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Autorretrato con columna

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No deja de plantearme un desafío, semana a semana, la consigna que me fue impartida ya hace tiempo para participar de esta sección: la de tomar un hecho de la actualidad, y preferentemente de los últimos días, para abordarlo con lo que desde entonces quedó definido como una “mirada de escritor”. El desafío me resulta por lo menos doble. Por una parte, porque nunca he sabido, y presiento que nunca sabré, qué es lo que se supone que sea una “mirada de escritor” por fuera de su propia literatura. Y por otra parte porque, en lo personal, tengo al pasado como mi tiempo preferido (la historia, las memorias, los recuerdos, lo perdido), en segundo lugar tengo al futuro (las utopías políticas, las proyecciones del deseo, las intuiciones) y tan sólo en tercer lugar viene el presente (la coyuntura, la contingencia, el mero ahora).

Aquellos de los que tanto aprendí, en cuanto a leer y escribir, me sirven una vez más de referencia: David Viñas (en general, claro, y en sus notas de Página/12 en particular), Beatriz Sarlo (con su modo de estar en los medios, sí, y con ensayos como Tiempo presente o Tiempo pasado), Josefina Ludmer (con la irreductible distancia que perdura aun en su mayor disposición de acercamiento, el “aquí” del subtítulo de su último libro), Fogwill (que fue vecino aquí mismo), etc. ¿Qué puede suponer la atención a la inmediatez para quien, como yo, ha sido formado en el valor de las mediaciones? ¿Qué puede suponer la referencia para quien, como yo, se ha ocupado más bien de la suspensión de la referencialidad? ¿Qué puede suponer la volatilidad de las ráfagas para quien, como yo, se habituó al tiempo lento de las sedimentaciones?

El ejercicio de escribir, cada semana, sobre un hecho de los últimos días, tener que buscarlo y extraerlo de la maraña de lo que está pasando, me sirve y me sirvió para sacarme de eventuales autismos, eventuales diletancias.

Me permitió, además, verificar que no puedo ocuparme de lo que los hechos son, sino de lo que significan; que la verdad verificable (a la que no niego ni desestimo) me motiva menos que las interpretaciones; que las interpretaciones más forzadas me atraen más que las que no lo son, en el intento de hacerlas funcionar pese a todo.
Y que la zozobra del ser leído, sin saber por quién ni cómo, a la que la literatura nos expone de manera más bien esporádica, se active cada siete días, se vuelva casi continua.