COLUMNISTAS ZIDANE, TECNICO DEL MADRID, SUS ORIGENES Y LA BRUTAL BATALLA DE ARGEL

Argelia, los paras, pata negra y la silla electrica

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“La belleza de los actos se manifiesta en su ligereza y en la aparente facilidad de su ejecución; en cambio, los afanes y las dificultades superadas suscitan asombro y corresponden a lo sublime”

Immanuel Kant (1724-1804); de “Observaciones sobre lo bello y lo sublime” (1764).

 

Zinedine Zidane, el primer ex galáctico en dirigir al Madrid, nació en Marsella en 1972, diez años después de que Argelia, el país de sus padres, Smail y Malika, consiguiera su independencia a costa de una guerra feroz y mucha sangre derramada. Zizou supo de esas historias terribles desde chico y tal vez por eso su mirada nunca perdió la melancolía.
Francia no quería perder su colonia y decidió aplicar una represión feroz contra la población. Ejecución sumaria de sospechosos y tortura como medio para conseguir información. El 1º de noviembre de 1954 comenzó la guerra de la independencia, que enfrentó al ejército francés con las fuerzas del Frente de Liberación Nacional (FLN), fundado por Mohammed Budiaf –que sería presidente en 1992– y Ahmed Ben Bella, el primer presidente argelino, en 1963.
Indochina, 1951. Los franceses perdieron esa guerra pero aprendieron algo que les resultaría clave: la vital importancia de la retaguardia. Antes que de la tropa, había que ocuparse de ella: la población civil. La guerrilla, liderada por el genial general Giap, estaba en permanente contacto con su gente y se enteraba de cada movimiento francés. La derrota fue un shock. Pero les dejó muchas enseñanzas.
Las aplicaron en Argelia, donde la población también apoyaba al FLN. Por eso tanta brutalidad. Todos debían saber algo, creían los paras franceses, la X División de Paracaidistas del despiadado general Massu. Su deber era arrancarles la información. Literalmente.

En la película La batalla de Argel (1966, dirigida por Gillo Pontecorvo), el general Mathieu –en realidad, el coronel Marcel Bigeard– reúne a los suyos, describe la organización piramidal de la guerrilla y deja claro el objetivo: hacer inteligencia y reconstruir esa pirámide hasta llegar a su Estado Mayor. Y aclara:
“El método es el interrogatorio. Que sólo se convierte en un método cuando se ejecuta de modo de obtener siempre una respuesta”. Torturando, claro.
Allí comenzó todo. Desde mayo de 1958, las técnicas de la batalla de Argel ya se enseñaban en un Centro de Entrenamiento en Guerra Subversiva ideado por Bigeard. El Estado Mayor argentino seleccionó al general Alcides López Aufranc para iniciarse en “la doctrina francesa”. Después llegarían otros. Que la aplicarían desde 1976. Antes, el 20 de junio de 1973, el palco montado para recibir a Perón en Ezeiza estuvo custodiado por mercenarios franceses, asesinos de la Organisation de la Armée Secrète, expertos en la Doctrina de la Contrainsurgencia. Gran parte de las balas que zumbaron esa tarde de locura y muerte salieron de sus sofisticadas armas.

Zinedine Yazid Zidane es marsellés, pero está orgulloso de su origen argelino. Una tarde de 2002 lo vi en el Bernabéu, contra Las Palmas. Fue goleada, 7 a 0. Más que los goles, recuerdo sus lujos. Uno, sobre todo. Este: Michel Salgado, el 4 del Madrid, mandó un pelotazo muy alto a la banda izquierda, la zona de Zidane. Era un ladrillazo incontrolable para cualquiera. No para él. Levantó su pierna derecha, estiró levemente el empeine y la pelota se detuvo allí, mansa, para ser depositada con enorme delicadeza en el césped. “¡Aaaahhhh…!”, suspiraron al unísono 80 mil enamorados de la virtud.
Fue el jugador más elegante de su época. Alto, sólido, sustituía la velocidad muscular por la rapidez mental. Tenía uno o dos segundos de ventaja sobre los demás. Desequilibraba con su repertorio de tacos, pisadas, dribblings; o con su pegada, seca, exacta, con pelota parada o en movimiento.
Era diestro, pero también le pegaba con la izquierda. ¡Y cómo! En la final por la Champions 2002 contra el Leverkusen, Roberto Carlos intentó llegar al fondo pero, muy marcado, le pegó mal, hacia arriba. Le cayó, llovida, a Zidane que arqueó el cuerpo y le pegó de primera, con zurda. La clavó en un ángulo. Golazo. “¡Pata negra!”, le gritaba el relator Manolo Lama, no sé si por el exquisito jamón crudo o por los pieds noirs, como eran llamados los franceses de Argelia. Quién sabe.

Se retiró en 2006. En 2009 Florentino Pérez lo nombró su asesor. En 2013 fue ayudante de Ancelotti y al año siguiente, técnico del Real Madrid Castilla, la filial donde juega su hijo Enzo, bautizado así por la admiración que tenía por Francescoli, que jugó en el Marsella. La insalvable crisis de Rafa Benítez le dio una oportunidad única: dirigir al Madrid.
¿Cómo lo hará? Estéticamente. Es su idea: “Cuando tengamos el balón, lo jugaremos y muy bien. La posesión es la mejor manera de no defender. Si lo perdemos, todos deben esforzarse y trabajar para recuperarlo”.
Florentino sueña con que sea un Guardiola de blanco y domine un vestuario áspero, donde reinan el celo y las miradas de reojo. El pobre Rafa no estuvo a la altura del conflicto y Florentino pensó en un indiscutido para blindarse. Una salida desesperada que parece elegante sólo por el estilo Zizou. Pero, bien lo sabemos, no es lo mismo jugar como un mago que hacer jugar bien a un equipo.
Veremos cómo le va con este grupo de millonarios desconfiados. Carácter no le falta, y de eso puede dar fe Materazzi. Aunque como conductor tendrá que tragar saliva, morderse los labios y ser político en un club difícil, donde nunca faltan las conspiraciones.
Ojalá la desidia de unos o los conflictos de otros no lo empujen a la silla eléctrica, que nada sabe de arte ni de estilos refinados. Si no gana, le aplicarán los 220 y chau, como a todos. Otra vez al Olimpo de los dioses, a trabajar como una deidad del pasado.
La maldición de los que alcanzaron la cima y un día –decía García Márquez– no les queda otra que descender de a poco, con la mayor dignidad posible.



jasch