COLUMNISTAS EN BUSCA DE VOTANTES

Atacar no es insultar

PERFIL COMPLETO

De cara a las elecciones de 2015 todavía a gran parte de los políticos argentinos les cuesta comprender que atacar al rival no implica insultarlo. El insulto nunca es bien recibido y, por el contrario, hace que los ciudadanos y votantes se enojen y elijan a otros candidatos.
En esa dirección, los sindicalistas son los políticos que a menudo confunden el insulto con el ataque. La hipótesis podría ser que lo hacen porque tienen un votante duro y fiel. En consecuencia, sus discursos y declaraciones no irían para todos los ciudadanos, sino a sus afiliados.
Sin embargo, no son pocos los gremialistas que aspiran a ocupar cargos legislativos o ejecutivos, y pretenden ser elegidos por la mayor cantidad de electores. Un caso testigo es el de Luis Barrionuevo, del Sindicato de Gastronómicos. Fue diputado y senador por Catamarca pero sin embargo insiste con el insulto y en hablarles a sus votantes cautivos. En más de una oportunidad apareció insultando a otros políticos: “Kirchner se murió por avaro” y “Capitanich es un pelotudo caro”, fueron dos de sus últimas declaraciones.
Otro sindicalista que en los últimos meses se le “soltó la cadena” fue el líder de los mecánicos, Ricardo Pignanelli. El titular de Smata arremetió contra el diputado del Partido Obrero, Néstor Pitrola: “Yo soy un trabajador que se baja en El Palomar para ir a las fábricas, aunque ese hijo de puta diga que soy un burócrata”, dijo.
Protagonizar ese tipo de conflictos sirve para hacerse conocido en los medios de comunicación, pero no para conseguir votos. Elisa Carrió llamando imbéciles a los opositores; Gerardo Morales diciendo que Mariano Recalde es un cagón o Miguel Del Sel afirmando que Cristina Kirchner es una vieja chota e hija de puta. Todas declaraciones que fueron titulares de los medios, pero estuvieron lejos de traducirse en votos o en la simpatía de los electores. Esas afirmaciones, por el contrario, marcan un gran desconocimiento entre el qué y el cómo.
Los ciudadanos no actúan frente a la política como si estuvieran viendo una pelea de boxeo. El votante no suele premiar al que más fuerte grita ni a los políticos que más se enojan. En la política, como en cualquier actividad que se realiza, el que se enoja termina perdiendo, y los candidatos tampoco son un excepción.
Los insultos, a diferencia de los ataques, son una falta de respeto. Los ataques, en cambio, pueden ser herramientas que se usan en una estrategia de campaña para debilitar y derrotar al oponente. Mostrar las contradicciones, entre lo que dice y lo que hace un rival, es una forma de atacarlo sin tener que insultarlo. Un candidato puede mostrar que su rival dijo que está a favor del aborto pero, cuando se votó la ley de aborto no punible, lo hizo en contra. De esa manera está atacando al rival con un dato concreto que le hace más daño que un simple insulto.
Los políticos profesionales saben que no hay que manejarse por las pasiones, menos en estos tiempos donde se conoce al instante lo que se dice y se hace. En cambio, los políticos amateur insultan y suelen rodearse de amigos, familiares y políticos cercanos que fomentan y aplauden esas acciones con el solo objetivo de complacer a su jefe.
En resumen, en muchas ocasiones parece que los políticos sólo quisieran que los apoyaran sus votantes duros sin darse cuenta de que, para ganar una elección, deben conquistar al indeciso, al que decide no votar y/o anular el voto.

*Consultor en comunicación estratégica, política y corporativa. 



Fernando Rodeles