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Argentina aspiracional

Vuelve el ciclo de internacionalización, que en los 90 fue motorizado por la inversión externa en las empresas públicas privatizadas y, en esta década, por la inversión internacional en empresas privadas.

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El Foro de Negocios fue la alfombra roja de los inversores. Una ceremonia al estilo de Hollywood. Abajo: Shanghai 1990 y 2010. Treinta años de inversiones en China transformaron su economía para siempre.
El Foro de Negocios fue la alfombra roja de los inversores. Una ceremonia al estilo de Hollywood. Abajo: Shanghai 1990 y 2010. Treinta años de inversiones en China transformaron su economía para siempre.
Foto:Cedoc Perfil
Vi una Argentina aspiracional esta semana al participar del Foro de Inversión y Negocios. Se percibía en el entorno del Centro Cultural Kirchner una atmósfera que era la antítesis del espíritu nacionalista que gobernó Sudamérica la década anterior. Por entonces se habría calificado este evento argentino como “cipayo” porque, cuando Lula presidió Brasil, organizó el anti Davos, que luego originó el World Social Forum en oposición al World Economic Forum, cuyas cumbres se realizaron en 2001, 2002, 2003 y 2005 en Porto Alegre, 2004 en India, 2006 en Caracas, 2007 en Kenia, 2009 nuevamente en Brasil pero en Belén, 2011 en Senegal, 2013 y 2015 en Túnez y 2016 en Canadá.

El Foro de Negocios e Inversión de Argentina logró, en el terreno de lo simbólico, representar en lo real su denominación “mini Davos”. Al entrar al CCK –paradójicamente– se ingresaba al imaginario de Suiza. Ya en la puerta del remozado edificio que fuera sede del Correo Central se sentía esa sensación de estar en un no lugar de Argentina. Los trajes, las corbatas y los marcos de los anteojos denotaban que los participantes no sólo no eran nativos, sino tampoco turistas. 

Lula organizó el anti Davos, el Foro Social en lugar del Forto de Negocios

Se respiraba un ambiente corporativo first class cuantitativamente inhabitual en la Argentina. A modo de ejemplo, ya en los años 90 el CEO de Condé Nast, la editorial que publica Vogue, GQ, Architectural Digest y New Yorker, entre otras revistas de lujo globales, preguntó cuántos locales Armani había en Buenos Aires. Por entonces había dos y, al recibir la respuesta, dijo: “Ah, no. Si no hay más de veinte Armani no se puede lanzar Vogue en Argentina”. En China Armani tiene 56 locales, y China fue el país que más inversión externa recibió en las últimas tres décadas, coincidiendo con ser el mayor consumidor de productos de lujo del mundo y superando a Estados Unidos, Europa y Japón juntos.

Pero en la Argentina del default finalmente se cerraron aquellos dos locales y Armani se fue del país, como tantas otras marcas extranjeras del rubro lujo que, en términos de volumen, no representan económicamente casi nada para el país; sin embargo, son metáforas de la inversión extranjera en alta escala.

Pero ahora vuelve el ciclo de internacionalización, que en los 90 fue motorizado por la inversión externa en las empresas públicas privatizadas y, en esta década, por la inversión internacional en empresas privadas. El deseo de ser del “primer mundo” nunca se extinguió en buena parte de la sociedad argentina, la frustración de 2002 sólo lo adormeció. Hay una Argentina aspiracional latente en la mente de la mayoría de la clase media, potenciada en los últimos años por la facilidad para viajar y comparar, sumado esto a que la explosión de las comunicaciones y la web permitió a todos los que están conectados integrarse al mundo, aunque sea virtualmente.

En China, el Partido Comunista tiene claro que los chinos quieren consumir y, de ser posible, marcas internacionales o locales pero de calidad internacional. Celebraron el 40 aniversario de la muerte de Mao este 9 de septiembre pero rechazan prácticas que sean anticapitalistas. China quiere ser como Estados Unidos y rehúsa seguir perteneciendo al Tercer Mundo, concepto justamente creado por Mao.

En la Argentina la situación no es tan clara, porque un segmento no menor de la sociedad se perjudicó en la década del 90 y desconfía de poder beneficiarse de un eventual mejoramiento de la economía dentro de un modelo de integración global. A la Argentina aspiracional se opondría la Argentina real, aquella que, ante la imposibilidad de éxito, se sustentó en la solidaridad como paliativo. Pero esa percepción podría cambiar rápidamente si existieran frutos de un capitalismo inclusivo para beneficio de todos, que genere retorno social y no sólo económico.

El ejemplo del bambú de Macri tiene un error: no tarda dos años, sino siete en crecer

Hará falta paciencia, porque las inversiones son decisiones de largo plazo y que tienen muy desplazado el tiempo de siembra y el de cosecha. El domingo pasado, PERFIL publicó: “Macri quiso tranquilizar a su gobernadora y le planteó la metáfora del bambú como símbolo de la gestión de gobierno: ‘La semilla del bambú se planta y durante dos años no se ve nada, parece que ni siquiera empezó a crecer. Pero luego germina y, en seis semanas, llega a tener hasta diez metros de altura’, le dijo el Presidente. El bambú era un paralelo entonces con Cambiemos”.

Pero hizo mal la cuenta: para llegar al momento en que el bambú crece exteriormente no pasan dos años sino siete, en los que crece bajo tierra echando las enormes raíces que luego le permitirán emerger con tanta fuerza.

La disciplina del sistema político de China permitió esperar los tiempos del bambú. En Argentina habrá que ponerle abono.