COLUMNISTAS HISTORIAS BICENTENARIAS

Belgrano, pionero de la educación

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Que las luces se difundan entre todos, que todos se instruyan y adquieran ideas”. Cuando Manuel Belgrano escribió lo anterior, en la Memoria de 1798 del Consulado de Comercio, en el que era secretario, planteó una enorme transformación que no estaba en la cabeza de casi nadie a fines del siglo XVIII.

El Belgrano estadista se evidencia en su lucha por una educación para todos, una verdadera audacia para aquella sociedad estamental. Su defensa tanto de la educación básica como de la especializada y técnica, orientada al trabajo y a la producción, quedó en el plano de las ideas porque no pudo implementar sus pensamientos en la práctica, pero marcó el camino para cambios que tiempo después serían inevitables.

Educarse en la colonia era algo que podían hacer sólo unos pocos, los más ricos. Había escuelas en poca cantidad y en manos de órdenes religiosas, abocadas a la enseñanza de la religión católica y su culto. Las pocas instituciones que educaban se caracterizaban por la rigidez, y por contar con profesores mediocres y una enseñanza rutinaria, en la que las modernas filosofía o química eran vistas como herejía.

En ese clima de ideas actuó Belgrano, quien trajo al Río de la Plata las propuestas de educación popular y para el trabajo de los pensadores españoles Campomanes, Jovellanos y Feijoo. Para Belgrano, el fin último de la educación era el trabajo, que a su vez era la “emancipación de los pobres”.

En uno de sus escritos del Consulado se pregunta “Cómo deberían ser las escuelas?”, y se responde: “gratuidad, calidad, cantidad”. Propone promoverlas en “todas las ciudades, villas y lugares” en los que tenga jurisdicción el Consulado. Quiere la creación de cinco escuelas: de agricultura, de dibujo, de hilado de lana, de comercio y de náutica. Sólo se concretarían, por un período limitado y bajo la protección del Consulado, las de dibujo y de náutica. Su idea era sacar la educación del ámbito de lo privado; las escuelas serían financiadas con fondos oficiales, familiares y de sociedades o fundaciones. Pero la metrópolis española las consideraba “un lujo” y retaceaba el apoyo económico.

Belgrano siempre propone el sistema de premios para fomentar la dedicación de niños, jóvenes y adultos en las diferentes tareas. Incluso en la escuela de náutica era expulsado quien no aprobaba dos exámenes, y repetía quien no superaba uno. Creía en incentivos y reglas estrictas para fomentar la autosuperación de los alumnos.

Desde los periódicos en los que escribió, Belgrano legitimó el ingreso de la mujer al mundo de la educación y la cultura. Creía más necesarias escuelas básicas para niñas que una universidad en la capital, que sólo “habría aumentado el número de doctores”.

En marzo de 1810 Belgrano escribe en el Correo de Comercio el artículo “Educación” en el que pide alfabetizar a la población y formar al hombre moral. La propuesta es que los cabildos organizaran escuelas de primeras letras y las dotaran de recursos, la obligatoriedad de la educación y el mandato a los jueces de intervenir para hacer efectivo que los padres manden a sus hijos a clases. La educación debía ser gratis, salvo para “los padres pudientes”.

Como vocal de la Primera Junta, promovió la creación de la Academia de matemáticas, a la que instaló en el mismo local donde funcionaron las escuelas extinguidas de dibujo y náutica. Cuando marchaba con sus tropas a Paraguay, en septiembre de 1810, al llegar a Santa Fe se dedicó a inspeccionar la escuela de la ciudad. Como miembro de la Junta de Gobierno, escribió al Cabildo por la poca asistencia de los niños, y le recomendó que se amonestase a los padres por no enviarlos.

Los triunfos en las batallas de Salta y Tucumán le depararon un premio de 40 mil pesos (ochenta kilos de oro) que le otorgó la Asamblea Constituyente, que donó para construir cuatro escuelas en las localidades de Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, bajo un reglamento que presentó en mayo de 1813. Es decir, donó el dinero y se comprometió personalmente a redactar el reglamento. Colocó a las escuelas bajo la protección de los ayuntamientos, lo que las separaba de las parroquiales y de las viejas escuelas del rey.

Su vida pública e intelectual fue atravesada por iniciativas a favor de una reforma en la educación, una de sus obsesiones, que lo convierte en un revolucionario de las ideas que se animó a pensar diferente en un tiempo de oscurantismo y privilegios. El creador de la bandera fue, mucho antes de aquella epopeya, pionero de la educación como motor para el progreso social.

*Historiador.



Diego Valenzuela