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Bienvenidos a la multipolaridad

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Tres eventos marcan la incertidumbre reinante en el sistema internacional actual: la cumbre de la OTAN que se celebró en Inglaterra; la decisión de la administración Obama de comenzar una campaña aérea contra objetivos del ejército de Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), y las declaraciones que el Sumo Pontífice realizó sobre una tercera guerra mundial en proceso. Todos manifiestan una profunda preocupación por las consecuencias de la guerra existente en Ucrania, la potencial consolidación de EIIL y el futuro de Afganistán. Los eventos del tipo “cisne negro” dominarán la agenda internacional. Rivalidad, geografía y necesidades tácticas marcan la agenda de competencia y cooperación entre los grandes poderes y el resto de los Estados.

Occidente se está replegando, aunque eso no significa que no actúe frente a determinados desafíos puntuales, como se vio en la asistencia que proveyó al remanente del ejército iraquí y kurdo para recuperar Mosul y su estratégica represa, la asistencia económica y militar a la parte prooccidental de Ucrania, y los esquemas de cooperación limitada y puntual contra EIIL. Sin embargo, esas medidas son reactivas y carecen de una visión estratégica. No hay transformación, sólo control de daños.

En este sentido, asistimos a procesos de reconstrucción de periferias, como es el caso de Rusia con Ucrania, y el perímetro próximo en Asia Central; las estrategias de antiacceso ejercidas por China en sus mares cercanos, resistiendo la presencia naval norteamericana y de sus aliados, abandonando sutilmente su idea de “ascenso pacífico y armonioso”. A la globalización norteamericana hoy se antepone la globalización china o rusa. La ausencia de hegemonía hace que las tensiones entre los revisionistas y quienes detentan el statu quo queden plasmadas de manera manifiesta.
En este sentido, no hay una nueva Guerra Fría, ya que el presente siglo se define por la interpenetración de espacios y una realidad fluctuante e incierta. Si queremos ser más precisos, deberíamos estar hablando de una interdependencia “caliente”.

La conflictividad entre las grandes potencias no soslaya el desafío que representan Al Qaeda en Siria, los talibanes radicalizados en Afganistán, el EIIL, etc. Todos sienten el mismo desprecio por las otras grandes potencias, lo cual crea incentivos para cooperar más allá de las divergencias existentes entre ellas.

La colaboración es necesaria para sobrevivir frente a un enemigo con el que no se puede coexistir; estará exenta a su vez de desconfianza, tal como sucedió en la Segunda Guerra Mundial y vuelve a suceder. La historia nos demuestra que la mejor implementación táctica no resuelve la ausencia de estrategia: los acuerdos que resuelvan algún problema inmediato pueden transformarse en uno mayor a futuro. A modo de ejemplo: para combatir a EIIL, la OTAN se apoya en los kurdos; ellos saben que dicha situación cambia su posición en la ecuación de poder mundial, ya que se los necesita. Sin embargo, Turquía sabe que sentirá en su interior ese cambio de poder cuando alguien crea que el sueño del Kurdistán pueda ser alcanzado. Las sanciones de Estados Unidos y Europa a Rusia brindaron la oportunidad de ajustar la alianza táctica con China, ya que se necesitan mutuamente. Rusia, para escapar de los efectos nocivos que tienen sobre su economía las sanciones, y China, para asegurarse una fuente de energía más estable y previsible que aquéllas que provienen del Medio Oriente. Sin embargo, nada de eso altera la competencia por la hegemonía regional que entre ambos existe. La táctica resuelve el corto plazo, la ausencia de estrategia pone incertidumbre en el largo plazo. La pelea por el futuro ha comenzado. Bienvenidos a la tan deseada multipolaridad.

*Director de la carrera Gobierno y Relaciones Internacionales de la UADE.



Juan Battaleme