COLUMNISTAS ELECCIONES 2015

Ballottage con gen peronista

Sea por raíces o por identificación partidaria, ambos candidatos a la segunda vuelta se vinculan con el peronismo. Los matices de los candidatos.

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Foto:DyN

El kirchnerismo, tal como lo conocimos, perdió la elección. El peronismo, al menos como alianza socioeconómica de votantes nacionales y provinciales, y como relato imperante de época, no. Más allá incluso de lo que pase en el ballottage.

Tres de los seis candidatos presidenciales que compitieron el domingo se reconocen peronistas (Scioli, Massa, Rodríguez Saá) y un cuarto (Macri) reivindica a Perón, lleva candidatos peronistas y él mismo tiene un perfil que no disgusta a sectores socioeconómicos que alguna vez votaron al justicialismo. Su estilo pragmático y su paso por Boca le abrieron esa puerta. Junto a una gestión en la ciudad de Buenos Aires que intervino en el espacio público más que cualquier administración autoproclamada peronista.

Son neomenemistas, kirchneristas, posperonistas o tradicionales caudillos peronistas. A todos los une, además de un filodesarrollismo, alguna reivindicación genérica de los principios justicialistas (tan pero tan amplios como para no dejar a nadie demasiado afuera) y comer de esa alianza histórica entre distintos sectores de la clase alta argentina y los que menos tienen.

Más: quienes llegan al ballottage son directamente hijos putativos del ex presidente Carlos Menem. Y hasta el sindicalismo peronista se repartió entre ellos: a Scioli lo apoyó la CGT oficialista de Antonio Caló; a Macri, nada más ni nada menos que Hugo Moyano.

Los dos candidatos restantes (Stolbizer y Del Caño) claramente no son herederos del 17 de octubre: ambos convocaron, con distintos matices, a ese votante de clase media cuya escala de valores le suele impedir votar a un sucesor de Perón.

Son justamente Stolbizer y Del Caño los mejores exponentes de aquellos que no logran entender cómo siempre hay una mayoría que vota sin creer que el peronismo sea la causa de tantas desgracias. Estos candidatos suponen que si se puede cambiar algo y no se lo hace, eso también es una elección. Y no comprenden cómo la mayoría no quiere un cambio drástico y definitivo.

Pero como de peronismo se trata, los cambios igual ocurren: hubo un Perón estatista y un Perón más liberal, hubo un Menem, un Kirchner y una Cristina. Cambios hubo, aunque todos cantaran la marchita.

A tal punto el peronismo se convirtió en el relato dominante, que ni siquiera los antiperonistas se atreven a cuestionar en público esas ideas, o a Perón o a Evita. Critican a sus herederos, pero se cuidan de no meterse con la historia. No sólo por miedo a ofender al votante peronista. También para no herir a aquellos que no lo son, pero que a esta altura no dudarían en calificar de “gorila” a quienes castigan a los fundadores del mito o al mito mismo.

Así, el peronismo es cada vez menos “el hecho maldito del país burgués” de Cooke, para ser cada vez más el pensamiento políticamente correcto de la Argentina. Hasta cierta oligarquía es peronista, si consideramos la cantidad de políticos, sindicalistas y empresarios que se hicieron millonarios después de tantos años pegaditos al poder.

Pero es verdad que la alianza socioeconómica que históricamente predominó en ese partido (la de los sectores altos con los más pobres) fue mutando a lo largo del tiempo. La aparición de la marginalidad como clase social de peso y el crecimiento exponencial de las franjas cuyos ingresos dependen del Estado (que cruza a casi todas las clases sociales tradicionales), modificaron aquella construcción iniciada en la década del ’40. También el kirchnerismo, sumando a sectores de clase media como intelectuales, profesionales y artistas, le agregó otro elemento adicional a la alianza histórica peronista (fue la segunda vez que sucedió, solo que la anterior, en la década del ’70, duró poco y terminó muy mal).

No, las clases sociales ya no son las que eran cuando Marx las estudió para escribir sobre las luchas entre ellas. La realidad, la actualización del capitalismo, los límites que este mismo le impuso a sus tendencias autodestructivas, las complejidades de la globalización y hasta la transición de conceptos antes inamovibles como imperialismo e imperio, hacen que palabras como burguesía o proletariado resulten ya demasiado frágiles. Lo mismo las alianzas que surgen de ellas.

Un peronismo latente en tantas corrientes políticas habla también de la explosión de esos conceptos tradicionales y de que parte de esa alianza fundacional ahora está repartida en distintas expresiones partidarias.

Claro que en el caso del PRO, ese gen peronista está inmerso en un enorme tubo de ensayo que integran amplios sectores acomodados y una parte de la clase media que votaba al radicalismo cuando este existía. ¿Qué dará esa alianza social si llegase al poder? Difícil pronosticarlo, ya que es distinta a cualquier otra (muy diferente a la Alianza de De la Rúa con Álvarez, en donde el radicalismo y la clase media eran los protagonistas indiscutidos), aunque sería de verdad difícil que Macri cante la marchita.

Hoy, una porción importante de la típica familia obrera que de generación en generación vota peronismo (o al menos a candidatos que no reniegan de él) sigue coincidiendo en las urnas con un empresario que prospera con las políticas económicas del gobierno justicialista de turno (un establishment que cambia a través del tiempo, según si esas políticas benefician a industriales, financistas, exportadores, etc.).

Ayer, una parte significativa de esos votos estuvo reflejada en cuatro de los seis presidenciables. Y, con matices y variantes, estará presente en los dos candidatos que por primera vez decidirán la presidencia argentina en un ballottage.



Gustavo González