COLUMNISTAS PERONISMO Y PODER

Bajo la sombra de Cafiero

Mientras la economía no despega, la política se mueve entre el conflicto y el dialoguismo. Esa opción definirá al país que viene.

PERFIL COMPLETO

Foto:Dibujo: Pablo Temes

Sobre el peronismo se tejen infinidad de ideas, teorías, creencias y prejuicios, muchos de ellos alimentados de una manera u otra en el más perdurable de sus mitos: la convicción de que la Argentina no puede ser gobernada sin el peronismo. Ahora, en momentos en que un gobierno peronista está llegando a su fin y las tendencias electorales no están demasiado definidas, el país rescata la memoria de Antonio Cafiero, uno de los prohombres del peronismo, un personaje memorable de la historia política del último medio siglo. Pocos como éste político de alma y de fibra lograron transitar por ella como él lo hizo, con la misma consistencia entre sus convicciones, sus valores y su compromiso con las reglas de la democracia. Aunque nadie le debe un voto a Cafiero, varios dirigentes y candidatos presidenciales le rindieron homenaje al despedir sus restos hace una semana. Cafiero encarna hoy al país que emergió del proceso de democratización en 1983; batalló incansablemente por una democracia con espíritu republicano, fue un militante de la tolerancia y de la razón del diálogo.

En la Argentina de estos días la política se mueve a través de dos vectores, uno ruidoso y a la vez poco conducente, que plantea el conflicto como paso necesario para cada decisión, otro más silencioso, pero más constructivo, que busca establecer bases de acuerdos estables cada vez que resulta posible. Los dos derivan de la misma cultura política que hemos sabido desarrollar a lo largo de casi dos siglos de historia; los dos nos representan por igual. Amparándose en principios ideológicos coherentes, muchos argentinos –tanto desde el Gobierno como desde los distintos espacios opositores– plantean que no hay futuro si no hay antes triunfo de algunos sobre los otros; y otros argentinos consideran prioritario encontrar puntos de coincidencias y respuestas realistas a los problemas actuales.

En todos los espacios políticos se trabaja desde una u otra de esas perspectivas. Hace pocos días, la Asociación Cristiana de Jóvenes desarrolló su congreso anual sobre valores y tejido social, en la Universidad Católica Argentina; esta vez, como año tras año, ese evento anual convocó a dirigentes y pensadores de las más distintas corrientes políticas y de ideas, y demuestra que esa convocatoria es posible, es fructífera y es provechosa. La semana pasada la Fundación DAR, que actúa en la órbita del gobernador Scioli, pudo reunir nuevamente bajo su convocatoria a expertos, técnicos y pensadores para analizar problemas actuales del país y de la región.En otros espacios políticos suceden cosas parecidas; tal vez a través de ella se está sembrando una Argentina un poco distinta en el futuro próximo.

Mientras tanto, la política se mueve también con la lógica de la competencia electoral. Es notorio que las actuales tendencias electorales siguen sin mucha definición, con diversidad de candidatos y votantes cautelosos. Suele compararse este proceso con el de la elección presidencial de 2003 –aunque en aquella oportunidad, un año antes de la votación, el número de indecisos era bastante mayor que el actual–. Por lo demás, en aquel tiempo la clase política estaba toda desgastada –el eslogan del momento era “que se vayan todos”–; ahora hay un clima mucho menos político en la sociedad, pero parece claro que ya no se trata de no elegir a nadie, sino de elegir a alguno.

La economía no despega. El gobierno nacional juega a un juego peligroso: convencer a los actores de la economía para que desplieguen una confianza que no tienen y tomen decisiones que no están tomando. Algunos son instados a vender lo que no quieren vender, otros a comprar lo que no quieren compran. ¿Está el Gobierno apostando hacia un “shock heterodoxo”, o está amagando para después llegar a la fecha electoral con los problemas mejor encaminados? La saga de los avances y retrocesos frente a los fondos buitre y al juez Griesa da lugar a interpretaciones casi a diario; qué va a hacer el Gobierno está librado a permanente conjeturas y suposiciones. En los mercados, hay quienes piensan que la Argentina se encamina a un arreglo de la deuda entrado el año 2015; otros, por el contrario, piensan que estamos avanzando hacia un nuevo orden comparable al que le permitió a la economía argentina despegar hacia fines del siglo XIX, pero esta vez con Rusia y China como proveedores de bienes de capital y productos industrializados –y siempre con la Argentina como exportador de bienes de capital–. Ese modelo no produce mayores entusiasmos entre los empresarios argentinos ni en nuestros vecinos de la región.

El endurecimiento lo lleva al Gobierno a ser más inflexible con sus aliados, de modo que, aunque recoja menos, lo que recoja lo tendría asegurado –tal vez imaginando un caudal más homogéneo–. Pero la estrategia no está clara. Hay dos caminos para encarar un proceso electoral: sumar votos donde se puede, o preferir menos votos, pero más seguros. Son distintas estrategias de poder, avizorando el país de los próximos años. En otras palabras, ¿está el Gobierno asustando con la idea de producir un estado de cosas distinto antes de la elección presidencial, o está jugando sus últimas cartas? Si el Gobierno está blufeando, podría lograr algo; para ganar, lo necesita a Scioli, no a alguien capaz de asustar a los mercados.
Todas estas son conjeturas de personas que toman decisiones, no de votantes comunes; a éstos, estas cosas los tienen más bien sin cuidado. En todo caso, les preocupa más que quien acceda al Gobierno el año que viene esté en condiciones de gobernar efectivamente, tenga suficiente respaldo en las cámaras del Congreso, logre algunos acuerdos para pasar leyes imprescindibles. En última instancia, se preguntan si su voto contribuirá a que quien emerja como el próximo gobierno nacional gobernará una sociedad más bien dividida o una más bien integrada.



mmorayaraujo