COLUMNISTAS NO QUEREMOS ALGO MEJOR, QUEREMOS ALGO QUE NOS BENEFICIE

Aunque sea con trampa

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Como para que nadie se olvide de su impronta, 2015 dejó dos sacudones de despedida. Se supone que la última semana del año es de las más complicadas para quienes nos dedicamos al periodismo. La sensación de que no pasa nada lo invade todo.
Sin embargo, desde hace varios años, los argentinos nos hemos acostumbrado a otro tipo de “decibelaje” navideño. Desde la masacre de Cromañón –patética insistencia la nuestra de calificar de tragedia a un asesinato en masa– hasta la estafa a la buena fe del vecino, que es condenarlo a atravesar las fiestas a oscuras y tirando al tacho la comida podrida, hace rato que los principales titulares de diciembre dejaron de pasar por los balances, la suelta de papeles en el Microcentro y la llegada del primer bebé del año. Aun así, lo del año que se fue registra, en este sentido, pocos antecedentes.
Horas después de Nochebuena, los argentinos supimos de la condena a los responsables de la matanza de Once. Escuchamos aceptaciones y reclamos; aunque los procesos judiciales así lo establezcan, nos indignamos al saber que los declarados culpables seguirán en libertad hasta tanto concluyan las instancias apelatorias. Un consuelo no menor es recordar que, al menos, ni usted ni yo compartimos la mesa de fin de año con un ser repugnante de la dimensión de Ricardo Jaime, de quien confieso lastimosamente que lo que más me fastidia es su mal gusto.
Cuesta digerir tolerancia para quienes no tuvieron la mínima consideración a la hora de poner en riesgo la vida de millones de argentinos a cambio de comprarse aquello que jamás podrían haber pagado con el trabajo que nunca tuvieron.
Esa noticia, la de la condena, fue, de cualquier manera, una pauta imprescindible para entender ciertas cosas. Por ejemplo, que puede haber castigo para la corrupción. A modo de salita de cinco, los argentinos supimos de golpe que, por hacer tal cosa, te corresponde tal pena.
En el fútbol –no tanto en el argentino–, sabemos que si agarrás la pelota con la mano dentro del área, es penal. En el hockey, que si la bocha te pega en el pie dentro del semicírculo, es córner corto. Hasta estos días no sabíamos bien si robar estaba mal o si lo que estaba mal era no quedarse con la guita del Estado, que como es de todos no es de nadie.
Horas antes de fin de año, los argentinos supimos que ningún cambio de gobierno logrará por sí solo que desaparezca el poder dentro del poder dentro del poder. Una especie de siniestra Matrioshka que no deja ver ni cuántos vientres tiene ni qué tiene adentro de cada uno de ellos.
Que se hayan escapado de una cárcel de máxima seguridad tres condenados a cadena perpetua por un triple crimen vinculado tanto más con el poder que con los negocios no parece bastar para que tomemos real dimensión del conflicto. Nos importa mucho menos vivir entre sicarios que disfrutar de la posibilidad de que el episodio traiga consecuencias negativas para un gobierno que no nos gusta.
Somos raros los argentinos: a esta misma hora es posible ver por nuestras amadas playas a gente que mete miedo arriba de un cuatri o se pavonea sobre un vehículo tan indefinible como inhabilitado para circular por las calles. Quizás la misma gente que, con razón, no dudaría en cacerolear en nombre de la inseguridad.
De un lado, nos ilusionamos con una condena que marque un camino sin retorno. Del otro, priorizamos la chicana de red social por encima del bien común. En algún momento vamos a darnos cuenta de que necesitamos vivir mejor independientemente de quién sea el responsable institucional de ese bienestar.
Es como en el fútbol. No queremos algo mejor. Queremos algo que nos beneficie, que nos satisfaga aunque sea con trampa.
Sin llegar al extremo de confundir lo trascendente con lo mediático, hay varios episodios que rociaron de inmundicia nuestro 2015 futbolero que no sólo merece una referencia, sino que hasta puede encuadrarse en el escenario planteado anteriormente.
Hemos tenido jugadores muertos por golpear su cabeza contra el zócalo de cemento que rodea el campo de juego. Decretamos duelo, nos indignamos y reclamamos reformas urgentes en las canchas como si no llevásemos décadas agradeciendo al cielo que estas desgracias no hayan sido más frecuentes. Anunciamos de modo rimbombante las modificaciones que jamás se hicieron. Se siguió jugando en las mismas canchas. Y otros jugadores, con más suerte, volvieron a golpearse contra el cordón.
Hubo agresiones a familiares antes de un clásico –abuela de Maxi Rodríguez–, grescas generalizadas entre dos equipos del Ascenso que siguieron jugando el partido como si se tratase de hockey sobre hielo, y terminamos el año insultando a Lionel Messi por haberle ganado a River. Y a Javier Mascherano por no haber ido para atrás.
Disculpen la desmesura, pero no puedo separar definitivamente un escenario del otro. ¿Puede una misma persona querer dos países paralelos? ¿Tiene lógica que alguien desde el poder se preocupe por imponer un respeto por las normas y los buenos hábitos cuando millones de ciudadanos de buena voluntad no queremos ni normas ni buenos hábitos, justamente, cuando de nuestra pasión mayor se trata?
El cierre de 2015 nos encuentra sin condena para el Panadero del gas pimienta y con las principales autoridades de Boca intentando que lo que, se insinuó, sería una suspensión de uno o dos años para competir en torneos sudamericanos, y pasó a ser prohibición de concurrencia de su público hasta la instancia de mano a mano de la próxima edición de la Copa Libertadores, quede directamente sin efecto. A lo sumo, que esa prohibición se limite a los primeros encuentros fuera de casa; al fin y al cabo, los argentinos estamos harto acostumbrados a no ir de visitantes.  
Es al menos imprudente disociar a la dirigencia del fútbol de los principales factores de poder de nuestra sociedad. Hoy como nunca, en la AFA confluyen actores de enorme influencia en los distintos ámbitos de nuestra vida. Empresarios, conductores televisivos –intuyo que es una figura que se queda chica para encuadrar a Tinelli–, sindicalistas, ex futbolistas… no hace falta que explique lo que significa Daniel Angelici como hombre de confianza del presidente Mauricio Macri.
También en la AFA dejaron un regalito en el árbol navideño. Desde las entrañas de su extravagante ámbito comunicacional, dieron a conocer la preocupación de la FIFA respecto del conflicto alrededor de la no votación de meses atrás. ¿A qué FIFA se refieren? ¿A ese organismo que tiene hasta las tripas infectadas? ¿Quién firmó el comunicado? ¿Platini? ¿Jerome Valcke? ¿Blatter? ¿Los Jinkis?
Desde ya que merece una atención preferencial que desde el organismo hayan manifestado su molestia porque las cosas se diriman en la Justicia ordinaria –clara chicana del sector de Segura al de Tinelli– y no les haya inquietado el hecho de que, en el organismo que hasta hace poco presidió con rigor de feudo un vicepresidente y tesorero de la entidad radicada en Zurich, no hayan sido capaces de hacer votar ordenadamente a 75 personas.
Volviendo al tema del Panadero.
Así como la sentencia por el multicrimen de Once manifiesta, de algún modo, lo que te puede pasar si sos corrupto, la nebulosa en la que quedó aquel episodio incalificable de la Bombonera pone muy alto el listón de tolerancia respecto del fenómeno barra.
Sabemos que la violencia en el fútbol es manejada por un puñado de millonarios desocupados pero que es ejercida por cientos de soldaditos aspirantes a progresar en la escala jerárquica de la miseria. Que lo sucedido aquella triste noche quede en la nada es un mensaje para todos aquellos que quieren seguir destrozando el espectáculo. Decenas de miles en la cancha y millones en todo el país a través de la tele nos quedamos sin la mitad del partido que más nos apasiona. Y no por culpa de un lobo solitario como quisieron venderlo para esquivar culpas. Al Panadero lo dejaron hacer y deshacer sin molestarlo. Y le avisaron desde adentro cuándo salían los jugadores de River del descanso. Más aún. Cuando decenas de imbéciles convirtieron a ambos planteles en rehenes, el Panadero ya había terminado su obra cumbre.
Quien quiera correr esto del asunto barra, miente. Esa noche, en esa cancha, la barra brava estaba por todos lados. Desde más de cuatro horas antes del partido. Sin que nadie les pusiera límite. Como es cada día, en cada cancha, en cada partido y en cada club.
Que lo pasado entonces quede reducido a la anécdota inspira a cientos de Panaderos a hacer cientos de estupideces. Y a nosotros, los hinchas de verdad, nos deja colgados del pincel.
Queremos para nuestra vida en sociedad una lógica que no soportamos cuando de fútbol se trata.
¿Es posible?
Francamente, no la veo.

gbonadeo