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Argumentos sobre la mesa

Baby Etchecopar es la versión en triple X de la ideología media argentina, su expresión en formato hardcore, lo explícito de lo explícito de lo explícito, casi al borde del snuff (de tipo verbal). Quienes ejercen habitualmente el minucioso oficio de escrutar y desentrañar, de discernir subtextos y descorrer velos, pueden descansar a sus anchas cuando se trata del Baby. En el Baby lo que hay es lo que queda a la vista, no se requiere mayor esfuerzo hermenéutico. El lo llama sinceridad, otros pueden buscarle otro nombre. Lleva al aire el inconsciente.
La arenga pública que el otro día propinó por Radio 10 llegó hasta los medios escritos y se reprodujo en audio en internet. No le faltó nada: hubo incitación a la violencia (dijo “maten a los chorros”), apología del delito (como no existe la pena de muerte por robo en nuestro Código Penal, matar al chorro, si no es en defensa propia, constituye un delito), discriminación social y racial (dijo “negros hijos de mil puta”), confusión del delito común con el terrorismo de Estado (dijo “me cago en los hijos de Bonafini”), llamado a la represión clandestina tipo escuadrones de la muerte (detalló “no digan nada, ni que los mataron, mátenlos”).
Baby sirvió el menú completo: no se guardó nada (es lo que quiero creer). Y aun así, por lo visto, no pocos se quedaron con apetito: entre aplausos aprobatorios y cataratas cibernéticas de “me gusta”, pedían más (y a la vez menos: más muertes y menos negros). Que la policía se largue a matar tal y como matan los delincuentes, con la misma impunidad y sin tener que rendir cuentas, se reclamó curiosamente como propuesta de disminución social de la violencia, y no como lo que más evidentemente sería, o lo que bastante a menudo es: su aumento.
En esa misma vehemente alocución, Etchecopar admitió (no sé si admitió o si propuso) que se lo comparara con Adolf Hitler, que se lo comparara con Jorge Videla. Pero incluso una persona como Hitler prefirió recurrir a eufemismos, y ordenando el exterminio de un pueblo entero, habló de “solución final”. E incluso una persona como Videla prefirió recurrir a eufemismos, y en las matanzas perpetradas bajo su responsabilidad se hablaba de “traslados” o de “desaparecidos”, no de tirar prisioneros vivos al mar desde aviones del ejército.
Baby, en cambio, dice todo. Estoy al tanto de lo que le sucedió y puedo entender que esté extremadamente afectado, que llegue a desesperarse; pero un hombre tan extremadamente afectado tal vez no debería hablar por radio cuando se pone así. Contagia su desesperación, por lo visto, a unos cuantos que después clickean “me gusta”, y la muerte deja de ser una aberración que cometen los delincuentes para ser una aberración que reclama la ciudadanía. Etchecopar se dirigió al presidente Macri y le exigió poner “los huevos sobre la mesa”. La imagen me da un poco de impresión, prefiero no concebir esa escena: Macri, la mesa…
Pero hay algo que me interesa especialmente en el arrebato oral que asestó Baby en Radio 10. Y es que sonó un poquito anacrónico, sonó un poquito a destiempo. ¿Por qué razón? Porque de pronto no se habla más del flagelo de la inseguridad en los medios de comunicación en la Argentina. No mermaron los delitos, ni las muertes en ocasión de robo, ni los asesinatos en la vía pública, ni los secuestros; no mermaron y, sin embargo, ya no se dice en la televisión que “salís a la calle y te matan”, los noticieros ya no machacan una y otra vez el solo tema del asalto a mano armada, el miedo a la inseguridad ya no rankea en el primer puesto de las encuestas sobre las principales preocupaciones de los argentinos.
La realidad del delito no ha cambiado para nada. No nos matan ni más ni menos que antes cuando salimos a la calle. Y entonces, ¿qué es lo que pasa? ¿De pronto no nos preocupa más? ¿De pronto cambiamos de tema? Es aquí donde las palabras de Baby Etchecopar, brutales y primitivas, desaforadas y feroces, cobran su plena significación. Nos devuelven a la vieja y transitada cuestión de la percepción social de las cosas y el discurso dominante de los medios.

mkohan