COLUMNISTAS OPINIÓN

Argentinitis: las piedras de la locura

La extracción de la piedra de la locura, de El Bosco, es una de las pinturas más famosas del Museo del Prado.

Los argentinos padecemos de una enfermedad que sufre la mayoría, pero especialmente el 33% pobre del país.
Los argentinos padecemos de una enfermedad que sufre la mayoría, pero especialmente el 33% pobre del país. Foto:Cedoc

La extracción de la piedra de la locura, de El Bosco, es una de las pinturas más famosas del Museo del Prado. En ella se ve a un falso médico curar a un paciente de una supuesta demencia, haciendo que extrae de su cerebro una piedra que nunca estuvo allí. La de El Bosco es la más célebre de las tantas versiones pictóricas que tuvo la leyenda que describe la inocencia de unos y la charlatanería de otros.

Pero es cierto que los charlatanes suelen aparecer cuando los caminos de la razón no dan resultado. Y el problema de fondo que tiene el paciente del cuadro es la locura, o lo que en el 1500 se entendía como tal.

Los argentinos padecemos de una enfermedad que sufre la mayoría, pero especialmente el 33% pobre del país: la parálisis de los circuitos productivos de los últimos años. Nada nuevo. Hace más de cuatro décadas que los índices de pobreza no bajan del 25%. El kirchnerismo entregó el poder con el 29%. También en estas décadas se originó un nuevo sector social que hasta los 70 era tan insignificante que ni el liberalismo ni el marxismo se dignaron a estudiarlo demasiado: los marginales, una masa creciente de personas excluidas del mundo laboral que convive entre el delito, la droga y la miseria extrema.

Argentinitis es la extraña enfermedad de un pobre país rico para la cual la medicina tradicional no encuentra una cura definitiva.

Es esa desesperante contradicción entre la potencialidad de una nación y su dramática realidad la que propicia el curanderismo de relatos que aparentan ser de fondo y no tienen más de un centímetro de espesor. Luce como buceo de aguas profundas y es snorkel.

En los últimos días los falsos médicos nos tuvieron en vilo con debates que de su resolución parecería depender la extirpación del mal, pero en realidad son piedras de sus juegos de manos. El espectáculo interminable de las transmisiones en directo de piquetes y marchas de protesta, las novedades cotidianas sobre qué tan cerca están la prisión de Cristina o el acuerdo docente, el parte diario de Carrió sobre la ética de funcionarios y opositores, la guerra de actores K y anti K, el trascendente almuerzo de Mirtha Legrand con Macri y hasta el rumor de que alguien ya vio un helicóptero sobrevolando la Casa Rosada.

Imagínense que de cada uno de estos temas se pueden hacer, y se hicieron, más de veinte notas interesantísimas. Una fiesta para los periodistas si no fuera que vivimos acá.

La Argentina se convirtió en otra obra de El Bosco, su Jardín de las delicias, un espectáculo típico de sus escenas descabelladas con legisladores, jueces, vecinos,celebridades, piqueteros, empresarios, sindicalistas, intelectuales y algún que otro animal mitológico, transformados en panelistas de un Intratables nacional repetitivo y superficial.

Porque cuando una de cada tres personas está por debajo de la línea de pobreza y los engranajes de la economía no terminan de arrancar, podemos seguir hablando sin parar de los síntomas, pero curar la enfermedad es otra cosa.

La enfermedad son las crisis recurrentes y extremas de la Argentina. El enigma médico es cómo terminar con ellas.

Este gobierno apostó a que la primera medicina a probar se llama ajuste. Tener la prioridad de ordenar las cuentas públicas en medio de una recesión no es estrictamente lo que Keynes le receta al capitalismo, aunque sí suele ser el único camino que tienen las empresas privadas para no quebrar. Resulta lógico que viniendo de ese mundo, quienes conducen el país piensen que lo que funciona en un lado debería servir en el otro.

¿Tendrán razón y éste es el camino correcto? ¿Dejar que el mercado decante las industrias que no funcionan? ¿Abrir las importaciones para beneficiar a los consumidores y bajar los precios, aún a riesgo de perder a otros consumidores por el cierre de empresas que no logran competir? ¿Haber apostado al campo como primer motor del derrame económico derivando hacia allí miles de millones que generan brotes verdes, pero por ahora empeoran los resultados fiscales? ¿Multiplicar el endeudamiento nacional, una herramienta natural y keynesiana, pero capaz de hipotecar el futuro si se la usa para saldar cuentas corrientes? ¿Mantener altas tasas de referencia que intentan pisar la inflación, pero que relentizan la recuperación?

Habría que desconfiar de los que tienen respuestas asertivas y totales para cada pregunta, en especial tratándose de la economía, una ciencia tan endeble como la medicina. Pero es de la resolución de esos problemas de la que depende esta cura.

El Gobierno está convencido de que no sólo aplica la medicina justa, sino que esto significará el nacimiento de un desarrollo económico sustentable.

La idea no estaría dando el efecto buscado, aunque la mayoría cruza los dedos y toca madera a la espera de que este cirujano nos cure para siempre de esta argentinitis aguda que nos vuelve locos.