COLUMNISTAS MIRADAS


Arduo camino

Tuve en algún momento el proyecto de irme a vivir a Dinamarca. Bueno, le comunico querida señora que, con todo respeto a los dinamarqueses he renunciado al propósito. Lo he cambiado por otro que me parece más conveniente. No quiero  cambiar de país, lo que quiero es cambiar de siglo y en vez del XXI irme a vivir, en fin, no sé, al XVI. No, mejor al XII o al IX. A cualquiera en el cual los poderes públicos no se dediquen a joderme la vida. Disculpe, estimado señor, no hay otra palabra adecuada para decirlo.

¿Ejemplos? Tengo una montaña alta así, pero le prometo que me voy a limitar a uno o cuanto más, a dos. Se me terminaron las facturas. Fui a la imprenta de mis amigos, che, háganme facturas. Sí, cómo no, en pocos días te las entregamos. Estupendo. Da gusto vivir así. Dos días después, teléfono: han cambiado las reglamentaciones o las indicaciones, o las reglas, o lo que sea. ¿Y?, pregunto yo, ingenua de mí. Sí, ahora nos hacen falta tu número de inscripción en el Registro Nacional de Deudores del Impuesto a la Ciudadanía Formal Legalizada. Yo, silencio. Ellos siguen: y además te tiene que dar su firma un aval, es decir una persona que ya esté inscripta en el Repertorio de Profesionales Comerciales Intervinientes en Dictámenes de Opinión y Criterios Legales. Yo pregunto dónde consigo eso. Muy fácil, me dicen, vas al OCAL, es decir la Oficina Central de Acreditaciones Legales, calle Samborombuchi 3895 cuarto piso oficina “23”, pedís un turno y cuando llega la fecha vas bien temprano, hacés la cola, te recomiendo llevar termo con café y unos bizcochitos, y ahí pedís todo eso y les recordás que tienen que inicialarte y sellarte cada página del documento que te dan. Con eso vas a la municipalidad y hablás con el jefe de la oficina legal de turno y le planteás el problema. ¿Qué problema?, digo yo, si no hay ningún problema. Me miran con lástima. Es que, me dicen, hay que buscar en el registro y como hace poco que han cambiado el programa de almacenamiento por índice numeral y han puesto otro por fecha/alfabeto, hay que esperar que te toque el turno de búsqueda, que puede tardar un par de meses. ¡Pero yo necesito mis facturas!, digo. Me miran con más lástima y me dicen mirá eso no les importa; ahora, si tenés algún amigo situado bien alto en esas oficinas, seguro que te dan toda la documentación enseguida, eso sí, con alguna remuneración, que te recomiendo la ofrezcas en dólares. Explico, porque todo es, en mi caso, muy fácil: necesito mis facturas porque si no, no puedo cobrar, no tengo plata, no puedo ofrecer, eso, en fin, como se llame, remun… eso, vamos. De modo que, supongamos, contrato a un abogado y que me haga todo eso. Te va a salir carísimo, dicen, pero podés probar, hacé los dos caminos al mismo tiempo a ver con cuál llegás mejor y más pronto. No quiero, digo, todo eso es ilegal. Se escandalizan. ¡¿Ilegal?! ¡Cómo! Si todo el mundo lo hace, mucha gente tiene facturas, vos también podés tenerlas. Yo trabajo, digo. Pero por supuesto, me dicen, si no, no tendrías necesidad de facturas, ¿no?

Me  rindo. Está bien, digo, renuncio, trabajaré de otra cosa, no sé de qué, pero en algo en donde no necesite las facturas. Pero ¿por qué no dejan de mirarme con lástima? No podés vivir al margen de la ley, me dicen. Pero yo no quiero vivir al margen de la ley, a ver si me meten en cana, yo lo que quiero es vivir tranquilamente en mi casa regando mi jardincito sin tener que peregrinar por las oficinas y los registros y los protocolos y los archivos y los índices. No se puede, me aseguran. ¿Cómo vive la otra gente, la que va a todos esos lugares adonde le dicen que falta el sello de la secretaría y que necesita la partida de nacimiento de su abuelo materno, eh? Me explican, que esa gente va y viene de registro en índice y de índice en catálogo y de catálogo en guía y de guía en lista y así, y que al final consiguen lo que quieren y les imprimen las facturas en la imprenta de los amigos.

Les digo que a lo que aspiro es a que los poderes me cuiden, no que me torturen.

Creo que ya nunca les voy a borrar esa expresión de pena en las caras.



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