COLUMNISTAS KIRCHNERISMO

Asuntos de familia

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Tal vez sean los efectos del largo fin de semana carnavalesco, que pareció prolongar el clima mental propio de las vacaciones de verano. Lo cierto es que estos últimos días tuve la extraña sensación de un tiempo político (un “ritmo”, diríamos) más parecido al de la corte de alguna monarquía del siglo XVIII que al funcionamiento de una democracia republicana del siglo XXI. En su discurso al Congreso, la reina se mostró igual a sí misma, sin la más mínima intención de cambiar, con la condescendencia, eso sí, de una amable soberana. Inmediatamente después se produjo una aparición de su hijo en el espacio público. Aparición promocional y no en directo: anticipación de fragmentos de dos entrevistas a Máximo, parte del material del libro de Sandra Russo sobre La Cámpora que se publica en estos días.

En la comunicación de la señora presidenta suele activarse un extraño modo de interpretar la distinción público/privado, no muy alejado de la lógica de los famosos de la farándula (quienes además, en las pocas monarquías que quedan por ahí en Occidente, asumen con frecuencia roles de cortesanos).  Paralelamente a su intervención ante el Poder Legislativo de la Nación, Cristina difundió en Twitter una foto con su perro Simón: “Hacía tiempo que quería mostrarles cómo estaba Simón de grande. Esta foto es en El Calafate...”. Se recordará que en diciembre pasado, tras la ausencia provocada por sus problemas de salud, Cristina marcó su regreso con las escenas de un video realizado por su hija en el que se mostraba con Simón. Imágenes típicas de cualquiera de esos semanarios que en el mundo se dedican a comentar la cotidianidad de los miembros de la realeza.

Bueno, después de Máxima en Holanda, ¿aquí lo tendremos a Máximo? Esta aparición promocional ha dado lugar a múltiples comentarios. Un diario independiente (La Nación) y la web de la editorial que publica PERFIL, donde escribo mis columnas, usaron en el anuncio la misma expresión: Máximo “rompió el silencio”, lo cual me parece claramente inadecuado, porque para que algo se rompa tiene que estar allí, presente en el espacio público. De la señora presidenta, que en tiempos normales producía varios largos discursos por semana, se puede decir que el silencio provocado por sus problemas de salud fue, sí, un silencio escuchado por los ciudadanos, silencio que con su regreso en diciembre, ella rompió. Pero nada indica que la opinión pública argentina haya estado escuchando el silencio de Máximo, y anunciar que lo rompió es exagerar su presencia en el escenario político, que por el momento ha sido prácticamente nula. ¿Y en el futuro? Es lo que se discute. La perspectiva más rotunda es la de Carlos Pagni en La Nación: “asoma el heredero”, “el plan está en marcha”; sería el príncipe heredero quien rompió el silencio. A esta primera aparición, según Pagni, le seguiría la candidatura de Máximo a la intendencia de Río Gallegos y su transformación en figura clave para asegurar la continuidad del kirchnerismo después de 2015.

Si así fuera, resultaría útil intentar comprender algunas características del personaje a partir de su discurso, y la verdad es que los resultados de una breve indagación en ese sentido dan escalofríos. “El joven Kirchner aparece por primera vez en público hablando de política”, dice Pagni. Bueno, todo depende de lo que llamemos política. Desde mi punto de vista, estas declaraciones de Máximo son una confirmación flagrante de la hipótesis del vacío político-institucional indispensable al buen funcionamiento del kirchnerismo. Este vacío político como condición necesaria, Máximo parece tenerlo muy claro: “Cuando nosotros hablamos de llevar adelante un proyecto político en el tiempo, permanentemente lo confunden con los tiempos institucionales. No hablamos de eso.
Nunca hablamos de eso. Cristina conduce un proyecto político y ha generado prole”.  “Hoy parece que el peronismo es lo que abarca todo, pero hay que ver qué piensan los pibes”. Pibes, prole: afirmación casi ingenua de una lógica de familia, que en el campo político, no de una monarquía sino de una democracia republicana, designa simplemente el ejercicio de una metodología mafiosa.

Contradictoriamente (tal vez) el único punto significativo del tiempo político pareciera ser, para Máximo, el electoral: “¿Y qué sería lo democrático? ¿Que el que sacó 16% le diga lo que tiene que hacer al que sacó 54? Que digan lo que quieran, nosotros seguimos”. Dicho así, la producción del vínculo de representación queda reducida a una especie de tómbola: si gané, hasta la próxima tirada puedo hacer lo que quiera. Y no me jodas.

*Profesor emérito, Universidad de San Andrés.



Eliseo Veron