez, tampoco con el mejor ánimo. ¿Será que la última vez que emprendió un viaje importante las cosas no salieron como esperaba? ¿Será que aquella actuación impensadamente opaca tuvo más que ver con situaciones inimaginablemente desagradables que con un mal día en el deporte? De todos modos, despuntó el vicio compitiendo en casa. No le fue mal. En la pista. Fuera de la pista, tuvo que soportar comer en una mesa cercana a la de un señor mayor al cual, vaya uno a saber por qué, nadie se animó a denunciar formalmente por ciertos excesos. Para algunos muchachos, compañeros de equipo, lo que pasó fue muy claro: se le fue la mano con algunas chicas. Literalmente. Durante un tiempo, pareció salir del circuito. Pero hace pocos días, reapareció. Y no sólo comía en la mesa de al lado. También había que interactuar con él para recibir los cheques correspondientes a la actuación de cada uno.

Si no fuera porque varios deportistas amigos dan fe de todo esto, yo diría que la historia es, cuando menos, una exageración. ¿A quién se le ocurre que gente con la mano ligera coordine delegaciones nacionales formadas por chicos y chicas menores de edad y sobreviva al intento? Además, en días en los que la Secretaría de Deporte de la Nación se muestra activamente comprometida con esto de resolver el escándalo institucional de nuestro básquet, no me imagino que nadie cercano a Carlos Espínola admita que una persona de estas características se mueva libre de cuerpo por dentro del Cenard, que es la casa del deporte argentino. Sin embargo, durante tres días, nadie se tomó el trabajo de explicar que en ese lugar en el que a diario se transpira la ilusión de nuestro deporte no debería haber lugar para gente que se abusa de la confianza de los pibes.

Les aseguro que esto que yo les cuento está en conocimiento de gente influyente en los principales escritorios de nuestro deporte. Y con los detalles correspondientes.

Debe ser mentira todo lo que se dice de esta gente. Aunque me cuesta creer que al menos diez personas de mi confianza y de relevancia en el atletismo nacional que confirman la historia me hayan mentido sin siquiera matizar el libreto.

Hace más de un año que se viene hablando del tema. En este mismo espacio hubo alguna referencia. Siempre elíptica y sin nombres propios. Tampoco ahora los haré: ¿quién soy yo para denunciar con nombre y apellido a quien los mismos familiares de las perjudicadas no se animan a exponer? Por respeto a esos familiares y a las chicas mismas –menores de edad–, tampoco daré sus referencias. No por eso dejo de sugerir que la mejor forma de terminar con este tipo de situación es hablando claro. Y pronto. La solución no es esconder la mugre sino barrerla. Es posible hacerlo sin siquiera hacer escándalo público. Una postura firme ante las autoridades del deporte nacional sería más que suficiente hasta para intervenir la entidad que los protege.

Nadie ignora, por cierto, que en la Argentina hay muchísimos deportistas –con sus respectivas familias– que aceptan hasta lo impensado porque se sienten amenazados. Los amenazan con quitarles becas, con bajarles la calificación de esas becas o con no volver a incluirlos en equipos nacionales. Si me pidieran pruebas al respecto, no podría presentar más que los testimonios en privado de atletas, nadadores, judocas, ciclistas, remeros o palistas, entre tantos referentes de disciplinas olímpicas que me expresaron su angustia café mediante. Alguna vez, la dirigencia cortó la carrera de la mejor gimnasta de nuestro país porque se negaba a dejar de trabajar con su entrenador histórico. Testigos de época aseguran que un par de jurados se encargaron en unos torneos nacionales de dejarla fuera de los equipos nacionales. A los cuales jamás volvió.

Esta historia, que tiene una evidente esencia antiperiodística –no dar nombres propios es un defecto profundo, aunque ya haya explicado por qué–, es una compañera de ruta de lo que está viviendo el básquet nacional. De lo que, en las sombras, hace rato viene viviendo el deporte nacional.

El estado de crisis del rugby sólo se sujeta porque se trata de un deporte acostumbrado a no dejar que los problemas salgan decisivamente de su órbita. El judo tuvo que cambiar la cúpula de su dirección técnica por exigencias de nuestras principales referentes. A Las Leonas les explotó un puñado de renuncias sin precedente, mientras subyace el episodio de un ex entrenador nacional juvenil y funcionario de Deporte de Monte Hermoso denunciado por abuso sexual contra jugadoras a su cargo. El mismo Aníbal Fernández consideró viable avanzar con una denuncia penal al respecto.

Hay referentes del canotaje que llevan meses sin cobrar sus becas, hay remeros a quienes han hecho competir recientemente con botes del Mesozoico y nadadoras que no encontraron dónde vivir en Buenos Aires a días de viajar a un Mundial. Luis Scola habló de que le da vergüenza dejar que le lave las medias de entrenamiento un utilero a quien hace seis meses no le pagan.
Y hay ciclistas que denunciaron que la dirigencia utiliza el apoyo económico como un elemento de extorsión.

A un atleta le advierten que le pueden quitar la beca si se junta con un político que visitó su ciudad natal y tres jornadas de competencias internacionales no se televisan porque la productora dueña de los derechos pasa un presupuesto impagable al canal estatal DeporTV. La productora es propiedad de un hombre de confianza del presidente de la federación involucrada. Y el deporte que conducen se queda sin la difusión de la actividad local.

Todo esto que huele a panfleto apocalíptico es una reducción del problema de fondo. Y les aseguro que la solución está mucho más a la mano de lo que parece.

¿Se imaginan cuánto soportaría la AFA si Mascherano, Messi, Higuain y Demichelis dieran una conferencia de prensa anunciando que no piensan ser cómplices del descalabro y que, de tal modo, tal como están las cosas, no jugarán un Mundial? No es solamente una hipótesis lo que planteo. Si nuestros cracks hablaran públicamente del barullo que se armó por la falta de entradas para la final la noche anterior al encuentro, sería difícil justificar la conducta de una dirigencia que, mientras tanto, dispuso de pases de diversa índole para cuanto influyente –o no– se le acercó.

Eso, ni más ni menos, es lo que pasa con el básquet. Los íconos se pusieron de pie y la Secretaría de Deporte y el Enard –de pronto, y afortunadamente, pasa a tener reacción política ante el desastre– se comprometieron a actuar rápidamente y con firmeza. Si cumplen, habrán honrado la palabra empeñada ante Scola, Ginóbili, Prigioni o Delfino. Si no, no quisiera estar demasiado cerca de la granada sin espoleta sobre la que se han sentado.

Con intervención o sin ella –tampoco es fácil intervenir una federación sin que el organismo internacional a cargo te excluya de sus competencias–, la clave está en los deportistas.

Esos, a los cuales tantos dirigentes consideran un mal inevitable, son la esencia, son los dueños, son los únicos a los que hay que escuchar en profundidad. El asunto es convencerlos de que se puede hablar, de que ellos pueden cambiar la lógica patética de su deporte sin escándalos, pero con firmeza.

Me cuentan que algo de eso anda pasando en un par de disciplinas más. Y que hay quien ha ofrecido acompañarlos hasta llegar a otras intervenciones de federaciones. No se asusten. En todo el mundo el Estado interviene y participa en el deporte. Más aún debería hacerlo aquí, donde casi todo pasó a depender del dinero surgido de la ley que creó el Enard.

Como si no nos hubiesen inspirado ya lo suficiente con su talento y su compromiso, los monstruos de la Generación Dorada han decidido trascender mucho más allá de un triple o un pick and roll. Decidieron que quieren dejar mucho más que sus medallas, sus trofeos y sus anillos.

Quieren dejar un básquet decente. Quizá sin saberlo, puedan estar empujando a que atletas y nadadores, remeros y taekwondistas, gimnastas y pesistas se animen a luchar por lo mismo.

Si así fuera, no tengo la menor duda de que, después del temporal, tendrán el deporte que se merecen. Con los dirigentes que se merecen.



Gonzalo Bonadeo