COLUMNISTAS DIVINA JUSTICIA


Argentinos

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Al cuarto día, después de desayunar café y scones que le sirvió una monjita desnuda, con la espalda marcada por los latigazos de fajos de dólares con los que se flagelaba, Dios se dedicó a darle forma a la bola de arcilla caliente que hasta ese momento era la Tierra. Asistido por Pedro, un fan que aspiraba a quedarse con la administración de las futuras almas, el Señor dibujó los países con el dedo, les dio nombre y desparramó leyendas y héroes para que comenzaran a escribir su propia historia. Esto va a ser Europa y acá van a estar Portugal, España, Italia, en fin, todos los que van a jugar la Eurocopa. El mar Mediterráneo y, del otro lado, Africa, y así. El reparto de terrenitos se le complicó un poco en el Medio Oriente, donde el “espíritu santo” la ensartó a María y le nació Jesús. Dios quiso conformar a todos para que acepten la versión oficial y no cuenten quién hizo cornudo a José, pero sus voceros comunicaron todo mal.

Moldeó luego el continente americano con forma de mujer. Mucho pecho, cinturita y caderona abajo. Tiró la cordillera como una columna vertebral, apretó a Chile y dejó todo el resto para Argentina. Hizo un break al mediodía, picó algo, durmió una siestita y continuó a la tarde con la distribución de bienes que le alcanzaba Pedro. Como un genio de la creación, retrocedía unos pasos, tomaba distancia de su obra, apreciaba la perspectiva y desde ahí salpicaba con naturaleza el planeta en blanco.

Entre pálidos marrones, verdes intensos, celestes azules, amarillos ocres, bermellones brillantes de lava hirviendo y grises nocturnos, el mundo le iba quedando colorido y lindo. Medio jodido para la vida en algunos sitios. Exceso de arena en el norte de Africa, demasiada sal en el mar Muerto. Pedro se veía venir las guerras tribales, el hambre, la miseria y los quilombos de los que no podría quejarse por la herencia recibida.

Hasta que, llegados a Sudamérica, no aguantó más: “Perdón, Flaco, pero a esa Argentina le estás poniendo todo jamón del medio: montañas llenas de minerales, ríos de agua pura, selvas, bosques, vacas muertas, cordero patagónico, malbec, palmitos, camarones, un San Martín, un Belgrano, patriotas de todos los colores, San Clemente, Mar de Ajó, Santa Teresita...”. El Señor lo miró. Una llamita le ardía en cada ojo: “Pedrito, ¿me vas a nombrar todo el Partido de la Costa?”. Pedro titubeó, todavía no se había escrito el padrenuestro: “Digo, no sé, me parece”. El Señor sonrió: “Mi querido muñeco Mateyko, vení”. Tomó a Pedro del hombro y lo llevó a caminar por el paraíso. “Mirá”.

Debajo de un manzano, del que colgaba una serpiente excitada, que los miraba con la lengua afuera, Adán y Eva se daban masa. “¿Cómo va eso?”, preguntó Dios. Adán se secó el sudor de la frente. “Bien, Maestro, pero no sé sí llegamos. Eva no me aguanta el ritmo”. El Señor levantó la palma de la mano: “Tranquilo, hay tiempo. Haceme primero los argentinos que te pedí. Unos diez de cada. Empresarios coimeros, funcionarios corruptos, monseñores y curas pedófilos, monjas cómplices, barras, Di Zeos, Bebotes Alvarez, narcos, jueces, canas, menemistas, kirchneristas, Aníbales, Báez, López, sindicalistas, Cavalieris, Moyanos, Caballos Suárez, golpistas, servicios, ladrones varios, D’Elías, Recaldes, Schoklénderes, milicos asesinos, un poco de todo, dame variedad. Si ves que afloja, tomate una de éstas”. Adán agarró el frasco de pastillas azules, hizo la venia y saltó sobre Eva gritando como Tarzán.

“¿Entendés ahora, Pedrito, cómo funciona la divina justicia? El exceso de riqueza natural hará que se la crean, que no necesitan hacer ningún esfuerzo. La codicia que voy a espolvorear entre los que mandan acabará por cocinarlos a todos en su propia salsa de rencores, internas, odios, relatos y mentiras. Les dará más placer el fracaso ajeno que el éxito propio, zafar que construir, salvarse solos que en comunidad”. Pedro calló. Le resultaba un poco cruel la condena. Tantos buenos argentinos iban a pagar por unos pocos. Dios no necesitó oír su voz para saber qué pensaba. “Calma, Pedrito, les doy la mínima, doscientos y pico de años nada más, hasta que aprendan”.  
 
*Periodista.



Carlos Ares