COLUMNISTAS RETORICAS

Ataque y defensa

Insultar ya no es tan fácil como era antes. Se sabe de sobra que allí donde en otro tiempo debía decirse “genio” o “fenómeno” se dice ahora “hijo de puta”, o que donde antaño se apelaba “che” o “flaco” o “loco” se dice ahora “boludo”.

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Insultar ya no es tan fácil como era antes. Se sabe de sobra que allí donde en otro tiempo debía decirse “genio” o “fenómeno” se dice ahora “hijo de puta”, o que donde antaño se apelaba “che” o “flaco” o “loco” se dice ahora “boludo”. Son cambios ya muy señalados. Figuras mediáticas como Fernando Peña o Humberto Tortonese han contribuido en gran manera para que una expresión como “puto” se vea aliviada de aquella lamentable connotación de agravio y pueda recuperarse, en cambio, como simple designación sin ofensa.
Estas cosas van pasando en la vida de las palabras, y plantean dilemas nuevos al que tiene necesidad de insultar. Moyano esta semana probó con un llamativo “bobi”, para pronunciarse acerca de Carlos Reutemann. Según parece, intuyó que el decaimiento de los insultos fuertes otorga una fuerza mayor a los antiguos insultos suaves; Moyano recuperó “bobo”, le aplicó el doble recurso de la disminución y el apócope, y se lo espetó al senador santafesino como lo haría cualquier camionero sacando la cabeza por la ventanilla con un automovilista que va demasiado despacio.
Para Reutemann fue una semana difícil. Pero no sólo por el ataque que descargó en su contra Moyano, sino por la defensa que en su favor interpuso Lilita Carrió: “El Lole es divino. Es un campesino chic”, fue lo que dijo exactamente. ¿Campesino chic? ¿Qué es un campesino chic? ¿Y qué otro campesino no lo sería? No sabemos si Carrió recurrió retóricamente al oxímoron o al pleonasmo; probablemente empleó “campesino chic” donde antes se decía “terrateniente” o donde antes se decía “estanciero”. Porque también para el trato cordial las palabras viven y mutan.


Martín Kohan