COLUMNISTAS DE CFK A MACRI

Ascenso de la posverdad

La certeza objetiva cede ante la construcción de relato. Por eso el Gobierno “votó” por Hillary.

‘VERDAD-POSTA’ Mauricio Macri.
‘VERDAD-POSTA’ Mauricio Macri. Foto:Pablo Temes

Lo que se sospechaba ya es oficial. El Diccionario de Oxford ha declarado la pos-verdad (post-truth) como la palabra del año, definida como “situaciones donde los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. El incremento del uso de la palabra luego del Brexit del Reino Unido y la elección presidencial en los Estados Unidos convenció a los editores de que la verdad ya es un valor relativo. También son relevantes las otras palabras de la terna finalista: alt-right, que describe los movimientos políticos de la nueva derecha, cuando se muestran simpáticos (de allí su parecido con “all-right” o “muy bien”) y glass-cliff (“acantilado de cristal”), término que describe la mayor probabilidad de fracaso de las mujeres en el rol de liderazgo. En síntesis: Donald Trump sería alt-right, y Hillary Clinton, glass cliff.

La religión primero y la ciencia después fueron las fuentes generadoras de las verdades en el mundo, pero hoy hay otros productores de verdades subjetivas y sentimentales vinculados con fenómenos: el desplazamiento de la religión hacia la espiritualidad, el ascenso de la industria del entretenimiento y los medios de comunicación omnipresentes, incluyendo las redes sociales.

Relatos y controversias. Por alguna razón, la novedad presentada en Oxford parece una obviedad vista desde estas pampas. La historia argentina fue construida sobre la base de la confrontación de dos verdades políticas, que se enfrentaron en campos de batalla reales y simbólicos. La primera triunfa tras la independencia y sostiene que la Argentina puede ser autosuficiente, y con una relación distante de los poderes mundiales. Un modelo que luego va mutando en proteccionista, industrialista y nacionalista, con las “masas” ocupando un lugar central. La otra verdad emerge de la batalla de Caseros y la derrota de Rosas. Una Argentina integrada al mundo, centrada en el libre mercado y que desarrolla sus ventajas comparativas: el mundo agropecuario, con baja injerencia del Estado, y elites ilustradas liderando los procesos. Por supuesto, las políticas y los argumentos se fueron refinando, pero ambas verdades sobreviven en el tiempo, y ambas parecen insuficientes para transitar este siglo.

El kirchnerismo tomó para sí la primera tradición, la que comúnmente se llamó nacional-popular (cuyos detractores denominan “populista”). No vale la pena abundar en lo ampliamente conocido, pero en la guerra contra “el campo” y contra Clarín el anterior gobierno movilizó las cuerdas emocionales de toda la sociedad, desarrollando la lógica amigo-enemigo que tanto cautivaba a Carl Schmitt. Sin embargo, en el terreno puramente económico el modelo “distribucionista” mostró fallas que nadie está dispuesto a explicar. Por qué un crecimiento tan importante de la economía en los años de las tasas chinas no desarrolló una industria competitiva y eficiente con inversiones acordes. Las intensas discusiones a partir de 2007 sobre la validez de las estadísticas oficiales parecían responder a una parte de la definición de la posverdad: los hechos objetivos ya no serían tan relevantes como los compromisos emocionales.

El macrismo, desde la vereda opuesta al kirchnerismo, parece retomar el segundo camino, que puede presentarse modernamente como “neoconservador”. Sin embargo, Macri no se siente cómodo en ese espacio. Si bien en alguna entrevista definió su construcción política como pro mercado, rechaza la caracterización de su proyecto como de “derecha”, y eso explica en parte la fuerte adherencia mostrada hacia Hillary Clinton en las elecciones norteamericanas, más allá de los acuerdos de integración económica, asistencia financiera, y la percepción del inevitable triunfo de la demócrata.    

Límites. Para correrse del mote sencillo de la “derecha liberal”, desde los primeros momentos de su gestión, Macri planteó el ejercicio de un neodesarrollismo, con la promesa de la llegada de inversiones extranjeras, rememorando los años de oro del frondizismo. No haría falta ajustar con el país en sostenido crecimiento. Pero este proyecto también encontró en poco tiempo su límite por las características del nuevo orden económico internacional, donde determinadas fases de los procesos industriales como los aspectos simbólicos de los productos –como el diseño y las marcas– se mantiene en los países centrales, y los “fierros” van a los lugares donde los salarios sean bajos y las protecciones medioambientales relajadas. Si las empresas multinacionales prefieren instalarse en México y no en Estados Unidos, donde se encuentra el mercado, ¿lo harían en Argentina?

Este dilema también lo padeció el kirchnerismo mucho antes del cepo cambiario, lo que impulsó a que el Estado se hiciera cargo de incentivar económicamente el mercado por la vía del consumo, soportando el precio de una inflación indomable y la depreciación de la moneda inevitable. Pero uno de los pilares de la actual política económica fue precisamente desactivar lo que alguien denominó el “festival del consumo”, buscando sostener el crecimiento económico en la inversión, con dos objetivos concurrentes: bajar el costo del salario en dólares y detener la inflación. Sin embargo, al lograrse el primero y fracasar el segundo, el país entró en una recesión que ya comienza a proyectarse a 2017. No sorprende en ese sentido que vuelvan a escucharse las voces devaluacionistas.

Desde esta perspectiva, y en una democracia de consumidores, el tema económico va a ser el central en la campaña legislativa, enterrando a todos los demás. En ese marco, si la situación no da un vuelco importante, puede suceder algo imprevisto: que el efecto Trump se traslade a la Argentina donde Cristina Fernández de Kirchner pueda canalizar el “voto bronca” contra la pérdida del nivel de vida y el poder adquisitivo, especialmente de los sectores medios bajos, desplazando el rol que le cupo a Sergio Massa en las elecciones de 2009 y 2013. No es que ese votante necesariamente quiera que retorne el proceso anterior, pero sí elegir lo que exprese en mayor medida su descontento. Todo un desafío para el oficialismo en la era de las verdades múltiples.


*Sociólogo, analista político

(@cfdeangelis)