COLUMNISTAS HISTORIAS BICENTENARIAS

Belgrano y la corrupción

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Hay una cosa que siempre me impactó de Manuel Belgrano: su firmeza para plantear un cambio de época en lo económico, aun contra la actividad que había hecho rica a su familia. Si bien su padre muere antes de su emergencia como revolucionario, llama la atención la contundencia de su crítica al sistema imperante y a la actividad que había desarrollado (con éxito) su padre.

En 1750, Domingo Belgrano y Peri, que había nacido en Oneglia, se mudó a Cádiz y se naturalizó español. A los pocos años se radicaba en Buenos Aires, donde llegó a ser uno de los comerciantes más ricos de la ciudad. En su autobiografía, su hijo célebre lo describe así: “La ocupación de mi padre fue la de comerciante, y como le tocó el tiempo del monopolio, adquirió riquezas para vivir cómodamente y dar a sus hijos la educación mejor de aquella época”.

Belgrano padre llegó a Buenos Aires antes de las reformas borbónicas, pero su fortuna se multiplicó con la creación del Virreinato, en 1776, que hizo crecer la actividad comercial a lo largo de la ruta que unía Buenos Aires con Potosí. Por entonces casó a una de sus hijas, María Florencia, con Julián Gregorio Espinoza, importante comerciante y hacendado de la Banda Oriental, lo que multiplicó sus posibilidades de ascenso.

Al morir, en 1795, Domingo era la segunda fortuna más importante de la ciudad detrás de Segurola y por delante de Tellechea. Nunca niega Belgrano que es hijo privilegiado de la actividad comercial que luego fustiga con pasión. La educación del prócer se debió al comercio monopólico y al contrabando.

Don Domingo hacía negocios con Europa, con Brasil y con el interior del Virreinato. A Brasil llevaba plata y traía esclavos, que vendía en Buenos Aires y en Lima. Se dedicaba al comercio de aquello que se demandaba en la época: plata, cueros de vaca, lana de vicuña, azúcar, yerba mate, ponchos, tabaco, vinos y esclavos. Con sus ganancias, Domingo Belgrano invirtió en inmuebles, chacras y estancias. En Buenos Aires poseía más de veinte casas y terrenos, que alquilaba para sacar renta. Adquirió dos chacras de cultivos y árboles en las cercanías de Buenos Aires, tenía campos en Arrecifes y en la Banda Oriental para cría de ganado, fue dueño de hornos de ladrillos y prestamista, incluso de funcionarios (lo que seguramente le garantizaba la continuidad de sus actividades ilegales).

Quizá como consecuencia de todo lo anterior, el padre de Belgrano tuvo una notable inserción en el aparato político colonial: fue capitán en las milicias de caballería, regidor del Cabildo y el primer contador de la Real Aduana de Buenos Aires. Sólo atravesó un mal momento cuando, en 1788, fue apresado, y embargados sus bienes, por ser sospechoso de estar vinculado a la quiebra y el fraude cometidos por un amigo suyo. Pero el caso fue clarificado poco tiempo después y su posición y bienes, restituidos.

Manuel Belgrano no se quedó callado frente a las consecuencias para la sociedad de las actividades que desarrollaban empresarios como su padre. En su autobiografía se refiere a la etapa del Consulado, y define muy crudamente a los comerciantes con quienes había lidiado: “Todos eran comerciantes españoles que nada sabían más que de su comercio monopolista, comprar por cuatro para vender por ocho (…) Eran individuos para quienes no había más razón ni más justicia, ni más utilidad, ni más necesidad que su interés mercantil”. Aunque era un gran defensor de la libertad de comercio y la propiedad, veía con disgusto que los comerciantes rechazaran toda idea que llevaba al desarrollo local: “El comerciante no conoce más patria, ni más rey ni más religión que su interés propio”.

Más duro fue con la corrupción de la época, que nacía del contrabando, actividad que había desarrollado su padre: “Veo empresarios empapados de codicia, que se vuelcan al contrabando acelerando la destrucción del Estado. Jamás han podido existir los Estados luego de que la corrupción ha llegado”.

*Historiador.



Diego Valenzuela