COLUMNISTAS HISTORIAS BICENTENARIAS

Belgrano, pionero a favor de la educación

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Se ha recorrido la vida de Manuel Belgrano muchas veces: militar abnegado, creador de la bandera, primer economista del territorio que hoy es Argentina. Estudiándolo para un libro que en breve saldrá a la luz he comprobado que fue un profundo defensor de una educación para todos, aun cuando esto iba en contra de las autoridades coloniales.
El estadista se ve en su lucha a favor de que los pobres se educaran, una audacia en aquella sociedad estamental. Lucha que fue de ideas, porque poco pudo implementar sus pensamientos en la práctica, pero que dejó una huella por su defensa de la educación básica y de la especializada y técnica, orientada al trabajo y la producción.

“Hubo un tiempo de desgracia para la humanidad en que se creía que debía mantenerse al Pueblo en la ignorancia, y por consiguiente en la pobreza, para conservarlo en el mayor grado de sujeción”, leemos en el Correo de Comercio el 17 de marzo de 1810. En sus páginas la educación es tema recurrente, al punto que Belgrano pide disculpas: “Nuestros lectores tal vez se fastidiarán con que hablemos tanto de escuelas”, escribe el 21 de julio. Un país nuevo, argumenta, necesita “echar los fundamentos de la prosperidad perpetua” a través de la educación básica.

En uno de sus escritos económicos relata su frustración y dolor al observar en la misma ciudad “una infinidad de hombres ociosos en donde no se ve otra cosa que la miseria y la desnudez”. Describe “miserables ranchos”, y “criaturas que llegan a la edad de pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociosidad”. El trabajo es la “emancipación de los pobres”.

Sólo alguien educado conoce sus intereses y puede participar activamente en la vida comunitaria, como agente económico o como ciudadano. Propone escuelas gratuitas “donde pudiesen los infelices mandar a sus hijos sin tener que pagar por su instrucción”, un plan de enseñanza basado en la acción coordinada de padres, párrocos, maestros y funcionarios reales, financiado con fondos oficiales, familiares y de “sociedades” o “fundaciones”.
El trabajo –cosa que hacían la servidumbre y los esclavos – y la educación son motores del progreso. Las autoridades reales no estaban de acuerdo. Y Belgrano propone su vasta lista de escuelas: de náutica, matemáticas, dibujo, agricultura, además de la inclusión de las niñas. Esto sugiere que trazó una línea entre educación, trabajo, producción, ciudadanía y Nación.

La educación no pasa sólo por lo intelectual, sino especialmente por lo artesanal, técnico e industrial. Se trataba de formar al pueblo en su condición de sujeto económico, y para eso había que circular ideas y llegar a gente por fuera del núcleo de privilegio.

Belgrano legitimó el ingreso de la mujer a la educación y la cultura: en sus publicaciones reivindica la ilustración de la mujer contra la concepción vigente que ordenaba la supremacía del poder de decisión de los padres por sobre los matrimonios de los hijos, y el trato patriarcal del jefe de familia respecto de esposa e hijas. Defiende la educación básica para niñas como elemento de promoción de ciudadanía y buenas costumbres. Fue un pionero en la igualdad de género.

Su diagnóstico de la educación en el quiebre de colonia a país independiente es lapidario: en marzo de 1810 el Correo de Comercio adjudica a su falta “los horrores que observamos casi sin salir del poblado” y describe que la enseñanza “se halla en un estado tan miserable” y “el cuadro es horroroso”. Y provoca: “Casi se podrá asegurar que los Pampas viven mejor”.

Esto justifica su decisión de donar el premio de 40 mil pesos que le otorgó la Asamblea Constituyente tras los triunfos en las batallas de Salta y Tucumán para construir cuatro escuelas que no se hicieron durante el siglo XIX. No era poco dinero (equivalía a 80 kilos de oro), y llama la atención la desidia que siguió a su muerte en cuanto a la concreción de su deseo personal. La última recién se inauguró en 2004.

*Periodista e historiador.



Diego Valenzuela