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Aparato y elecciones

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Algunos añoran aquella sociedad imaginaria en la que los políticos eran oradores sabios y los electores, gente consciente, que leía libros, discutía ideas, analizaba programas electorales y votaba racionalmente. Nunca existió nada de eso. La democracia no se ha degradado, porque antes no fue mejor. Tiene defectos, más agudos en unos países, menos en otros, pero de ninguna manera nuestros sistemas políticos actuales son peores que los antiguos. Cualquier estudiante secundario hoy maneja más información que los líderes más sofisticados de hace un siglo. En ese entonces, el analfabetismo era masivo, no había automóviles ni carreteras, casi nadie conocía más que una pequeña porción de su país y los candidatos no podían comunicarse con los electores. La política estaba en manos de unos pocos que designaban al presidente y no era para la gente común, sino para redes clientelares que se mantenían gracias a  favores, prebendas o regalos, y que vinculaban desde el dirigente barrial, hasta el presidente del país. Votaban pocos y el fraude estaba socialmente aceptado.

El libro Claroscuros de la historia argentina, de Claudio Rodolfo Gallo, lo describe con claridad. Había personajes como Cayetano Ganghi, amigo de presidentes y líder influyente de la capital, que votaba en nombre de miles de electores, llevando al recinto una carretilla con sus documentos. Los dueños de esos documentos no se los entregaban porque comparaban programas de gobierno, sino a cambio de comida, regalos o favores que manejaba su aparato de “langosteros”, que eran pagados por el Ministerio de Agricultura y se dedicaban más a conseguir votos que a matar langostas.
No se hacían campañas electorales. Roque Sáenz Peña y Marcelo T. de Alvear fueron elegidos mientras residían en Europa, al igual que los ecuatorianos Antonio Flores Jijón y José María Velasco Ibarra, que vivían en París. Hipólito Yrigoyen aceptó su candidatura tres semanas antes de las elecciones y apenas salió de la ciudad. En México, Porfirio Díaz fue reelecto nueve veces entre 1876 y 1911, provocando la formación del partido antirreeleccionista y una revolución sangrienta. La Vieja República reemplazó a fines del siglo XIX al Imperio de Brasil, iniciando el camino hacia el desarrollo de la democracia. El fenómeno era general: el progreso de la técnica y la aparición de la electricidad, el teléfono y la radio impulsaban nuevos estilos de vida, nuevos valores y una nueva forma de hacer política.

Las sociedades se urbanizaron, no sólo por la migración interna, sino porque las ciudades con valores rurales se modernizaron y los hábitos de los campesinos cambiaron. Hasta hace poco, las gallinas llegaban vivas a la cocina de las familias de la ciudad; hoy los campesinos van a los supermercados. Los nuevos electores son numerosos, más independientes e individualistas. En todos nuestros países se impuso la tesis de “un hombre, un voto” y, gracias a la lucha de mujeres como Julieta Lanteri y Matilde Hidalgo de Prócel, se aceptó la participación femenina en la política. Esto quiere decir que de aquellas sociedades en las que votaba el 5% de la población adulta, pasamos a las actuales, en las que vota el 90%.
Estos electores no se han despolitizado, porque nunca estuvieron politizados. Sucede simplemente que antes no participaban del poder y ahora quieren hacerlo a su modo. Como consecuencia, el proceso electoral se ve obligado a evolucionar, no puede seguir siendo un caos en el que hacen trampa los más audaces, porque la gente quiere que se respete su voto. Desde mediados del siglo pasado se inició un proceso de reforma en todos los países latinoamericanos: se formaron tribunales electorales independientes, se implantaron la boleta única o la votación electrónica, y se hicieron reformas legales de magnitud. Argentina, país pionero en muchas áreas de las ciencias y las artes, está a la zaga del continente en muchas cuestiones que tienen que ver con política. Somos el único país con tres vueltas obligatorias, mantenemos con Uruguay una boleta que desapareció del mundo hace décadas y tenemos un sistema electoral que necesita modernizarse.



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