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Boletas para el fraude

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En los albores del siglo XX algunas élites trajeron al continente ideas superadoras de la república conservadora, que no siempre fueron tan democráticas. Eloy Alfaro, líder de la revolución liberal ecuatoriana, dijo que no perdería con papelitos la libertad conseguida con las armas. La Revolución Mexicana se institucionalizó desde 1920 con una democracia poco interesada en contar los votos. En muchos de nuestros países los partidos montaron aparatos para “orientar” los resultados de las elecciones y apoyar modelos revolucionarios. Para este manejo irregular se usó una boleta de votación, erradicada el siglo pasado en el resto del continente, que todavía está vigente en Argentina y Uruguay.

Los partidos que podían imprimían enormes cantidades de boletas que estaban por todos lados. Aparecían a veces “embarazando” urnas antes de que empezara la votación o desaparecían de las mesas si alguien quería votar por la oposición. Los partidos tenían que reponer las boletas que se esfumaban de los recintos. En algunos sitios  no había boletas opositoras porque los oficialistas corrían a palos a quienes las llevaban. Los grupos minoritarios que no tenían dinero para la impresión masiva de boletas tuvieron que conformarse con un papel testimonial.

Las irregularidades fueron socialmente aceptadas, porque algunos creían que con ellas defendían proyectos revolucionarios, amenazados por mayorías, supuestamente ignorantes y manipuladas por la Iglesia y los ricos. Cuando aparecía una alternativa, muchos analistas no preguntaban a los líderes emergentes si cambiarían el sistema, sino ¿cómo impedirían que les roben los votos, cómo robarían los votos ajenos, cómo los contarían, qué “aparato” contratarían? Hubo grupos que vendían protección, y los candidatos que no cedieron al chantaje se quedaron sin un solo voto en algunas urnas. El sistema fue eficiente para que los gobernantes se perpetúen y para impedir el desarrollo de minorías que podían construir una alternativa.

En países en los que este sistema duró más tiempo, se fortalecieron grupos que realizaban estas actividades fraudulentas. Entre elección y elección sirvieron como fuerza de choque para reprimir a los opositores, formaron “barras bravas”, se mezclaron en la venta de drogas, el contrabando y otras actividades ilegales. Era lógico: su poder venía de colaborar con autoridades elegidas, a las que apoyaban con su actividad semidelincuencial.

En México el PRI gobernó muchos años con un sistema de este tipo, acompañado por el PAN, una oposición sin vocación de poder que se conformaba con algunos cargos y posiciones burocráticas. No hubo una dictadura. Se votaba.

Probablemente sin estas trampas habrían sido elegidos los mismos presidentes, pero la democracia estaba atada. En 1988 apareció el PRD y fue derrotado de manera sospechosa por Carlos Salinas de Gortari. Fue necesaria la aparición de esta tercera fuerza, con posibilidades de ganar, extraña al sistema, para que la sociedad tomara conciencia de lo que ocurría y se iniciara la reforma al sistema electoral que culminó en lo que es la democracia mexicana actual.

Es difícil entender por qué la Argentina, país pionero en tantos campos, ha mantenido vigente una boleta inventada hace un siglo para organizar elecciones irregulares. La sociedad no la cuestionó mientras no existió una alternativa viable de poder, enfrentada al viejo orden. Todas las encuestas decían que Margarita Stolbitzer sacaría el doble de los votos que finalmente le atribuyeron, pasó algo semejante con los votos de Caño y Rodríguez Saá que contaron con un mínimo aparato para defenderse. En Tucumán ocurrieron cosas que han provocado una protesta que ha conmovido al país. Tal vez la tierra en la que Belgrano consagró la independencia con su lucha sea también la cuna de una democracia más transparente gracias a la denuncia del pueblo tucumano.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.



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