COLUMNISTAS EN CAMPAÑA

Bailando por un voto

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Se niegan a debatir, a desplegar y sostener argumentos, a explorar desacuerdos y consensos cara a cara, mirándose a los ojos y brindándose mutua atención. Eluden toda convocatoria a desarrollar una visión trascendente y fundamentada de la sociedad que imaginan (los estadistas verdaderos, los políticos de estatura hacen eso, imaginan sociedades, se animan a iniciar el camino aunque no sean ellos quienes lo culminarán, toman riesgos, hablan con palabras propias, nacidas de sus sueños, estudios, lecturas, dolores, esperanzas, experiencias, y no con discursos chatos, leves, insustanciales y previsibles, escritos por asesores sin vuelo y aprendidos de memoria). Los precandidatos que encabezan las siempre confusas y a menudo dudosas encuestas, se niegan a todo aquello, a mostrar una identidad propia, acaso porque no la tengan, y a elevarse hacia una estatura de guías, líderes u orientadores sólidos, fundamentados. Pero, en cambio, corren prestos y moviendo la cola, como animales amaestrados, cuando el adiestrador los llama desde el programa más visto de la televisión argentina. Allí despliegan sus monerías, exhiben a sus mujeres, bailan moviendo las caderas con la gracia de un lavarropas, sueltan chistes penosos y admiten ser impiadosamente imitados en su propia cara, perdida ya la vergüenza propia, de manera que sólo queda lo que provocan: vergüenza ajena.
A diferencia de los animales amaestrados del circo, los precandidatos no están cautivos. Van por su propia voluntad. Aquellos pobres animales (cuya situación indigna), están privados de libertad y, penosamente entrenados, actúan por una galleta, por una palmada, por un trozo de carne, por un terrón de azúcar. Los precandidatos simplemente bailan por un voto. A pesar del temor que sienten al debate, a que ese ejercicio los muestre al desnudo y se vea lo que son y se adviertan tanto sus esmirriados recursos intelectuales como su distancia de la alta política, quedan igualmente en evidencia. Porque lo que son es eso que muestran cuando el adiestrador hace la seña y el show comienza.
Son vendedores de humo contaminante. Son posibilistas. En una sociedad donde chicos esclavos mueren en talleres clandestinos, en donde surge y se extiende una nueva mafia cada día (trapitos, manteros, barras bravas, juego legal y clandestino, trata de personas), en donde la pobreza es creciente y estructural (no la de los números, sino la de la vida real de personas reales), en donde la desnutrición infantil es una mancha inocultable y catastrófica, en donde la educación se deteriora día a día, en donde el narcotráfico oscurece y mancha de crimen todo horizonte, en donde la corrupción es metástasis, en donde la violencia y la inseguridad se han naturalizado y los femicidios son parte del paisaje cotidiano, en una sociedad en la que chicos y jóvenes mueren en cifras alarmantes por motivos absurdos o sobreviven a la espera de un futuro que semeja un agujero negro, en esa sociedad ellos callan empecinadamente acerca de todos estos temas. Cuando los mira todo el mundo y tienen la oportunidad, callan. Bailan, hacen chistes, repiten frases vacías.
Son posibilistas. Sólo harán lo que se pueda, prometen cocinar tortillas sin romper huevos, no atacarán a las mafias porque es preferible admitirlas a aumentar el desempleo como ocurriría si las atacan. Así lo dicen, aunque no en público. No afectarán a ningún interés, al contrario, prometen complacer y servir a todos. No dirán nada que según los ilusionistas que manejan sus imágenes y sus campañas les prohíban decir. Nada que pudiera hacerles perder un voto. Son posibilistas de lo imposible. Porque lo que no quieren hacer alguna vez habrá que hacerlo. Sería oportuno que lo recordara esta sociedad adormecida, desentendida de su propio futuro hasta el punto de resignarse a no tenerlo, esta sociedad en la que una masa crítica de sus integrantes admite seguir acudiendo al circo en el que hacen sus gracias los que aspiran a ser votados para gobernarla. Una sociedad que alguna vez debería dejar de elegir a sus gobernantes en el circo.

Escritor y periodista.



Sergio Sinay