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Báez, sus socios y nosotros

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Desde hace más de un mes, somos testigos de un alud de denuncias, hechos y rumores de corrupción, como pocas veces he visto. Los medios no gubernamentales dicen, todos los días, que el matrimonio Kirchner se enriqueció ilícitamente, que ellos y sus socios robaron de manera sostenida durante diez años. Pero ese no es el peor saldo que dejarán estos años de gobierno de Néstor y Cristina Kirchner porque la corrupción oculta lo más grave de la herencia. 

Lector, mi trabajo me permitió durante cuarenta años observar el funcionamiento de muchas sociedades; sus virtudes y sus defectos, fortalezas, fragilidades, enconos y tolerancias. De esos recuerdos no puedo encontrar un caso similar a la historia de estos meses de Argentina. Gráficos sobre la estructura delictiva, filmaciones, fotos y grabaciones construyen un arsenal de miserias patéticas que se desarrolla como si fuera una película. Usted sale del cine y nada de lo que estaba en la pantalla se observa en la realidad. El Gobierno continúa, la Presidenta sigue con sus comentarios y sus ocurrencias, pero para ella y su gabinete todo eso que usted y yo oímos y vemos no existe. Pero, lector, nuestro país no es un teatro ni el horror es ficción. 

Decía un célebre escritor ruso que en el fondo del pozo está la puerta que lleva al sótano. ¡Abrala! Allí verá la exposición de los males más profundos que heredaremos de los Kirchner: nuestras instituciones desarmadas (somos un vertebrado sin esqueleto); el sistema de partidos dañado hasta el punto de que después de diez años ni el Gobierno creó institución que le diera permanencia y continuidad (Cristina Kirchner no tiene programa, ni partidos ni sucesores y hoy el PJ nacional esta a punto de perder su personería); el control sobre el poder del Estado y sus ocupantes, destruido, dando rienda suelta al ejercicio arbitrario del poder; la prensa ahogada; exilados del mundo; los esfuerzos de integración regional transformados en cháchara (como diría el célebre senador); una economía sin moneda nacional y sin un solo número creíble, es decir, una economía plenamente marginal; la caída continua de nuestra productividad; el subsidio sostenido –que reemplaza la creación de trabajo asalariado– provocando en millones de compatriotas la ilusión pasajera y peligrosa de haber abandonado el infierno de la pobreza; la excepcional oportunidad de crecimiento y transformación dada por unos términos de intercambio extraordinarios gastada en clientelismo. Báez irá preso si hizo lo que parece, sus socios también, pero lo que tenemos que enfrentar es cien veces mas grave que sus eventuales robos.

Durante esta década, el Gobierno llevó los recursos destinados a la educación al 6% de nuestro producto bruto. Sin embargo, el 92% del gasto se destina a personal. Todos queremos que los docentes ganen bien. Pero, gastamos 5,5% de nuestra riqueza en sueldos y no logramos tener buenos salarios docentes.

Más grave aun, según el informe PISA que realiza la OCDE, el más importante que se produce sobre rendimiento estudiantil, en 2009 el nivel educativo de nuestro país estaba en el puesto 58 entre los 65 que fueron evaluados. Esto quiere decir, lector, que el 90% de los países estudiados tienen mejor educación que la Argentina. El país que sigue al nuestro es Kazajstán que precede a Albania. Además estamos entre los peores de América latina. Esa no era la situación hace una década, cuando nos encontrábamos en el primer lugar de la región y en mejor posición mundial. Además, entre los 65 casos, la Argentina es el país con mayor desigualdad en educación, con mayor diferencia entre las escuelas para ricos y para pobres. Pero incluso las escuelas para ricos tampoco son buenas (Lector, si desea ir a la fuente de estos datos, le sugiero consultar www.oecd.org/pisa/). En otras palabras, gastamos mucho y estamos peor, y hasta las económicas tienen una educación pobre. Convengamos que este es un ejemplo simple y directo de la ilusión de la “década ganada”. 

Como usted imagina, este tema no es una cuestión menor para el funcionamiento no sólo de las capacidades intelectuales de los argentinos, sino para nuestra economía y nuestro futuro. No es por azar que los niveles de productividad hayan tenido una caída notable en esta década. Si quiere un claro ejemplo de lo que significa un cambio estructural en lugar de un reparto demagógico, miremos al norte. En Brasil, en los próximos años se incorporarán al mercado de trabajo 23 millones de jóvenes provenientes de sectores bajos que se integrarán a una nueva clase media, muchos de ellos con formación universitaria (entre las 300 mejores universidades del continente, 81 son brasileñas). Esa es la diferencia entre el facilismo de repartir plata y la difícil tarea de la transformación, entre gastar en educación e invertir en educación.

Pero a la vez que esto sucede, también la sociedad cambia y no es insensato creer en la posibilidad del cambio. Por lo pronto, porque ya pasó en nuestra historia. Hacia 1870 éramos un país primitivo. Luego, durante medio siglo, crecimos más que ningún otro país del planeta. Se produjo una transformación social excepcional que derivó en la formación de una nueva clase media, el advenimiento de la democracia y la Reforma Universitaria. Permanecían sectores excluidos, pero se había producido un fenomenal progreso. La tarea era inconclusa, pero se había avanzado. Nadie podía imaginar en 1880 el país que llegaríamos a ser en 1930.

Creo que ingresamos en esas etapas en que las sociedades no toleran más el eterno reencuentro con la mediocridad. Por cierto, esto no se resuelve sólo con voluntad. No es porque es malo decaer que dejaremos de hacerlo. Nuestra sociedad está agobiada. Luego de mucho tiempo, demandará algo nuevo, aún impreciso, si hay quienes entienden lo que sucede y la dirección del cambio podemos reiniciar el progreso. Si sobre el conjunto de problemas que enumeré más arriba, los serios y graves (no Lázaro Báez), tuviéramos un acuerdo político que obligue a las partes ante la sociedad para comenzar a resolverlos, daríamos una respuesta nueva. En México está pasando, ahora.

¿Por qué no podemos encarar un Pacto por Argentina entre las principales fuerzas políticas para acordar una estrategia común en temas clave?.

Hay cuestiones en las que podrían acordar los partidos sin eliminar sus diferencias ideológicas y sus posicionamientos en la competencia electoral. Piense este acuerdo en la decisión de no repetir la liturgia del subdesarrollo, sus mediocridades, sus ladrones, sus ignorantes, su incapacidad para el cambio. Imagine el impacto que generaría en nuestra sociedad, sumergida en el escepticismo del reiterado fracaso y el espectáculo de las bóvedas, un acuerdo político antes de las elecciones de octubre. Sería el inicio de otra Argentina.


*Ex canciller de Raúl Alfonsín.



Dante Caputo