COLUMNISTAS UN PAIS EN SERIO

Año nuevo, vida vieja

Navidad y Carnaval se mezclan en la actualidad argentina, pero no hay que reprimir el espíritu festivo. Ni festejar la represión.

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. Foto:Cedoc Perfil
—¡En este país no se puede armar el arbolito en paz! –digo, subido a una escalera plegable, mientras intento poner una estrella en la punta del árbol de Navidad enorme que acaba de comprar Moira, mi secretaria, que está a mi lado observándome.
—¿No es medio tarde para armar el arbolito? –me pregunta Carla,
mi asesora de imagen que entra a la productora,
iPad en mano, mientras levanta la vista para mirarnos a Moira y a mí en la entrada, luchando con semejante árbol.
—Tardísimo –respondo, bastante fastidiado–. Pero este país no nos deja respiro. Y menos en diciembre.
—Si se sigue pudriendo todo, vamos a terminar armando el arbolito en Carnaval –agrega Moira.
—No entiendo para qué armás el arbolito –agrega Carla, siempre con la vista clavada en su iPad–. Porque no me vas a decir que creés en la Navidad…
—No sé, es la costumbre –concedo, dubitativo.
—Claro, es de esas cosas con las que insistimos a pesar de que sabemos que no existen –explica Moira–. Como la democracia, la independencia de los poderes, la inclusión social o el capitalismo con rostro humano.
—O fuerzas de seguridad que no repriman –agrega Carla–. Esa es la idea, ¿no?
—Eso estaría bien –agrego–. El cese de hostilidades comienza por casa.
—Claro, por esta gran casa que es nuestro país –dice Moira, con ademanes ampulosos, casi conmovida en su alocución patriótica.
—No, yo hablo de casa, de mi casa –la corrijo–. Pido que al menos no le peguen a mi mujer. ¿O no sabías que Gendarmería la cagó a trompadas y a patadas a Viki frente a la Plaza del Congreso y le dejó el tobillo como el del Diego en Italia 90?
—Sí, claro, salí a condenar solo la violencia contra tu mujer y te vas a convertir en la estrella del periodismo argentino –dice Carla.  
—¡Yo condeno toda la violencia! –me enojo–. ¡Y cuando digo toda es toda!
—Bueno, está bien, pará, ya entendí –trata de calmarme Carla–. No te pongas violento…
—Habría que analizar todos los casos y escuchar todas las voces –propone Moira–. Por ejemplo, Lilita Carrió dijo que fue tu mujer la que agredió a los gendarmes.
—Es verdad, Viki es muy de andar agrediendo gendarmes –admito–. Ahora se hizo unas rastas en el pelo, consiguió una caña, compró unos morteros…
—¡Por favor, no te burles del camarada Romero! –interrumpe Carla–. ¿No te das cuenta de que es la confirmación de que el trotskismo hoy tiene posibilidades reales de llegar al Gobierno?
—¿Lo decís por el gordito de calzas y rastas? –pregunto.
—Sí –responde Carla.
—¿El de la caña y el  mortero?
—Yes.
—¿El de las calzas, la remera roja con la leyenda PSTU en amarillo?
—Exactly.
—¿Ese con el que se hicieron un millón de memes? ¿El Kim Jong-un de la izquierda revolucionaria argentina?
—Of course.
—Vos estás loca, ¿qué tiene que ver ese personaje con la posibilidad de que los troskos sean gobierno?
—Muy sencillo –explica Carla–. Para ser un partido de Gobierno hacen falta muchas cosas. Entre otras, necesitás a alguien berreta, poco querible, capaz de defender cualquier cosa, desagradable y desquiciado. Un impresentable, en suma. Pero que sea conocido por todo el mundo.
—¿Y vos decís que Sergio Romero vino a ocupar ese lugar?
—Claro. Y eso indica que ahora el trotskismo sí está en condiciones de ser gobierno.
—¿Pero por qué es imprescindible tener uno así?
—No sé, pero así funciona la política argentina –responde Carla–. Todos los partidos que gobernaron los últimos años tienen uno. El kirchnerismo lo tiene a Luis D’Elía, el macrismo lo tiene a Fernando Iglesias…
—¿El qué? –pregunta Moira, que estaba callada, acomodando las luces en el arbolito.
—El macrismo –responde Carla.
—No, antes, ¿qué dijiste?
—El kirchnerismo…
 —¿Y eso hoy qué vendría a ser? –pregunta Moira.
—Moira, por favor, no nos hagas explicar obviedades –respondo, algo fastidiado.
—En serio pregunto.
—El kirchnerismo, los seguidores de Cristina Fernández de Kirchner.
—¿De quién?
—¿Me estás cargando? –pregunto y mi enojo crece.
—No, pregunto en serio.     
—Cristina Fernández de Kirchner, senadora de la Nación, dos veces presidenta de este país, dirigente…
—Ya sé quién es Cristina –me interrumpe Carla–. Pero ahora, ¿dónde está?
—¡Eh!, bueno, no sé –balbuceo–. Debe estar… ¿armando el arbolito?
—Por lo poco que aparece, tuvo tiempo de sobra de armarlo –admite Carla–. Es más, capaz que lo armó en noviembre.
—¡Jugando a la Play con Máximo! –exclamo.
—¡No vengas con esas boludeces de que Máximo juega a la Play! –se queja Carla–. Podrás decir lo que quieras, podrá gustarte o no, pero el tipo hace política. Además, hoy por hoy, al lado de la madre, Máximo Kirchner es Winston Churchill.
—No tengo idea de dónde está Cristina –me rindo.
—Claro, pero el problema no es que vos no sabés dónde está Cristina –dice Carla–. El problema es que nadie sabe dónde está Cristina. Ni los kirchneristas más fundamentalistas saben dónde está Cristina.
—Pobre gente –se lamenta Moira–. Ni un comunicado, ni un tuit, ni un videíto de aliento, nada. Ni siquiera se solidarizó con Mayra Mendoza y Horacio Pietragalla, dos diputados de La Cámpora heridos por Gendarmería durante la represión.
—Yo creo que Cristina prefiere mantenerse en silencio, pero libre, que tener que hablar, pero en Ezeiza, con De Vido y Boudou.
—Ojo que puede armar una linda reunión de Gabinete en la cárcel, ¡eh! –dice Moira.
—Va a ser muy duro para el Gobierno que detengan a Cristina –afirma Carla.
—¿Qué decís? –exclamo–. ¡Al contrario! ¡Va a ser un gran triunfo!
—Puede ser, al comienzo –admite Carla–. Pero después se van a quedar sin recursos. ¿Qué van a hacer cuando manden una represión brutal, haya aumentos de tarifas, suban los precios o saquen con fórceps leyes impopulares? ¿A quién van a meter preso? ¿A Orlando Barone? No, Cristina es la bala de plata.
—Bueno, ya está –dice Moira.
—¿Ya está qué? –pregunto–. Yo todavía tengo que escribir mi columna.
—Ya está el arbolito –aclara Moira–.
—Ahora podemos brindar.
—¿Te parece? –pregunto–. ¿Con este diciembre? ¿Con balas de goma, gas pimienta, palos, heridos, destrozos y represión?
—Tiene razón Moira –agrega Carla–. Brindemos.
—Pero…
—Pero nada –interrumpe Moira–. Brindemos que llega la Navidad y comienza un nuevo año
—Y no olvidemos que esto es Argentina –concluye Carla–. Un país donde el comienzo de un nuevo año es renovar las posibilidades de que todo sea aún mucho peor.


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