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Beckham, Lothar, Mutu y el Gran Pez

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“Al contar la historia de la vida de mi padre, no es posible separar los hechos de la ficción, al hombre del mito. Lo mejor que puedo hacer es contarla de la manera que él me la contó. No siempre tiene sentido, la mayoría de las cosas no sucedieron... Pero ésa es la clase de historia que es”
De ‘El gran pez’ (2003), dirigida por Tim Burton: Will (Billy Crudup) habla sobre su padre, Ed Bloom, gran papel de Albert Finney.

Si miento siempre, entonces digo la verdad. ¿Quién no se enredó alguna vez con la célebre paradoja de Eubulides de Mileto? Pues bien; es esa dinámica del engaño lo que constituye y le da sentido al juego que más nos gusta: el fútbol. Una coreografía infinita de amagues, quiebres, cambios de rumbo; un mundo binario donde cada jugador intenta convencer al otro que está por hacer lo que jamás hará. Messi zigzaguea, imparable, y nadie descubrirá su idea hasta que la pelota duerma en la red.

Tal vez sea el contraste con esa imprevisibilidad lo que condena al reportaje que sale al aire no bien termina el partido –donde cualquier pregunta podría ser contestada “sí” o “no”– a ser tan obvio, innecesario. Y la cosa empeora a la salida del vestuario. Frases como “El punto de visitante no sirve: nosotros queremos sumar de a tres”, o “No me importan mis goles si el equipo no gana” o “Las peleas son un invento, el grupo está unido y todos tiramos para el mismo lado”, se toleran solo teniendo en cuenta el contexto. Ellos siguen jugando, por inercia, oficio o reflejo, el mismo juego.

“No hay hechos, solo interpretaciones”, sostiene Nietzsche. Vayamos a los hechos, entonces. Interpretemos. ¿Simular un penal es una estafa o una astucia admirable? ¿Asociarse al Fútbol para Todos y ahora decir que no todos necesitan el fútbol gratis, además de circular, que otra cosa es, don Julio? ¿Un magistral “gesto técnico”? Ay Dios… Algunas cosas son tan evidentes. Y no cambian. Nunca.

Veamos el caso Di María. ¿Cómo interpretar su gesto de aferrarse con bronca los genitales, furioso por la silbatina del Bernabeu al ser reemplazado contra el Celta? El club, que necesita mantener su cotización y quitárselo de encima en cuanto pueda, decidió no sancionarlo. Su desmentida fue más tierna que inverosímil: “Me la acomodé, como hacen los hombres; si a alguien ofendí, le pido disculpas”. Contra Osasuna, por la Copa del Rey, volvió al Bernabéu, acomodado en el banco de suplentes. Lo abuchearon. El aristocrático público madridista no lo perdonará. Injusto o no, es caso cerrado.

La mentira –por cierto, las campañas políticas son hoy una variante más de la ficción sin que a nadie se le mueva un pelo por esto–, entra en otro terreno cuando un futbolista se queda sin la excusa de las 180 pulsaciones por minuto. El caso de Teo Gutiérrez –que en Racing era un 9 de manual y ahora quién sabe qué– es curioso por su bipolaridad. En la selección de Colombia lo describen como un chico tranquilo, piadoso, temeroso de Dios. Y aquí en Argentina, se comporta como El Petiso Orejudo, pero sin martillo ni clavos. Por ahora.

Respetando un rito personal inalterable, regresó al país un día después de lo acordado “por un vuelo que se retrasó”. Ya en Tandil, llegó tarde a una rueda de prensa, y al rato, molesto por una pregunta sobre Francescoli, se levantó y se fue, sin saludar. Ni siquiera se acercó a los hinchas que lo esperaban para pedirle una foto. La nueva dirigencia de River le dio un ultimátum: basta de conflictos y desplantes. No será fácil. Los que conocen la intimidad del grupo aseguran que lo irrita la idolatría que provoca Cavenaghi, un chico del club, que lo desplaza a un segundo plano. ¿Qué dice Teo? “Cavenaghi ganó mucho y por eso la gente lo quiere. Es una gran persona y un gran jugador que le dará categoría a nuestro ataque”. Otro que se la acomoda.

La demonizada etapa Passarella es historia. De ella –cuentan–, heredaron una bandada de cheques voladores y una versión de bajo presupuesto de la clásica pareja del crack y la chica de tapa –Jonathan Fabbro y Larissa Riquelme, stars en Paraguay– que por lo visto no coincide con el nuevo perfil que busca el club. O al menos esa debe ser la opinión de Guillermo Toffoni –el señor que organiza esos simpáticos amistosos de la Selección– que se animó a confirmar que la llegada de David Beckham a River por seis meses –with Victoria, of course– “estaba cerrada en un 80 por ciento”. Mientras D’Onofrio y Patanian intentaban despegarse como podían de ese delirio, la noticia –culpa de la sequía estival– se sostuvo más tiempo de lo imaginado. En fin. River no deja de ser, parece, “el club que insiste en ser Racing”.

Y hablando de Racing, es una pena que no hayan fichado al rumano Adrián Mutu, 35 años, gran delantero que, si uno le deja pasar ciertos problemitas menores –lo echaron del Chelsea por consumir cocaína, sufrió otra suspensión por doping en Italia, lo detuvieron por apalear a un mozo en Florencia y hace dos meses fue expulsado de su selección que se jugaba el repechaje contra Grecia para ir al Mundial, por publicar en su Facebook un fotomontaje donde le puso la cara de Mr. Bean al técnico Piturca y escribió: “¡Con él pasaremos seguro!”–, era el personaje ideal para aportarle madurez y experiencia a un plantel demasiado joven.

Un tal señor Bloom me jura que a Mutu lo recomendó calurosamente Lothar Matthäus; pues luego de su frustrado arribo como técnico a Racing en tiempos de Molina, dirigió por unos meses a la selección búlgara en 2010 y allí mismo –Sofía y Bucarest están a un paso– se hicieron íntimos.
Mmm… No lo sé. Tal vez, como en El gran pez, el viejo Ed sea incapaz de contar una historia sin agregarle algo su fantástica imaginación. ¿Por qué no hacerlo? Si la verdad que se impone es la del poder –nos advierte Foucault– ¿cuántas verdades más existen?

Muchas. Hasta en el fútbol, donde casi no sobrevive ninguna.


Hugo Asch


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