COLUMNISTAS LIBERTAD CON LIMITES


Basta de anónimos

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Internet, y con ella las redes sociales, los foros de diarios y portales y otros espacios, es hoy un campo fértil donde pastan los “Anónimos” y los que se esconden bajo seudónimos patéticos que pretenden ser ingeniosos. Ahí vuelcan resentimientos, balbucean ideas raquíticas, despliegan rancios prejuicios, fanatismos oscuros y variadas muestras de impotencia expresiva. Hacen lo que no pueden ni se atreven a hacer de cuerpo presente, cara a cara, confrontando ideas y argumentos. Convierten una posible y valiosa herramienta de comunicación en vaciadero insalubre de sus aspectos personales más oscuros. Lo sufren quienes, de buena fe, apuestan al uso de esos espacios con el propósito de obtener o generar información, debatir ideas, expresar e intercambiar pensamientos o teorías y reciben a cambio exabruptos, guarangadas y ataques arteros disparados desde un anonimato que sólo puede deberse a la cobardía, a la vergüenza por el propio ser o las propias ideas o a la simple imposibilidad de argumentar sin ofender. No vivimos tiempos de luchas partisanas. No hay, pues, otra explicación para esa clandestinidad disfuncional y perversa.
Esta reflexión nace de un episodio personal, pero apunta a un fenómeno social enquistado en el espacio virtual, síntoma claro, a su vez, de una enfermedad que aqueja a la sociedad en su conjunto. Días atrás eliminé de mi blog personal el comentario de alguien que aludía a mi opinión sobre Ayn Rand, la madre del egoísmo ético, y de la meneada meritocracia (que en su versión criolla es idolatría del éxito a cualquier precio y no del mérito real), formulada en mi columna “Egoísmo rodante” (http://www.perfil.com/columnistas/Egoismo-rodante-20160521-0087.html). Quizás el afectado diga que lo censuré. Pero simplemente puse un límite. El comentario era un insulto hacia mí, no ofrecía argumentos contrapuestos a los míos, no proponía ni un debate ni un diálogo y llevaba como única firma “Anónimo”.
Libertad no es ausencia de límites, hacer y decir lo que se te antoja, invadir, descalificar, despreciar. Esto vale también para la libertad de expresión. No hay libertad sin responsabilidad. La libertad existe porque existen el límite y la imposibilidad. Ellos obligan a elegir y decidir. Esto no sería necesario si pudiéramos hacer y decir todo lo que se nos antojara. Pero vivimos entre otros, con otros, en comunidades (común-unidades). Y los otros son el límite. Desde que lo expresó John Stuart Mill (1806-1873) en Sobre la libertad, se repitió mil veces que la libertad de una persona termina donde comienza la de otra. Y que ambas son parte de un contrato social y moral. Decidir y elegir nos obliga a la responsabilidad, es decir, a hacernos cargo de las consecuencias de nuestras acciones y decisiones, a responder por ellas, y a hacerlo con nuevas acciones, no con meros formulismos verbales.
Firmar como “Anónimo” (triste cosa para un humano carecer de nombre) equivale a firmar como “Cobarde”. Es negarse a respaldar la propia conducta con presencia, nombre y acciones. Hace medio siglo que escribo y publico artículos periodísticos, libros, columnas y otros textos. Sólo dejé de firmar cuando la política editorial del medio en el que escribía omitía las firmas. Con seguridad me equivoqué en algunos de esos textos, con seguridad muchas personas no estuvieron de acuerdo con otros. Pero llevan mi firma (nunca la borré, se tratara del medio que se tratase), reflejan la evolución de mis ideas, la confirmación y profundización de algunas, el cambio en otras, el abandono de otras tantas, la aparición de nuevos puntos de vista. Creo contar, en todos los casos, con argumentos para sostener ese itinerario.
Discrepo con muchas personas e ideas, trato de expresarlo con los argumentos más claros de los que dispongo y con el vocabulario más preciso que puedo usar. Intento honrar así dos atributos humanos: el pensamiento y la palabra. Admito que disientan conmigo. Es natural. Conformamos una vasta y maravillosa diversidad, no podemos (afortunadamente) caer en una uniformidad estéril, monótona y triste. Y mis límites (en mis espacios físicos, virtuales, emocionales, espirituales e intelectuales) son el insulto y el anonimato. Eso no. Nombre y apellido, discrepancias y argumentos, todos los que quieran. Propongo generalizar esta regla de juego.                                 
                     
*Escritor.

Sergio Sinay